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Un papa nefasto Por Fernando Butazzoni

publicado a la‎(s)‎ 14 may. 2011 14:29 por Semanario Voces


Juan Pablo II fue el papa de los ricos y de los poderosos, el gran demagogo del falso katholikós romano, el que descabezó de forma sistemática a la iglesia de los pobres, el que calló secretos financieros mucho más escandalosos que la tercera revelación de Fátima, el que pobló los altares de santas y santos de pacotilla, el que se embarcó en una cruzada anticomunista en la que hizo tratos con la CIA, el MI6 británico y los servicios secretos búlgaros, el que cubrió con un manto de dólares las tropelías de los sacerdotes pedófilos en Estados Unidos durante los años 90.

Juan Pablo II fue el papa amigo de las grandes corporaciones y de los increíbles negocios de mercadeo con su propia imagen, fue el que aceptó ser el rostro de Pepsi durante su cuarto viaje a México, el que convirtió el Año Santo del Milenio en un verdadero supermercado de ofertas “imperdibles” (desde bendiciones papales en pergamino a 48 dólares hasta indulgencias plenarias a quienes peregrinaran al Vaticano en esas fechas), el que recibió y elogió en 2001 el informe del sacerdote Gabriele Amorth, fundador y presidente de honor de la Asociación Internacional de Exorcistas (A.I.E.), referido a los peligros satánicos de Harry Potter.

Juan Pablo II fue el papa que vació de fieles las iglesias europeas y latinoamericanas, fue el que negoció con el cardenal Marcinkus y con Licio Gelli la salida menos onerosa para la quiebra del Banco Ambrosiano, fue el que peregrinó de forma incesante por el mundo convirtiendo sus misas campales en espectáculos políticos y en shows mediáticos globales, fue el pragmático que escuchó amablemente  las explicaciones de George W. Bush referidas a su “línea directa” con Dios, fue el que ─para no ser menos que Bush─ se atribuyó a sí mismo el legado de Fátima.

Juan Pablo II fue un titán de la política, de los negocios y de la diplomacia. Fue un buen actor en su juventud, un magnífico comunicador en su madurez, un excelente CEO de El Vaticano S.A durante veintiséis años. Esas virtudes son incuestionables. Su legado aún perdura. Ahí está Benedicto XVI, quien fuera su más dilecto colaborador, con su cara de comadreja pícara rasgándose las vestiduras por los pobres del Tercer Mundo, mientras sus cardenales andan por la Tierra envueltos en un frufrú de sedas y oros que resulta obsceno a los ojos del pueblo.

Es de suponer que Karol Wojtyla fue, a su manera, un hombre de fe. Pero creo que Juan Pablo II fue un papa nefasto para la vida espiritual de millones de católicos. Eso no es nuevo: nuestra iglesia padeció durante siglos los desmanes de pontífices que dedicaban sus días a asuntos demasiado mundanos para semejante investidura. Esa es una cruz que los católicos debemos cargar. Y por Cristo lo hacemos. No será en los sepulcros, ni en la pompa de Roma, donde hallaremos el consuelo de su palabra, pues está escrito que no tiene sentido buscar entre los muertos al que está vivo.

 

 

 

 


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