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URUGUAY, UN PAÍS DE BORRACHOS Por Washington Abdala

publicado a la‎(s)‎ 31 may. 2012 14:06 por Semanario Voces
 

Cuando Tabaré Vazquez libró su batalla contra el cigarro  al principio me resistí. Que la libertad individual, que los derechos de las minorías, que la democracia, bla, bla, bla. Al final entendí: el bien superior (la salud de la gente) requiere medidas, acciones y no tanta estupidez dialéctica. Nos ganó por goleada. Ni corto ni perezoso me subí al carro al toque. Entendí, capté, que no se puede bobear con lo filosófico (yo que soy un liberal) si no se obtienen resultados concretos para la gente. Claro, todo tiene sus límites, pero nadie tiene derecho a fumar donde yo estoy, nadie tiene derecho a envenenarme. Clarito como el agua. Jaque mate.

Con el alcohol pasa algo similar. Nadie tiene derecho a sacarme dinero a mi para pagar los accidentes de auto de otros imbéciles (la mayoría provocados por borrachos) cuando no se actúa con sensatez y responsabilidad. Una sociedad sana no es borracha. Los uruguayos son bebedores contumaces. Creen que la felicidad y la joda es sinónimo de alcohol. No hay fiesta en la que no corra un poco este vital elemento. Es como si se necesita esta ingesta para estar bien o de lo contrario se transforman en mormones. Una dicotomía estúpida.

Yo tengo un rechazo fuerte hacia el alcohol. Me tomo alguna cosa si la barra está toda alucinada, pero no es lo mío. Nunca me emborraché, ni para seducir mujeres, ni para hacer el amor (malo, muy malo), ni para tomar valor y putear a alguno que se lo merecía. Me gusta la cerveza en verano, alguna, al calor, en las playas, en las noches, con fainá mucho mejor. En realidad al alcohol lo considero una droga más, inclusive  prefiero a los que se fuman algún porrito. La vida me demostró que derrapan menos, que son menos volados, que de última quieren un relax y nada demasiado dramático. (Si, ya sé, el riesgo de seguir con otras drogas está presente, pero el alcohol también lo produce, algunos amigos míos lo combinan con cocaína y vuelan esos nenes).

Yo, que soy un batllista de los de antes, que le tiene miedo a las iglesias, que rechaza a los curas y sus dogmatismos, que cree que los animales no tienen que ser vejados, que cree en los “derechos humanos”  antes que los llamaran así los organismos internacionales para montar su emporio de chantas, creo que el Estado debe advertir, educar, instruir sobre el alcohol. Sin prohibir, solo formando con la verdad, mostrando a los que se hacen pelota con él, instruyendo que lo mejor es estar lúcido para todo, hasta para sufrir.

En el fondo el alcohol -como tantas cosas- es una evasión a esta vida perra que nos toca padecer. Bueno, entonces el asunto está por otros lados. Claro, acá se prenden las religiones –les tengo pánico porque con el combate al alcohol trafican versos para llevar agua para sus molinos- pero ese es otro debate. (Las religiones a veces estafan de manera vil con tal de sumar acólitos...)

Es mentira que una sociedad laica no tiene valores. Los valores de una sociedad pueden ser claros y no se requiere creen en Calamuchita para  enfrentar los vicios sociales. En eso el modelo educativo lo es todo. Mis hijos son ecologistas, medio- ambientalistas, no ensucian la ciudad y eso lo socializaron de chiquitos sin grandes dramas en las escuelas. Hacer lo propio con el alcohol es lo que habría que hacer. Todo lo demás, para mi,  son paparruchas. Los borrachos del presente ya no tienen retorno. Hay que evitar tener borrachos en el futuro.

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