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UNA JAULA CON DOS PÁJAROS Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 23 ago. 2012 6:08 por Semanario Voces
 

 

Cuando se estrenó la versión del Curro Jiménez que se produjo en Uruguay, una profesora de Piriápolis llamó a El Espectador, que estaba cubriendo la noticia, para aclarar que los árboles que se veían en la serie eran, mayoritariamente, eucaliptus, una especie originaria de Australia, y que por los años del Curro Jiménez no se podían encontrar en Andalucía.

 

Cuando la profesora llamó para aclararnos lo que a su juicio era un imperdonable error de ambientación  las llamadas del interior todavía se cobraban como larga distancia… La señora pagó más de lo que costaba una llamada común ¿para qué? ¿Habrá tenido el mismo celo ante algunos yerros científicos de Kubrick en su “Odisea del Espacio”? Cuando Antena 3 estrenó la serie del Curro Jiménez los comentarios estuvieron dirigidos a las historias de los capítulos y a la calidad de las actuaciones, con prácticamente todo el sindicato de actores del Uruguay participando en los trece capítulos. La serie volvió a tener el mismo éxito de la que se había rodado en España, y fue vista en todo el mundo, con la leyenda de que se había rodado en Uruguay. Otro de los comentarios típicos fue que Sancho Gracia había venido a Uruguay porque acá no pagaba casi nada, y con ese ahorro hizo mucha plata. La serie costó seis millones de dólares, la mayoría invertidos en Uruguay. Sancho Gracia, que creyó que su patriada podía acercar la posibilidad de hacer cine en el país, tuvo algunas facilidades pero no tantas, al menos no tantas como las que ofrecen Irlanda o Nueva Zelanda. A Sancho Gracia, después de hacer todas las cuentas, le quedaron cien mil dólares en el bolsillo. Había sido el productor, consiguió la financiación y la participación de Antena 3 de España. Esa no parece ser una fortuna para una serie con un costo de seis millones. Alvaro de Luna, Algarrobo, su compañero de andanzas en la ficción, cobró trescientos mil dólares, sin correr tantos riesgos. Pero los comentarios dolieron, no por haber criticado la parte artística sino por la fuerza del rumor, como una bocanada de azufre.

Vaya esta columna, en parte, como un reconocimiento póstumo a un hombre que quiso ser amigo de los habitantes de su país adoptivo pero que en eso no tuvo tanta suerte. Una anécdota amarga: Tal vez era 1979, el Comité de Solidaridad con Uruguay había organizado un festival en la plaza de toros de Las Ventas, en Madrid. Sancho Gracia fue importante para conseguir los permisos y arrimar gente. Él era una de las referencias más notorias en España. Fue una tarde-noche estupenda, la plaza de toros llena, los cantantes todos conocidos, desde Lluis Llach con “L’Estaca” cantada por todo el mundo; Labordeta; Aute y su “Al alba”, como un himno; Ana Belén y Víctor Manuel, juntos, provocando el delirio. Entre otros tantos cantantes conocidos, Sancho Gracia dirigiría unas palabras a todos, en agradecimiento, y solicitando que se redoblase la solidaridad con nuestro país. Pero aquella noche tibia no terminaría bien. Apenas Sancho empezó a hablar, la plaza de toros se llenó de silbidos y gritos de rechazo. Fue sorprendente, Sancho Gracia intentaba seguir con la lectura del comunicado y la gente se lo impedía. Sancho Gracia no participaba de la vida política de España, aunque tenía amistad con Adolfo Suárez, de cuando ambos trabajaban en Televisión Española, y en ese momento Presidente del gobierno. Era una época de transición, donde todo comenzaba cada día, y donde la colonia uruguaya recibió apoyo de muchos españoles, de las más diversas posiciones, como fue el caso del entonces ministro de Finanzas de Adolfo Suárez, Francisco Fernández Ordóñez. Al igual que Sancho Gracia, fue una de las personas a las cuales se acudió siempre, y siempre tuvieron algo para darle al exilio uruguayo. Triste colofón para una jornada tan importante. Ahora Sancho ya está libre, como el bandolero andaluz que encarnó.

En los meses previos a las elecciones de 1984, la colonia del exilio uruguayo en Buenos Aires trabajaba sin descanso. Si bien Rada nunca fue un personaje político, su opinión sobre la dictadura uruguaya era importante en Argentina. Era de los uruguayos más conocidos, aparte de Tenuta, China Zorrilla y Víctor Hugo Morales. Una tarde habían invitado a los uruguayos a Canal 7. Estaba la dirección del Frente en Buenos Aires, estaba Juan Raúl Ferreira, alguna gente más y Rada. Éste se presentó con sus “Ángeles de Rada”, a tocar candombe del Uruguay. Pero antes de empezar el programa parte de la organización del evento planteó que uno de los músicos de Rada tenía una camiseta deportiva de Estados Unidos, y que eso no podía ser. La tensión fue en aumento. Rada planteó que sus músicos venían de Estados Unidos, y si no podían estar vestidos como querían que entonces se retiraba. Después de un largo cabildeo con las agujas del reloj amenazando el programa dedicado a Uruguay, quienes cuestionaban a Rada cedieron y el programa cumplió su cometido, que era, ni más ni menos, sumar en contra de la dictadura militar. ¿En qué podía perjudicar que un músico llevase una camiseta en la que se leía USA? ¿No era, por el contrario, una muestra de mayor adhesión a la causa de los uruguayos?

Si se hiciera una encuesta sobre qué grado de aceptación tuvo la pieza publicitaria que Rada hizo para el INAVI, sin lugar a dudas revelaría que muy alto. Pero igual que aquella profesora de Piriápolis que nos regaló la clase de botánica que nadie le había pedido, apareció el Censor a cuestionar el zorzal de la jaula. ¿Visita el Censor las ferias del fin de semana, donde se puede comprar cualquier tipo de pájaro? A los caballos de los carritos los pueden moler a palos en la calle, y Villa Dolores puede seguir siendo el monumento al anti zoológico, pero tenía que aparecer la visión del Primer Mundo entre un desorden de prioridades que nadie cumple. ¿No es que los supermercados iban a proporcionar bolsas de papel, como en el mundo desarrollado? ¿Sabe el Censor cuántos animales mueren con los intestinos obstruidos por el plástico? Y el Censor dirá: “lo que está mal está mal y hay que cumplir, los pájaros no pueden estar enjaulados, y el ejemplo es tan grave como la acción…” ¿No se podía haber arreglado con un comunicado del MGAP advirtiendo a futuras producciones?

No debería ser motivo de discusión si los pájaros pueden estar o no estar enjaulados. Para un número creciente de turistas del Primer Mundo es un placer observarlos en libertad, y existen asociaciones de observadores: “Birdwatchers” que recorren el mundo tachando en sus guías los pájaros que reconocen en su hábitat. Pero si nos ponemos hipócritas haremos la vista gorda por la enorme cantidad de aves que elimina la producción agropecuaria, la contaminación industrial y la urbanización del territorio. Qué perjuicio constatable se le puede causar a un pájaro domesticado, muchas veces nacido en la propia jaula, que es tan bien tratado y querido como un perro o un gato, y cuya salud “síquica” si se puede utilizar el término, lo demuestra su alegría al cantar y al procrear en cautiverio, síntomas inequívocos de no padecer el síndrome de Malco, una peste que a los uruguayos nos está consumiendo de a poco.

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