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Único en su especie Por Marcelo Pereira

publicado a la‎(s)‎ 8 jun. 2012 6:02 por Semanario Voces
 

 

 

Empecé a trabajar como periodista en 1983, cuando me invitaron a participar en una locura de las que sólo en aquel tiempo podían imaginarse y llevarse a cabo con éxito. Las reuniones conspirativas para preparar el quincenario frenteamplista Asamblea se hicieron en casa del padre de Hoenir, "el viejo Sarthou". Tenía 57 años, que desde mis 25 parecían muchísimos, pero el brillo bandido en la mirada, la irreverencia y el arrojo eran los de un muchacho más.

57 bien vividos, sin embargo. Los pares de los que hablaba con familiaridad eran para nosotros personajes legendarios, pero no mencionaba los nombres de Sendic, Ares Pons, Seregni o Quijano como quien muestra galones, ni buscaba convencernos de que, comparada con aquella gente y con él, nuestra generación era notablemente burra. Le interesaba mucho más que creciéramos juntos, jugarse con nosotros la ropa. Ropa gastada, la suya: hacía juego con algún agujero en la suela, y sobre todo con su decencia. Tenía mucho para dar y lo daba de regalo.

Aquel veterano de agendas abrumadoras, siempre apurado y siempre con un poco de tiempo para todos, practicaba la docencia full time. Otros tenían la suerte de oír alegatos o clases magistrales: a nosotros nos enseñaba con el ejemplo. Y así, por ejemplo, en el quincenario nadie cobraba. Algún día tendremos que contar nuestras aventuras en Asamblea, que llegó a vender más ejemplares que Opinar y remó con fuerza contra muchas corrientes, entre censura previa y Club Naval. Conviene que nos apuremos, porque nada garantiza que nos hagamos viejos con la lucidez que conservó Helios.

Él tendría que haber sido el director, pero prefirió figurar apenas como encargado de la sección sindical. No para cuidarse -eso le preocupaba poco- sino porque le parecía más útil concentrar la provocación a los represores en otros terrenos.

Su experiencia nos sirvió de archivo y brújula para contribuir a la reaparición pública de muchos referentes valiosos. A menudo se ocupaba personalmente de conseguir colaboradores y entrevistados ilustres, con criterios de amplitud y generosidad que parecen haber olvidado unos cuantos, empeñados en reducirlo a la caricatura de un radical sectario.

Abrió sitio para muchos de sus contemporáneos, pero no fue un restaurador. Estaba comprometido, al mismo tiempo, con otras aperturas, al ceder protagonismo en el periódico a quienes éramos jóvenes. De eso nos dábamos menos cuenta, pero el valor de su enseñanza se va revelando ahora, cuando nos acercamos a la edad que él tenía entonces.

Después de las elecciones de 1984 nuestros caminos se separaron, primero en el terreno periodístico y después en el político. Tuvimos algún encontronazo fuerte y franco, de los que no aminoran el cariño y a la larga lo aumentan. Siempre hubo guiñadas.

No era fácil, por cierto, convivir con semejante torbellino. En muchas encrucijadas, seguir fiel a sus convicciones le quitó espacio. Cuando ingresó al Parlamento, le asignaron como despacho un sucucho cerrado con mampara, debajo de una escalera. El Palacio le fue hostil y él no tenía nada de palaciego, pero se las arreglaba, incómodo, para incomodar cuanto podía. Eso le pasó también en otras cortes, desde otros márgenes.

No sé si la historia oficial le hará justicia a ese hombre incapaz de ser oficialista. Pero cuando se muere gente de su tamaño, perdemos todos.

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