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UN TLC IN EXTREMIS Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 5 jul. 2013 12:28 por Semanario Voces
 

El pasado 14 de junio, los ministros de Comercio de la Unión Europea llegaron a un acuerdo para iniciar conversaciones formales con Estados Unidos con el fin de llegar a un acuerdo de Libre Comercio con este país. Juntos, representan la mitad del PIB mundial y las tres cuartas partes de los servicios financieros. A finales de julio comenzarán en Washington unas conversaciones que tendrán como telón de fondo la crisis económica más grave desde la Segunda Guerra Mundial, sobre todo porque la hegemonía que ejercía, entonces, Estados Unidos ya no es tal, y nuevos actores económicos serán invitados de piedra en cualquier acuerdo que implique trastocar el status comercial del mundo de hoy.

Desde comienzos de la década del ochenta, China se embarcó en lo que autodefinió como “la construcción de una economía de mercado socialista”. Un proceso original, que le llevaría a adoptar reglas del mercado a una economía hegemonizada por el Estado. Lo que esconde el enigmático concepto es un régimen de partido único en el que las normales y esperadas convulsiones de una economía capitalista queden reducidas a su mínima expresión. El proceso impulsado por Deng Xiaoping consistió en producir para el mercado internacional, poseedor de la riqueza del mundo, y mantener el sistema distributivo  que había impuesto el gobierno del Partido Comunista. El solo hecho de anunciar reformas generó, cuando todavía faltaban algunos años para que Gorbachov sorprendiese al mundo con su perestroika, una enorme expectativa. Si bien las primeras reformas fueron aplicadas al sector agrario, éstas descomprimieron el profundo atraso y modos de intercambio, generando una circulación de bienes, que, más allá del efecto positivo concreto para la población, actuaron como primeros pasos de experimentación neo capitalista. Pero a mediados de los 80 llegaron las reformas al sector industrial.

El Estado, como propietario, comenzó a abrirse a nuevas formas asociativas, especialmente con capitales extranjeros, y a la modernización gerencial. Con la creación de Zonas Económicas Especiales, la economía china puso en marcha su modo de producción industrial bajo condiciones capitalistas, aisladas territorialmente, para evitar todo posible contagio al resto la población. El capital internacional acudió a China con la misma velocidad que los buscadores de oro. Mano de obra baratísima, al principio impuestos casi nulos, después benévolos y la protección de poder violar la reglamentación sobre patentes con la protección del Estado. El bajo costo de la mano de obra siguió funcionando como un poderoso imán para las principales firmas del mundo hasta después que China adhirió a la OMC, en 2001, provocando una acumulación creciente y acelerada del capital que mantiene su impulso hasta nuestros días. Hoy, China, es un inversor que le disputa a Estados Unidos y Europa ya no sólo los mercados que hasta 20 años atrás les eran exclusivos sino que les disputa sus propios mercados internos.

En este marco se produjo el llamado de Obama, primero en Estados Unidos, reclamando que las empresas norteamericanas dejen de dar trabajo en China para dárselo a sus compatriotas, y, ahora, con su propuesta de constituir el mayor tratado de libre comercio del mundo, al que, aparte de contar con el 50% del PIB mundial y el 75% de los recursos financieros, se le suma que el 60% de las inversiones en investigaciones científicas son realizadas por Europa y Estados Unidos.

A pesar de la crisis, Europa invierte en conocimientos que no tendrán un retorno económico inmediato, y, seguramente, tampoco será para uso exclusivo. La Agencia Espacial Europea acaba de anunciar que a fines de 2013 lanzará al espacio un satélite que tendrá como objetivo crear un mapa tridimensional de unos mil millones de estrellas de nuestra galaxia. La misión “Gaia” permitirá estudiar asteroides dentro del Sistema solar, planetas que orbitan estrellas cercanas y la distribución de la materia oscura, la sustancia invisible que ocupa la mayor parte del Universo. Mientras China apuesta por un programa espacial en solitario, el intercambio entre Estados Unidos, Europa y Rusia es fluido. Es fácil adivinar el desenlace que puede llegar a tener la carrera espacial en el futuro económico de China si pretende mantener el nivel de inversiones que le aseguren su independencia.

Mientras Europa y Estados Unidos ajustan los detalles para llegar a un acuerdo comercial que va a implicar, en principio, un comercio sin trabas arancelarias con la formidable maquinaria científica como locomotora, ¿en qué anda la región?

Nuestro presidente ha dicho en infinidad de oportunidades que debíamos enganchar nuestro vagón a la locomotora de Brasil. Pero las noticias parecen contradecir los beneficios de esa estrategia. Si bien no se puede hacer una lectura a la ligera del movimiento de indignados en Brasil, no se puede eludir la reseña de algunos elementos que inciden en la opinión pública. Brasil gastó en 2012 treinta mil millones de dólares en armamento. No se trata de un programa de modernización de áreas que pudieran estar desactualizadas, es un brutal programa de rearme, contra un enemigo que no parece estar tan bien definido, y, en caso que estuviese, lo que no parece estar definido es la fuente presupuestal para semejante propuesta bélica. Otro de los elementos que viajan en la locomotora brasileña es la corrupción, que no cesa. Por más que el Partido de los Trabajadores achaque a sus partidos aliados en el gobierno la causa de la corrupción, son sus dirigentes los condenados a distintas penas de prisión en el juicio por el “mensalao”. Es inobjetable que una parte sumergida de la población hoy tiene empleo y los niños brasileños han salido de la situación de hambre en que estaban, pero el crecimiento se estanca. BMW abrió una fábrica de coches en Brasil y el país tiene supermillonarios en los primeros puestos de la guía Forbes. Eso sólo está indicando que Brasil sigue ocupando los peores lugares en el Índice Gini de Desigualdad de Ingresos. ¿Es sustentable el futuro de Brasil si no aprovecha los años de bonanza para realizar una profunda reforma en su sistema de educación terciaria? ¿Es imaginable que actúe como una locomotora de la bonanza económica, si en lo que demuestra eficacia es en su avance como productor de alimentos, sin participar, realmente, en la carrera por el comercio de bienes con el máximo valor agregado, que es la verdadera carrera?

Las presidencias son pasajeras y, a veces, hasta efímeras. Dilma Rousseff cae en picada en la opinión pública. Tal vez apenas sea una señal de alarma, tal vez sea el final de un ciclo.

Mientras los latinoamericanos nos golpeamos la boca y gritamos como indios furiosos alrededor de la hoguera, una buena parte de la población del mundo exige que sus dirigentes políticos comprendan que hay límites. Los uruguayos hemos intentado un camino de incorporación a la comunidad latinoamericana como ciudadanos de segunda, acomplejados, perdiendo de vista que integración no quiere decir despojarse sino, por el contrario, sumar lo nuestro, que no puede ser otra cosa que la resultante de un país profundamente democrático, hasta capaz de integrar civilizadamente a quienes sueñan un día sí y otro también con establecer aquí la ley del gallinero.

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