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¿VA POR BARRIOS? por Juan Martín Posadas

publicado a la‎(s)‎ 16 dic. 2015 12:33 por Semanario Voces

 

                       

         Se están dando movimientos políticos de tipo sísmico en la región. Me refiero a los sucesos de Argentina y de Brasil. (Venezuela no está en la región y padece una fiebre de tipo tropical que no se da en estas latitudes). Dado que nuestro país, el Uruguay, está también en la región, las reflexiones que suscitan la situación de nuestros vecinos tienen aplicación acá. Mis amigos frenteamplistas dirán que no (pero lo hacen con tal énfasis que resulta sospechoso).

         Lo que caracteriza la situación argentina es el derrumbe del kirchenrismo y su estructura política, clientelística y de poder. Lo que caracteriza la situación brasilera es el derrumbe del lulismo y su estructura de poder, clintelísitca y corrupta.

         Algunos politólogos y comentaristas compatriotas remiten sus explicaciones a movimientos pendulares continentales. Me temo que se trate de una explicación simplista. Es cierto que nuestro continente tiene un pasado reciente de vaivenes y contagios. Un día vino la ola del guevarismo y todos invocaron la lucha armada y se hicieron guerrilleros (de verdad o de tribuna). Después vino la ola continental de los militares y los gobiernos pasaron a tener sede en el cuartel o el comando. Más tarde vino la vuelta a la democracia y, cincha poroto uno atrás del otro…

         Pero esa explicación no corre para los países de la región que este ensayo encara. No sólo no corre sino que esa explicación escamotea las causas más notorias y dignas de análisis. Lo que pasó –está en tren de pasar- en Argentina y en Brasil es que aquello que los griegos clásicos llamaron “ubris” hizo explotar las estructuras de poder político y los relatos hegemónicos vigentes hasta el momento en ambos países. Recordemos que la ubris era una mezcla de infatuación y soberbia que derivaba en excesiva confianza en sus propias fuerzas o éxitos y una correlativa desvalorización y desprecio por todos los demás.

         Lo que explica la debacle del kirchnerismo, su desfonde y la amargura rencorosa que lo envuelve, no proviene de ninguna racha continental, no es explicable por fenómeno colectivo alguno sino por su propia corrupción, por la degeneración a donde se dejó llevar engolosinada por su propio éxito electoral y su ascendiente político. Lo que explica el desfonde del lulismo es exactamente lo mismo.

Ambos movimientos políticos y, sobretodo, ambos liderazgos, fueron protagonistas de (o en) un crecimiento económico fenomenal en sus respectivos países. En parte tuvieron suerte: las condiciones de la economía mundial, con China desarrollándose a mil por hora y demandando justo las commodities que produce la región, y por otro lado con la casa central del mundo capitalista sumida en la quiebra financiera, (lo que hizo bajar a cero los intereses y derivar hacia estas costas las aplicaciones de capital que huían despavoridos de allá), trajo que nos visitaran los reyes magos varios años seguidos. Pero no todo fue suerte: en ambos países, sobretodo en el Brasil, el crecimiento se desparramó y la condición general de la sociedad tuvo una mejora real y sustantiva. Eso es innegable.

         El progreso económico trajo a esos dos gobiernos mayor apoyo político, más prestigio, mayor popularidad. Pero, a continuación, vino el conformismo, la autocomplacencia y, sobretodo, la convicción de que ellos –los líderes y/o sus movimientos políticos- debían permanecer y ser eternos por necesidad histórica, sucediéndose a sí mismos. Los otros partidos políticos pasaron a ser considerados como la antipatria y objeto de befa. Los correligionarios, “los nuestros”, fueron insertados en toda la organización del estado y ocuparon todos los cargos públicos de importancia: se desarrolló una verdadera colonización, primero del gobierno y luego de la cultura, la enseñanza y todo lo demás. Y terminaron sintiendo que, siendo tan importantes para el país, tenían derecho a manejar los fondos del estado y de las empresas públicas a su criterio y sin tener que dar cuentas a nadie.

         Pero a partir del año 2013 o 2014 las condiciones económicas del mundo tan favorables para esta región empezaron a darse vuelta: la plata fácil para el lucimiento gubernamental se encogió y la gente, económicamente más apretada, dejó de tolerar lo que antes toleraba y empezó a resistir lo que antes perdonaba o hacía como que no veía.

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         Algunos politólogos (y algunos dirigentes políticos preocupados) vuelven su mirada hacia antecedentes históricos que les permitan certezas en estos momentos de temblores. Tanto en Argentina como en Brasil existe un antecedente histórico que los respectivos gobiernos kirchneristas y lulistas quisieron utilizar o invocar. Se quiso ver una conexión filiatoria entre el kirchnerismo y Juan D. Perón y en Brasil con Getulio Vargas. Esos antecedentes históricos existieron pero la conexión invocada no.

         Perón cambió para siempre la política de la Argentina porque reconoció a las dos terceras partes de argentinos ignorados; les dirigió la palabra, les hizo sentir “Che, el General nos ve, nos habla, ¡existimos!” Y la Argentina fue otra desde ese momento. Lo mismo hizo Getulio Vargas para el Brasil: le dio el ser a más de medio país.

         Los populismos de Kirchner o de Lula no tuvieron alma: sólo mucha plata. Mejoraron la condición económica de la gente (más Lula que Kirchner) pero no crearon ciudadanía, no hablaron con la gente de igual a igual.[1] Edificaron un estado asistencialista y se sintieron tan macanudos por ello que se consideraron con derecho a sacar partido (dinero) de allí para apoyar sus movimientos políticos, sus estructuras burocráticas (y, poco a poco, sus amigos, sus socios de negocios y sus parientes).

         El resultado es que Cristina Kirchner se desfondó antes de las elecciones y luego las perdió. El lulismo se desfondó después de la elección de Dilma y tiene ahora menos del 10% de aprobación. Los dirigentes del Frente Amplio observan todo eso con nerviosismo y aducen oscuras conspiraciones de la derecha. En los tiempos que corren el kirchnerismo y el lulismo a mí me evocan más bien al yijadista que se amarró a la cintura el chaleco de explosivos y se reventó.



[1] Creo que tanto Lula como N. Kirchner moldearon su ideario y su discurso con algunos elementos del marxismo que sus antecesores, Perón y Vargas, hasta por razones cronológicas e históricas no tenían. El materialismo que está en la base del marxismo imprime un sentido básicamente económico a sus proyectos sociales. Ningún ruso sintió nunca hacia los lideres de la URSS lo que lograron hacer sentir Perón o Vargas. Los millones de campesinos que dejaron la servidumbre nunca se sintieron vistos y reconocidos como personas o sujetos políticos como lo era la nomenclatura del régimen y su sistema de terror. La cátedra no ha estudiado suficientemente qué tipo de ciudadano forjaban los regímenes marxistas.


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