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UN CUENTITO PARA SCAGLIOLA Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 25 oct. 2012 9:57 por Semanario Voces
 

 

 

Andrés Scagliola y Gabriel Seré han publicado comentarios críticos sobre mi nota de la semana pasada, titulada "Afrodescendientes: falsa justicia social". A Gabriel Seré lo conozco, militamos juntos en la campaña por la anulación de la ley de caducidad. A Scagliola no lo conozco. Gabriel discrepa conmigo en términos cordiales. Scagliola se enoja y, en un artículo crispado que ustedes pueden leer en esta edición de "Voces", dice que en mi nota incurrí en tres errores y en tres absurdos y que tengo una "limitada comprensión" de lo que son las acciones afirmativas. Gabriel Seré es Gabriel Seré. Scagliola es Director de Políticas Sociales del MIDES. Yo no le voy a contestar nada feo a Scagliola. Sólo le voy a hacer un cuentito:

 

EL CUENTITO

En un asentamiento de cuyo nombre prefiero no acordarme (para no discriminar) nacieron, no ha mucho, tres niños: Jonathan, Maikol y Dayana. Digamos que nacieron allá por el 2003 o el 2004, en pleno coletazo de la crisis del 2002, casi junto con la llegada del Frente Amplio al gobierno.

Los tres nacieron en viviendas precarias y se criaron, junto a sus respectivos hermanos o medio hermanos, rodeados de perros y de basura. Desde chiquitos se acostumbraron a andar entre las patas de los caballos con que sus respectivos padres recolectan residuos.

Sus vidas son muy parecidas, salvo porque Dayana, obviamente, es nena, y Jonathan tiene la piel oscura y el pelo en forma de mota ("es afrodescendiente", diría Scagliola; "es negro" dicen en el barrio). En cambio Maikol y Dayana tienen la piel clara (un poco sucia y cuarteada para la edad, pero clara) y el pelo lacio (rapado para combatir a los piojos, pero lacio). Lo raro es que nadie les dice "europeodescendiente" (ni siquiera Scagliola).

A estos niños de mi cuento no los amenaza el Lobo Feroz, ni tienen que dejar piedritas o miguitas para reconocer el camino a sus casas, como los niños de otros cuentos. No, para nada. A Dayana, a Jonathan y a Maikol lo que puede pasarles es que en cualquier momento dejen de ir a la escuela para cuidar a sus hermanos o para ayudar en la casa (estadísticamente es casi seguro que no terminarán el liceo), o que los reclute alguna bandita para vender pasta base, como a algunos de sus hermanos, o que ellos mismos empiecen a consumir pasta base, o que los alcance una bala policial durante algún "operativo de saturación", o que Dayana quede embarazada a los trece o catorce años y se convierta en "mujer jefa de hogar", o que Maikol y Jonathan vayan a parar al INAU y ahí tomen carrera para llegar al COMCAR, o que les peguen un tiro para ajustar alguna cuenta. Pero, en fin, no, no los amenaza el Lobo Feroz. (Tengan presente que esto es ficción; cualquiera sabe que, con los gobiernos populares del Frente Amplio y sus eficaces políticas sociales y educativas, no hay en el Uruguay niños así).

Pero sigamos con el cuentito. Supongamos que Jonathan, Dayana y Maikol logran salvarse de todos esos peligros. Supongamos que logran terminar la escuela y cursar algún año de liceo o de UTU, y que, tiempo después, los tres deciden presentarse a un concurso para entrar a trabajar, por ejemplo, en la Intendencia, o en algún ministerio. Tienen la misma edad, los mismos méritos o falta de méritos y la misma necesidad de obtener un trabajo que los saque de la miseria.

Ahora supongamos que, gracias a una ley que impone que un ocho por ciento de los que ingresan a la función pública tienen que ser "afrodescendientes", Jonathan logra el empleo mientras que Dayana y Maikol quedan afuera.

¿Qué les decimos a Dayana y a Maikol? ¿Que Jonathan tiene más derecho porque alguno de sus tatarabuelos fue traído como esclavo hace doscientos años? ¿Cómo les explicamos que pasar necesidades por haber tenido tatarabuelos esclavos es mucho peor que pasarlas por ser nieto de un obrero de un frigorífico que cerró, o bisnieto de un peón de campo analfabeto que emigró a la ciudad escapando del hambre? ¿Y qué le estaremos diciendo a Jonathan? ¿Que consiguió el empleo por ser de la raza que es?

¿Qué les estaremos enseñando a esos niños? ¿Que el trabajo se consigue con capacitación y esfuerzo? ¿O que es mejor invocar alguna desventaja histórica, racial, física o "de género"?

¿Qué noción de igualdad y de justicia adquirirán esos niños, si uno es premiado, sin mérito propio, sólo por el color de su piel, y otros son postergados sin culpa propia, sólo por el color de su piel? ¿Qué culpa tienen los niños del presente de que hubiera tráfico de esclavos hace doscientos años? ¿Por qué tienen que pagar ellos los complejos de culpa de la sociedad adulta?

 

LA MORALEJA

Discrepo con Scagliola, y también con Gabriel Seré, en varias cosas.

Tal vez la principal sea que la justicia social no es cuestión de símbolos ni de abstracciones numéricas. No puede hacerse en base a estadísticas despersonalizadas, del tipo: "si hay tal porcentaje de pobres de raza negra, tengo que meter en cargos públicos el mismo porcentaje de personas de raza negra".

Tampoco pueden compensarse las injusticias de los tatarabuelos haciendo injusticias nuevas entre los bisnietos. La esclavitud fue un atropello tremendo e irremediable. Nada que hagamos podrá compensarlo o anularlo. Pero sus responsables y sus víctimas murieron hace mucho. Sólo nos queda, entonces, reparar aquellas de sus consecuencias que se extienden en el presente. Es decir la pobreza y la carencia cultural de muchos descendientes de esclavos. Pero no debemos repararlos por ser de raza negra, sino por ser pobres y carentes de educación

Lo que una sociedad democrática y justa debe garantizarles a todos los niños, y a los adultos, es la igualdad de posibilidades. El asunto, entonces, no es beneficiar a Jonathan, por ser de raza negra, por sobre Dayana y Maikol. Ni a Dayana, por ser mujer, por sobre Jonathan y Maikol. El asunto es cómo logramos que Dayana, Jonathan y Maikol tengan iguales posibilidades vitales, entre sí, e iguales posibilidades que las María Pía y los Ignacios, nacidos en barrios costeros. Iguales. Ni menores ni mayores. Para lograrlo habrá que aportarles a todas las Dayana, los Maikol y los Jonathan un apoyo material y cultural del que están privados. Pero, claro, eso requiere cambios estructurales profundos y costosos. En tanto que las "acciones afirmativas" son simbólicas, vistosas y cuestan muy poco

Mi impresión es que la "discriminación positiva" (que es el nombre original de las "acciones afirmativas") no tienen nada de positivo ni de afirmativo. Son una forma de maquillar la injusticia social, creando nuevas desigualdades tan injustas como las que se pretende combatir.

Como dije, no voy a ceder a la tentación de enojarme con algunas afirmaciones ofensivas de Scagliola. Pero sí voy a cuestionar un aspecto preocupante de su enfoque. Es que su artículo no argumenta, sino que hace afirmaciones y las funda en argumentos de autoridad, del tipo: "las acciones afirmativas están respaldadas por la ONU". O: "el término afrodescendientes no es un eufemismo ni lo "políticamente correcto", como lo dice la militante Tania Ramírez".

Aunque no conozco personalmente a la Sra. Tania Ramírez, tengo desde ya el mayor de los respetos por su opinión. Pero su opinión es eso: una opinión más. Que afirme enfáticamente que el término "afrodescendientes" no es un eufemismo para decir "negro", o "de raza negra", no resiste el menor análisis. Me pongo por ejemplo. Tuve una abuela española, gallega, y tengo razones para pensar que ella tenía mezcla de sangre árabe. Heredé de ella cierto tipo de ojos y un color de piel que bien puede no ser exclusivamente europeo. Es decir que probablemente yo pueda ser considerado "afrodescendiente". Me pregunto si podré ingresar en el cupo del 8% de los cargos públicos. Por otra parte, no puedo dejar de recordar a los militantes negros norteamericanos, de la época de lucha por los derechos civiles, afirmando orgullosos: "black is beatiful"

Y respecto a la ONU, estimado Scagliola, temo decepcionarte. Así como no todos creemos en Dios, no todos creemos en la ONU. ¿De qué ONU hablamos? ¿De la que autorizó el bombardeo y la invasión de Libia? ¿De la que ha sido complaciente con todos los desmanes protagonizados en el mundo por los EEUU y Europa? ¿De la que tiene un Consejo de Seguridad en el que tienen poder de veto cinco potencias: EEUU, Inglaterra, Francia, Rusia y China? ¿De qué democracia y de qué justicia puede darnos clase la ONU? ¡Con razón promueve la "discriminación positiva"! Si es un organismo dominado por los dueños del mundo, ¡claro que le sirven los maquillajes simbólicos!

Por último, me preocupa que ninguno de los críticos advierta que los cargos públicos no existen para expiar culpas ni para calmar conciencias. Cumplen o deben cumplir una función para toda la sociedad y no tienen por fin el beneficio de los funcionarios. Por eso no deben ser usados como dádiva ni como moneda de cambio para reparar a los pobres. Para eso están la seguridad social y el MIDES

Pero cerremos el tema por la positiva. Somos el país de Varela. El país en que, tal vez, los sistemas universales, especialmente en educación, alcanzaron uno de los niveles de inclusión más importantes del mundo. Y lo hicimos con un sistema que trataba a todos por igual. En la escuela pública se sentaban juntos el hijo del rico con el del pobre, el culto con el ignorante. Y, de alguna maravillosa manera, contra lo que Scagliola cree, el resultado era bueno e igualador para todos. Al menos hasta que la crisis y las pretensiones de la clase alta y media quebraron el modelo escolar.

Quizá deberíamos mirar más a nuestro propio patrimonio cultural que a los maquillajes "afirmativos" que venden la ONU y los dueños del mundo.   

         

 

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