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Una solución liberal y estatista Por Roberto Elissalde

publicado a la‎(s)‎ 6 ago. 2011 15:15 por Semanario Voces
 

 

 

 

 

No hay cosa más asquerosa que la prensa oficialista. Y no hay nada más divertido que tomarle el pelo a la censura y esquivar una y otra vez los límites que el poder político pueda poner para evitar que determinadas cosas se sepan o se escriban.

El camino de la reglamentación, control o asfixia económica para los medios que no acepten acordar una visión de la sociedad con el gobierno es un camino cerrado. Puede parecer un atajo hacia la tierra sin mal, pero es sólo un espejismo.

Los medios de comunicación son, en nuestra sociedad, empresas más o menos capitalistas y se rigen por los mismos principios económicos que las zapaterías y los bancos: buscan el retorno más rápido posible de sus inversiones.

El problema que vive nuestra sociedad hoy, totalmente mediatizada, es que muchas veces lo que “vende” es dañino para la sociedad. Pedirle o exigirle a las empresas que en nombre del bienestar común dejen de venderlo implicaría una pérdida de ingresos. Podrá solicitarse de buenas o peores maneras, pero el pedido va en contra de la esencia misma de esa organización económica. La tendencia a volver a “pecar” será permanente.

Una vez aceptado que el amarillismo es una tendencia genética en los medios generalistas manejados como grandes empresas y aceptado también que todo intento de censura o límite impuesto desde el poder político es inoperante, se hace necesario buscar una solución de otro tipo*.

Los grupos humanos que aspiran a dirigir la sociedad y se organizan para lograrlo deben saber que no es posible manejar la opinión pública con medios adictos. En realidad, cuanto más amplio sea el mercado de la información, mayores son las garantías de los ciudadanos respecto a sus posibilidades de informarse adecuadamente, de acuerdo a su gusto y sensibilidad.

¿Cómo hacer entonces para torcer la tendencia hacia la crónica roja, el chusmerío sobre los famosos y la omnipresencia del deporte?

Muchos de los medios concebidos como empresas saben el valor que tiene su credibilidad y trabajan para públicos que necesitan saber cómo son las cosas más allá de anteojeras ideológicas. Los británicos Financial Times y The Economist son ejemplos de prensa editorialmente conservadora e informativamente correcta. A ninguno de ellos se les ocurrió decir que el gobierno de Tabaré Vázquez era un riesgo para la economía del país o asegurar que si ganaba José Mujica desaparecería la democracia de Uruguay. A lo largo de los años han encontrado una manera eficaz de generar dinero haciendo un trabajo decente en sus áreas periodísticas y despachándose a gusto en sus editoriales, muchas veces reaccionarios.

La presencia de medios estatales fuertes, profesionales, confiables y capaces de marcar una agenda diferente a la de la televisión amarilla y la prensa ideológicamente interesada, es una de las claves si es que se intenta cambiar el panorama mediático de un país. Nunca conseguirán esos medios cambiar por sí solos el ecosistema de la información y el entretenimiento, pero podrán marcar rumbos, explorar gustos y formar audiencias distintas, más críticas, menos volubles, menos asustadas.

El verdadero problema no es que haya canales de televisión que dediquen cinco minutos de aire al robo de una garrafa de 13 kilos en el barrio Casabó, sino a que eso sea el modelo a imitar por parte de todos. En Uruguay nadie parece inclinado a abrir un canal de televisión que se parezca a la BBC o la Deutsche Welle (los choques de auto no tienen lugar en sus informativos), por lo que parece tratarse de una tarea más a cumplir por parte del Estado.

La convivencia entre medios públicos reconocidos por su calidad y la más amplia diversidad de medios privados parece ser la única respuesta tanto para nuestro mundo capitalista como para cualquier utopía socialista que respete la libertad y la democracia.

 

 

* El caso de los medios que usan espectro radioeléctrico es diferente ya que sí es posible exigir calidad y variedad de programación antes de dar o ratificar una concesión de onda de radio o TV.

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