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UN NUEVO FANTASMA RECORRE EL MUNDO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 5 sept. 2011 7:01 por Semanario Voces
 

 

 

 

 

El nuevo fantasma, que recorre ya no sólo a Europa sino al mundo, es el desconcierto de la izquierda.

Las notas de Eduardo Gudynas y de Juan Grompone, publicadas en “Voces” la semana pasada, sintetizan con acierto las causas de ese desconcierto, manifiesto en las incertidumbres, contradicciones y polémicas que rodean la gestión de los gobiernos “de izquierda”.

Cualquier análisis del “clima” ideológico de la izquierda no puede pasar por alto algunas evidencias históricas esenciales: 1) La estatización de la economía ha fracasado, como lo demuestra la experiencia de la URSS pero también las de Cuba, China y un largo etcétera. 2) La economía, la organización política y la tradición cultural de cada sociedad tienen vida y ritmos propios, y no se someten fácilmente a voluntarismos ideológicos o políticos. 3) El sistema capitalista, enancado en la ciencia y en la tecnología, en la hegemonía ideológica y en la fuerza militar, continúa demostrando gran vitalidad y posibilita, al mismo tiempo, el crecimiento numérico de la humanidad, un mayor nivel de consumo de buena parte de sus miembros, una enorme y cada vez más inequitativa acumulación de riqueza, un modelo de “crecimiento” económico que compromete la viabilidad del planeta, y la desterritorialización y desestatización de las grandes decisiones económicas y políticas.

En otras palabras, el sistema capitalista es injusto, cruel y cada vez más peligroso, pero no hay a la vista otra forma de organización social que se presente como viable, y las que se han propuesto para sustituirlo han fracasado. Ese es el drama de la izquierda. 

 

EL PROBLEMA DE LA PROFECÍA

A partir de la obra de Marx y de Engels, la socialización de la economía (punto de encuentro ideológico de todas las izquierdas) dejó de ser un sueño, una utopía justiciera o un propósito optimista de la voluntad humana, para convertirse en un destino ineluctable, “científicamente” predicho.

Para los fundadores del “marxismo”, el socialismo sería la consecuencia inevitable del desarrollo de las fuerzas productivas. La acción política de la clase obrera (sindicatos, partidos, organizaciones proletarias internacionales) tenía por objeto acelerar el proceso y colocar al proletariado en situación de liderarlo.

Esta concepción determinista y profética es la que ha hecho crisis ante la realidad, al menos ante la de este momento histórico.

¿Cómo creer en el advenimiento de formas más pacíficas, sensatas y justas de creación y distribución de la riqueza si ésta cada vez se concentra más, si sus dueños son cada vez más poderosos y ambiciosos, si el desarrollo científico-técnico y toda la organización política mundial parecen favorecerlos? ¿Cómo creer en un futuro distinto si las alternativas intentadas hasta ahora han resultado tan o más injustas, autoritarias e ineficientes? ¿Cómo confiar en una predicción “científica” que es desmentida por la evidencia empírica?

Una de las consecuencias del marxismo fue introducir en el pensamiento socialista la soberbia positivista, la noción de predecir y de ser un agente conciente de la Historia. Esa noción fue causa de infinitos corajes, pero también de enormes fanatismos y autoritarismos. Y ahora agrava el derrumbe ideológico. Porque el ser humano puede resistir la derrota, pero no que Dios, o el Destino, o la Historia, le den la espalda.

 

ACTITUDES  

Ante esa “crisis de fe” que sufre la izquierda, se abren varias alternativas.

Una es resignarse a la falsedad de la profecía y adoptar el realismo posibilista. Decirse, “ya que el capitalismo es inevitable, aprovechémoslo, administrémoslo bien, crezcamos y tratemos de repartir algo de las ganancias”. Esta parece ser la opción de muchos gobiernos “de izquierda”. El término “progresismo” sigue aludiendo a un supuesto sentido de la historia (sólo se “progresa” cuando hay una dirección preestablecida) pero ya no se juega a decir cuál es ese sentido. Ya no se arriesga a predecir el socialismo ni a apostar a la estatización y a la planificación de la economía, aunque tampoco renuncia a su posibilidad, con lo que, en los hechos, opera como un mediador más o menos indeciso entre los intereses económicos dominantes y las aspiraciones sociales.

Otra actitud posible, expresada hasta donde entiendo por Juan Grompone, es seguir confiando en lo sustancial de la hipótesis marxista, aunque depurada de soberbia y de voluntarismos. Se trata de asumir que las nuevas, y aparentemente triunfantes, caras y modalidades del capitalismo no son más que meandros o bucles de la Historia, a través de las cuales el sistema capitalista desarrollará todas sus potencialidades productivas, para luego dar lugar a una nueva etapa histórica que hoy es imposible –e inútil- prever y describir. Para este punto de vista, el desarrollo capitalista no es una realidad a la que hay que resignarse (como suele creerlo el “progresismo”) sino una etapa histórica necesaria para la superación del capitalismo. No es disparatado pensar que, para esta concepción, el procapitalismo de los gobiernos “progresistas” tiene una función histórica: contribuir al desarrollo máximo –y por ende al agotamiento- del sistema capitalista. Sin duda, es una visión teórica muy sugerente, aunque resulte humanamente descorazonadora y políticamente poco movilizadora.

También es posible adoptar actitudes fundamentalistas. Sostener que el capitalismo se ha afianzado por la traición de ciertos partidos y gobiernos de izquierda a los intereses populares y a los principios del socialismo. Esta visión, muy común en algunos sectores de “ultraizquierda”, tiene el inconveniente de su extremo idealismo y voluntarismo, en tanto pretende explicar complejos procesos históricos, políticos y económicos, como meros “errores” ideológicos o traiciones políticas.

Por último, cabe la posibilidad expresada en “Voces” por Eduardo Gudynas y que, con variantes, suele manifestarse en el discurso de las izquierdas alternativas y alienta en la consigna “Otro mundo es posible”. En sustancia, esta concepción esboza una crítica tanto al capitalismo como al socialismo marxista tradicional. Sostiene que las nociones de “desarrollo” y “crecimiento”, traducidas en la dominación y explotación de la naturaleza y de los seres humanos, son conceptos que hay que desterrar. Propone un cambio en la relación de los seres humanos con la naturaleza, que implica también un cambio en la relación de los seres humanos entre sí. Ese cambio es sustancialmente incompatible con el sistema capitalista, que depende cada vez más de la depredación de la naturaleza, de lo que resulta que esta visión se postule como radicalmente anticapitalista y cuestione con dureza el “progresismo” de los partidos de izquierda gobernantes. Lo apasionante de esta propuesta es que intenta  fundar la opción anticapitalista sobre bases distintas a las tradicionales. El socialismo –o la alternativa anticapitalista- ya no sería fruto del agotamiento de las posibilidades productivas del capitalismo sino de la incompatibilidad de éste con la naturaleza y con la vida humana sobre el planeta. Como objeciones, puede reprochársele cierto voluntarismo y el hecho de que descarte la hasta ahora inagotable capacidad de la ciencia y de la técnica –dominadas por el capitalismo- para encontrar métodos que permitan la perduración y expansión del sistema.

 

¿QUÉ PUEDE HACER LA IZQUIERDA?

La izquierda es escenario de debates teóricos de gran profundidad, aunque no siempre bien planteados. Atribuir el desconcierto a meros conflictos políticos o a traiciones e intereses contrapuestos no permite percibir la verdadera dimensión del problema.

El capitalismo ha triunfado. ¿Ese triunfo es una realidad duradera, o es el principio de su fin? ¿Podemos esperar a que se agote o eso destruiría a la naturaleza y a la humanidad?

Nos encontramos en los albores de una etapa histórica, con nuevas modalidades de producción y nuevas lógicas políticas, sociales y culturales.

Ya no se puede creer que la izquierda sea un agente directo de la Historia (así, con mayúscula). ¿Hay que resignarse a ser administradores de lo ya establecido? ¿O debemos asumirnos como un mero conjunto de personas optimistas y de buena voluntad, embarcadas en soñar un mundo mejor?

Voluntad y posibilidad. Lo históricamente posible y lo políticamente deseable son las dos coordenadas que parecen delimitar el camino.

¿Tiene sentido ser “de izquierda” cuando la profecía socialista ha fracasado? ¿Cuál es la tarea? ¿Soñar un mundo mejor? ¿Construir el mundo posible? ¿Hay lugar para una praxis que no caiga en la ingenuidad ni en el posibilismo?

La semana próxima intentaremos profundizar en esas preguntas.       

 

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