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UNA TRANSICIÓN EJEMPLAR Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 28 sept. 2012 5:24 por Semanario Voces
 

Santiago Carrillo fue a la transición democrática en España lo que la transición fue a Santiago Carrillo, entonces Secretario General del Partido Comunista de España. El pasado 18 fallecía, a los 97 años, en medio del respeto y el cariño de sus conciudadanos.

Fue un hombre imprescindible. La legalización del PC quizás haya sido de las cuestiones que más expectativas generó en los comienzos de la Transición, y de las que más dificultades trajo al gobierno de Adolfo Suárez en su relación con las Fuerzas Armadas. La Guerra Civil aún latía en España. A comienzos de 1977 todavía el nombre de cada pueblo estaba estampado en un cartel con el yugo y las flechas del Movimiento Falangista, el fascismo español. Para el Ejército, la reforma política no suponía la vuelta a la República, suponía aceptar el marxismo internacional, a quien creían haber derrotado 37 años antes, y su Secretario General, durante la Guerra Civil, como Concejero de Orden Público de Madrid, había sido el responsable de la muerte de entre 2500 y 3000 presos que fueron retirados de la Cárcel Modelo, entre los días 7 de noviembre y 4 de diciembre de 1936. Cuando se produjeron los fusilamientos en Paracuellos del Jarama y Torrejón, Carrillo tenía 21 años. Aunque hubiesen pasado casi cuarenta años, para los militares que debían aceptar la democratización de España era una llaga abierta.

El 27 de febrero de 1977, Adolfo Suárez, presidente de gobierno, se reúne en secreto con Santiago Carrillo. El presidente le da a conocer las pautas entre las que transcurriría la transición a la democracia, y Carrillo asume tres compromisos: la aceptación de la monarquía, la aceptación de la bandera actual, y una declaración solemne a favor de la unidad de España, cuyos reclamos independentistas, sobre todo en Euskadi y Cataluña, serían otro de los escollos para establecer un régimen democrático. Dos meses más tarde, el PC era legalizado y en junio de ese año, en las primeras elecciones parlamentarias, consigue 19 bancas en las Cortes de diputados. En Italia y Francia el eurocomunismo, en plena ebullición, empujaba a los dirigentes más conocidos a una redefinición con respecto a la Unión Soviética. Carrillo se las ingenió para evitar ser demasiado elocuente en público, mientras la central sindical afín al PC, Comisiones Obreras y UGT, rama sindical del PSOE, se disputaban y animaban a la clase obrera española. El sindicalismo español, de la clandestinidad a la luz pública, se encontraban con el campo libre del otrora omnipresente aparato sindical del franquismo.

Una de las cuestiones más interesantes de todo ese período de tránsito hacia la democracia fue la permeabilidad de los opuestos para aceptar y transmitir con el suficiente respeto cívico como para que el proyecto no encontrase escollos insalvables. No es que todo transcurriese sin contratiempos, ahí estuvo la ETA, por ejemplo; o los GRAPO, grupo armado de inspiración maoista que cometió atentados en Madrid y Barcelona, y ultraderechistas dando palo por todas partes. En enero de 1977 uno de esos grupos asaltó un despacho de abogados laboralistas vinculados al PC, matando a cinco e hiriendo a otros cuatro. Las investigaciones no se hicieron esperar y los responsables, que se creían impunes, fueron condenados a un total de 464 años de prisión. A pesar de las casi mil víctimas que la ETA se cobró en la vida democrática de España, tanto las instituciones como la ciudadanía mantuvieron un ejemplar apego a la legalidad y una confianza absoluta en el nuevo rumbo del país. En el nuevo Parlamento, que tuvo la sana costumbre de transmitir por televisión sus sesiones, convivieron jóvenes políticos, como Felipe González con viejos conocidos como Dolores Ibárruri (Pasionaria), el propio Carrillo, el ultra derechista Blas Piñar, o Manuel Fraga Iribarne, que como ministro de Interior de Franco había proclamado: “La calle es mía”. Lo que se llamó “la clase política” aceptó las reglas del juego, no sin protestas y enfrentamientos pero las aceptó. De ese crisol, que en parte representaba a la sociedad española emergente del franquismo, surgieron cambios trascendentes para la sociedad española, como la reforma fiscal, impulsada por el “tupamaro” Francisco Fernández Ordóñez. Fernández Ordóñez tenía un hermano cura que había pasado algunos años presos en Uruguay por colaborar con el MLN, y los ministros, en tren de broma le llamaban “el tupamaro”. La reforma fiscal, impulsada por el primer gobierno surgido de las urnas, hizo que todos debieran llenar su formulario con la declaración jurada de entradas y gastos. El gobierno dio a conocer de forma pública las declaraciones de diputados y senadores como de notorios personajes cuyas declaraciones no estuviesen de acuerdo al tipo de vida que llevaban. Gobierno y oposición mostraron un fuerte compromiso con el proceso democrático. Prueba de ello fue el llamado “Pacto de la Moncloa”, un acuerdo entre el gobierno, los partidos políticos con representación parlamentaria, las organizaciones patronales y las dos centrales sindicales. Este acuerdo a varias bandas no hubiese sido posible de no haber una clara coincidencia en el rumbo y confianza entre los principales interlocutores, aunque estuviesen en partidos políticos muy distantes entre sí.

Entre los contratiempos de la Transición se destacó el llamado “Tejerazo”, un intento de golpe de Estado encabezado por un puñado de mandos del Ejército y la Marina, y ejecutado, en su parte más dramática, por el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, que mantuvo durante 18 horas secuestrado al Congreso y el gobierno. A la voz de “¡Todos al suelo!” tras las detonaciones de una ráfaga de metralleta, sólo tres personas desobedecieron la orden de Tejero: el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente primero del gobierno, que abandonó su asiento para dirigirse donde Tejero a ordenarle que depusiera su actitud; Adolfo Suárez, presidente, que se puso de pie e intentó una maniobra similar, y más atrás, en su asiento, imperturbable, Santiago Carrillo. En sus memorias declararía que esa noche fue la más larga de su vida, y en la que sintió que aquellos patéticos guardiaciviles tenían la orden de acabar con el puñado de políticos que llevaron aparte, a distintos despachos. Esa noche terminó la Transición. La democracia española comenzaba una nueva etapa. Gente tan dispar como Santiago Carrillo y Gutiérrez Mellado, que durante la Guerra Civil pelearon en bandos distintos, corrían la misma suerte en manos de doscientos guardiaciviles, que recibían órdenes de quién sabe quién. Esa distancia previa se había ido suavizando durante los años de la Transición, pero fue la noche del 23 de febrero de 1981cuando los recelos desaparecieron, y España comenzó a mirar hacia adelante definitivamente. El reciente fallecimiento de Santiago Carrillo pone, nuevamente, el tema de la Transición sobre la mesa. El 80% de la opinión pública española lo elogia. Es decir, la mayoría, incluyendo a la derecha.

Nuestra transición fue distinta. Los uruguayos despedimos casi en silencio a quienes tejieron la urdimbre de la vuelta a la democracia, y muy pocos, si es que los hubo, concitaron el sincero respeto de una mayoría tan impresionante. Algo habremos hecho mal los uruguayos después que los militares perdieron la partida.

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