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UPM y la discusión del modelo productivo por Omar Paganini

publicado a la‎(s)‎ 29 jul. 2016 9:56 por Semanario Voces


El anuncio de la nueva planta de celulosa reaviva la discusión sobre el modelo productivo y la estrategia de desarrollo nacional. Aparece un “mega proyecto” como este y resurgen las críticas, se replantea una discusión que unos tratan pragmáticamente de evitar mientras otros reflotan para intentar oponerse al proyecto.

Por un lado, están quienes se quejan de la inversión extranjera y de la globalización. Algunos alientan una idea mágica: no deberíamos recurrir a los de afuera, hay que hacerlo sin la participación de la empresa extranjera y su tecnología. Esta idea abreva en Galeano: estas multinacionales están “robándonos nuestras riquezas naturales” y no las queremos. A algunos les gustaría ponerles exigencias muy duras, otros incluso prefieren rechazar el proyecto, aún cuando directamente frene el desarrollo. En el fondo, son conservadores, pues “si hasta ahora vivimos sin ese emprendimiento, podemos seguir sin él”.  Caricaturizando, podríamos decir que pregonan algo así: “volvamos a la ganadería extensiva, tan nuestra, y evitemos la soja, la forestación, los ‘megatambos’ y los grandes frigoríficos, si son con inversión extranjera”. Lo importante para ellos es que solamente “la nación” reciba  beneficios de nuestras riquezas naturales, descartan la inversión extranjera, aunque el resultado final sea que dichos beneficios directamente no se produzcan.

También están quienes objetan el desarrollo productivo “agroindustrial”, pues entienden que se está “primarizando” la economía nacional. Hace años que la participación en las exportaciones de los bienes industriales viene cayendo y viene aumentando la de las cadenas agroindustriales (celulosa, carne enfriada, lácteos, arroz, soja). Estamos volviendo a exportar solamente producción “primaria”, dicen, se destruyó la “industria nacional”. Olvidan que la industria nacional no se destruyó por la aparición de las cadenas agroindustriales, sino por su propia falta de competitividad. Nadie decidió cerrar las textiles para desarrollar la celulosa, es al revés: por suerte, cuando las textiles se fundían, crecía la forestación y se instalaba Botnia. De lo contrario, estaríamos mucho peor.

Esta segunda línea de pensamiento – de quienes añoran el “industrialismo” de los 50 – suele quejarse de la apertura a las importaciones, de la falta de estímulo a la industria nacional, del fin de la “Industrialización por Sustitución de Importaciones” que se liquidó en los “neoliberales” años 90. Se quejan de que haya bienes importados en el mercado, cuando “podríamos producirlos acá”. En suma, añoran el industrialismo de Luis Batlle Berres, y creen en un país volcado al mercado interno.

 Pero el mercado interno no puede alentar el desarrollo de una industria competitiva, porque no tiene volumen. Con un mercado tan reducido el sector industrial se estanca y entra en retroceso, y sectores industriales protegidos o subsidiados como los que tuvimos difícilmente adquieren la dinámica adecuada para poder competir internacionalmente. Además hoy una industria moderna ocupa mucho menos mano de obra que en los 50, y por lo tanto, si apostamos a producir para el mercado interno, se generarían muy pocos puestos de trabajo de calidad. La única forma de tener una industria pujante hoy es que sea exportadora, que apunte a los mercados globales. Ni siquiera un Mercosur cerrado es una solución, como ya lo hemos experimentado.

En conclusión, por uno u otro lado, surge una oposición maximalista a los proyectos como este. Esta oposición no ha logrado frenarlos en el pasado, pues obviamente ha triunfado la posición pragmática: necesitamos los proyectos porque necesitamos el crecimiento económico que traen aparejado. Y el pragmatismo volverá a triunfar esta vez.

Pero los opositores siguen pensando que los pragmáticos no están construyendo un modelo productivo adecuado. ¿Y si tuvieran razón? Entonces, la pregunta, tanto para quienes no les gusta la inversión extranjera como para quienes lamentan la “primarización” de nuestras exportaciones, sería ¿cuál es el modelo productivo que proponen? ¿Cómo se puede llegar a desarrollarlo? La respuesta no tarda en llegar: queremos un modelo productivo de “alto valor agregado”, que genere “empleo de calidad” y exporte productos elaborados y (según algunos de ellos) también servicios de alto valor. Uno no puede más que compartir este anhelo: ¿Quién puede oponerse a que en nuestro país se incentive el desarrollo de industrias “intensivas en conocimiento”, de bienes y servicios “de alto valor”?

El verdadero asunto no es el objetivo, sino los medios para lograrlo. ¿Se puede lograr esto cerrando la economía? ¿Utilizando solamente el capital nacional? ¿Cuáles son las políticas activas idóneas para lograr esto? ¿Los aranceles? ¿El subsidio estatal a las empresas “nacionales”? ¿El control cambiario? La propia experiencia del Uruguay de los 50 y 60, y las más recientes de Argentina  y en menor medida del Brasil, demuestran que ese camino no es viable. No se genera una industria exportadora competitiva de esta manera. En el mundo actual, para ser competitivo es necesario comenzar con una visión global, y eso requiere inversiones importantes, tecnología y personal capacitado y productivo. Una inversión muchas veces fuera del alcance del capital nacional, público o privado. Además, hay que integrarse a redes y cadenas productivas también globales y eso impacta en la política exterior. Así es el mundo en el siglo XXI, muy diferente al de 1950, y hay que adaptarse.

Por otra parte, toda unidad productiva de alto valor agregado y alcance global plantea requerimientos críticos para poder instalarse, empezando por la necesidad de contar con personal calificado y reglas de juego claras en el mercado de trabajo, la seguridad jurídica para inversiones de largo plazo y un régimen impositivo razonable. No menos importantes son las  buenas telecomunicaciones y la infraestructura logística adecuada (aeropuertos, puerto, rutas, ferrocarril, dependiendo del tipo de emprendimiento), así como la energía abundante y de bajo costo. Finalmente, aparecen asuntos estratégicos como los acuerdos internacionales para poder acceder a los mercados interesantes y la protección de la propiedad intelectual para emprendimientos “intensivos en conocimiento” (diseño, biotecnología, farmacéutica, tecnología, etc.). En muchos de estos aspectos – por suerte existen honrosas excepciones – nuestro país no muestra los mejores indicadores.

En consecuencia, quienes reclaman un modelo productivo “de alto valor agregado”, “que genere empleo de calidad”, aunque tal vez no lo sepan, están reclamando por un país abierto al mundo, con reglas de juego adecuadas, recursos humanos calificados, infraestructura competitiva, costos razonables. Si en realidad quieren un modelo productivo como el que pregonan, eso implicará cambios importantes, para poder lograr el ansiado desarrollo.

En realidad, hay solamente dos formas de encarar esto. Se puede acometer una reforma profunda a nivel general, que implique una mejora de la productividad, un Estado más eficiente, mejores servicios públicos e infraestructura a costos competitivos y educación de calidad para todos, lo cual es el camino más ambicioso y a largo plazo el indicado. Pero también se puede apostar a la generación de “enclaves”, lugares específicos con reglas de juego especiales, adecuadas para radicar emprendimientos competitivos a nivel global. Zonas donde los servicios son adecuados, la infraestructura es acorde y los impuestos son bajos y con acceso a una fuerza laboral “de elite” o incluso extranjera.

Este camino de los enclaves es el que pragmáticamente se viene recorriendo, tanto para las “mega industrias” como para los servicios. No otra cosa son nuestras zonas francas, y han sido muy exitosas en captar emprendimientos de clase mundial y generar empleo de calidad. Pero se genera así una situación extraña: en los enclaves se vive en el mundo desarrollado, y afuera de ellos volvemos al subdesarrollo, la ineficiencia, los obstáculos.

¿Hay que seguir por ese camino? ¿Cómo crear las condiciones para superarlo? Esa es la discusión que vale la pena, y requiere una estrategia de mediano y largo plazo, una discusión profunda y sin tabúes, orientada a cambiar en serio nuestra realidad. No parece razonable oponerse a los “mega proyectos” que vengan, si traen crecimiento y su impacto es positivo, derramando además fuera de los “enclaves”, como sucede con la cadena forestal. No es sensato liquidar los enclaves, y quedarnos sin el pan y sin la torta. Pero eso no alcanza. Hay que acometer la otra tarea, la de reformar el Estado y la educación, mejorar los servicios y la infraestructura. ¿Estamos dispuestos a encarar el futuro o preferimos refugiarnos en el mundo del eslogan?

 

 

 

 


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