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UN BALANCE POLITICO DESDE UNA MIRADA VERDE Por Eduardo Gudynas

publicado a la‎(s)‎ 26 dic. 2011 15:05 por Semanario Voces
 

 

 

¿Tiene sentido pensar en cuestiones como la ambiental frente a otros temas sustanciales, como la crisis educativa, u otros puntuales, como el mal funcionamiento del teléfono 911?

 

 Durante 2011 las resistencias frente al tema ambiental se quebraron con las resistencias ciudadanas ante los deseos gubernamentales de implantar la minería a gran escala. Quedó atrás la herencia de Botnia, donde bajo la excusa del nacionalismo se dejaron en suspenso muchos problemas ambientales. Es así que Aratirí fue enfrentada por un agrupamiento heterogéneo de ambientalistas, militantes sociales y productores rurales, dispararon un debate público, sumándose después diversos actores políticos (muchos provenientes de la oposición partidaria).

 

Del otro lado, la minería es promovida por otro grupo diverso que incluye a una empresa que es más un inversionista de riesgo que una minera, ex jerarcas gubernamentales que se volvieron promotores privados, la presidencia de la República, y representantes de varios partidos políticos.

 

Paralelamente, los planes de nuclearizar el país se desvanecieron. Esto no fue el resultado de un análisis propio, sino la consecuencia del accidente nuclear de Fukushima. No está demás recordar que buena parte de los que hoy defienden la minería a gran escala, son los mismos que ayer proponían comprar un reactor nuclear.

 

LA INTERROGANTE DEL DESARROLLO

 

Al reabrirse las compuertas que contenían las polémicas públicas, reaparecieron otras cuestiones pendientes desde hace años. Allí están desde la endémica basura de Montevideo al abuso con los agroquímicos en el medio rural. El país sigue arrastrando serios problemas ambientales, y no logra resolverlos satisfactoriamente.

 

Paralelamente, está quedando en evidencia que el gobierno prioriza lo que considera los pilares centrales para el desarrollo, las exportaciones, inversiones y algunos ajustes macroeconómicos, y concibe que los “ecologistas” implican entorpecer esas prioridades. El gobierno permite que se discuta cómo repartir los posibles beneficios del crecimiento económico, pero no tolera condicionar la inversión extranjera o maximizar la exportación.

 

Y la tan manida distinción entre dos orientaciones económicas en disputa, en realidad expresa formas distintas en entender las vías instrumentales para captar y distribuir los beneficios económicos (en paralelo a una lucha por el poder político). Sin embargo, no hay un debate sobre la centralidad del trípode inversión extranjera – exportaciones – crecimiento.

 

El resultado es que sigue sin existir una elaboración explícita de la estrategia de desarrollo del país, las agencias que tendrían que hacer esto no aparecen envueltas en esa tarea (el caso más dramático es la OPP), y la dirigencia partidaria está alejada de esa tarea. Es más: no lo ven como un problema.

 

Llegados a este punto, cualquiera podría preguntarse si tiene sentido insistir en abordar temas como los ambientales en un país que no logra resolver otras cuestiones fundamentales como la educación o seguridad. En palabras más simples, para qué preocuparse de los carpinchos si ni siquiera funciona bien el teléfono 911 de la policía. Algo de verdad hay en ello, y esa dificultad debe ser atendida.

 

Una de las razones por las cuales hay temas que quedan rezagados o invisibilizados (sea el ambiental, la promoción de la cultura, embellecer la ciudad, o cualquier otra cosa similar), se debe a nuestra carencia de una estrategia nacional de desarrollo, o al menos de un conjunto de estrategias en discusión. La agenda de la gestión pública se sigue organizando por sectores separados, o por los golpes de la coyuntura.

 

Como no hay un plan trazado, el gobierno se aferra a las promesas de inversión, y la propia presidencia termina defendiéndolas. No se promociona Aratirí u otros emprendimientos privados porque nuestro gobierno sea un apéndice del capitalismo corporativo global, sino porque no sabe hacer otra cosa, y no cuenta con estrategias claras alternativas.

 

Allí donde se puede, se introducen diversos mecanismos de mercado, esperando que espontáneamente se orienten los estilos de desarrollo. Pero siendo sinceros, medidas como los incentivos económicos a los funcionarios públicos para que rindan, las asociaciones público privadas para que las cosas se hagan, o los bizarros contratos de pagos condicionados para que los liceales estudien, tienen todas el espíritu de la gestión neoliberal. No se apela a estos instrumentos de mercado porque el gobierno sea neoliberal, sino porque aquí tampoco saber hacer otra cosa.

 

En muchos casos se justifica la implementación de otras medidas invocando las limitaciones financieras. “No tenemos plata”, pasa a ser la respuesta para explicar atrasos o incompetencias. Pero cómo puede ser que no tengamos fondos si todas las semanas el gobierno insiste en que vivimos en el paraíso económico. Desde una tendencia u otra del gobierno, se subraya el alto crecimiento económico, la acumulación de reservas, los record en la recaudación impositiva. Presupuestos como el de educación, salud, vivienda y seguridad se han elevado sustancialmente al calor del boom económico. Las cifras macroeconómicas son maravillosas, nos dice el equipo económico. Y bajo este contexto de expansión económico financiera, ¿el desempeño estatal ha mejorado de la misma manera? Todo indica que no (y en algunos casos lo reconoce hasta el propio gobierno). Si bajo esta bonanza económica no resolvemos problemas, es válido preguntarse que qué sucederá si la crisis global nos golpea y vuelvan a caer las tasas de crecimiento económico, se reduzca la recaudación o baje la demanda de empleo.

 

Estas contradicciones no están restringidas a Uruguay. Problemas similares están sacudiendo a los gobiernos vecinos, ya que en todos ellos parece haberse implantado un consenso de crecer en base a la exportación de commodities, y desde allí mantener redes de transferencias monetarias (sean las asistencias del MIDES en Uruguay, o formas más extrañas, como subsidiar la transmisión de fútbol por la televisión pública en Argentina). Ese consenso en primarizar las economías genera muchas resistencias ciudadanas por sus impactos sociales y ambientales, hace a los países muy dependientes de la globalización, y canibaliza las propias entrañas de la izquierda como agente de cambio.

 

TODOS SON IMPORTANTES

 

No existen temas de segunda ni de tercera. Habrá urgencias, como pueden ser la atención sanitaria, la cobertura educativa o la seguridad pública. Pero cualquier desarrollo a mediano y largo plazo requiere de todas las dimensiones, y no está acotado a las exportaciones o las inversiones. Otros componentes, como el ambiental, son esenciales, ya que sin éste no hay sustentabilidad para buena parte de la base productiva y exportadora nacional.

 

La consideración de todas estas dimensiones es justamente uno de los resultados en la construcción de una estrategia de desarrollo nacional. No se puede predecir sus contenidos, pero es uno de los mejores antídotos para asegurar que estas cuestiones serán integradas por su propio valor, y no por la marcha de la coyuntura. Sea para que en el 911 atienda alguien, para que los estudiantes encuentren liceos limpios con docentes que les enseñen, o para proteger nuestro patrimonio natural, esto y muchos más depende de retomar el liderazgo político para debatir en serio las estrategias de desarrollo nacional.

 

 

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