Artículos‎ > ‎

Y COMIERON PERDICES… Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 20 dic. 2012 12:46 por Semanario Voces
 

Hasta el momento, en el Uruguay, dos personas del mismo sexo no pueden contraer matrimonio entre sí.

Al parecer, algunos homosexuales uruguayos quieren poder contraer matrimonio en su país y reclaman que se establezca por ley su derecho a hacerlo.

Otros uruguayos, heterosexuales o no, católicos o no, se oponen a que una ley establezca ese derecho

Sobre esas bases, el “matrimonio homosexual” se ha incorporado al repertorio de causas “no tradicionales” de la izquierda. Junto con las políticas “de discriminación positiva” a favor de las mujeres y de las personas de raza negra, la legalización del aborto y el tratamiento extraordinario dado a la violencia doméstica, integra el grupo de causas “que no deben faltar en la cartera de la dama y en el bolsillo del caballero progresistas y políticamente correctos”.

Sin embargo, esa identificación entre el “matrimonio homosexual” y las restantes causas encierra un error.

 

CADA QUIEN CON SU CADA CUAL

El matrimonio es una institución en crisis.

Cada vez más parejas heterosexuales, en especial las jóvenes, optan por la convivencia libre, consensual, asumiendo que su amor, y por ende su unión, serán “eternos mientras duren”, por decirlo con palabras del poeta Vinicius de Moraes, que, con nueve matrimonios sobre el lomo, sabía algo del tema.

Lo cierto es que muchos gurises y gurisas no se casan. Se juntan. Alquilan casa en común, paran la olla en común, ponen a nombre de los dos lo que compran juntos y, cuando se separan, cada cual se lleva lo suyo, reparten lo que es común, y a otra cosa. Si en el proceso nacen hijos, serán lo único que siga siendo común.

Desde luego, no digo que eso esté bien o esté mal. Digo que es.

Probablemente esa sea la actitud más ajustada a una visión igualitaria del papel del hombre y de la mujer, y también la más ajustada a una visión que considera a la pareja como un vínculo afectivo y no como un compromiso social o legal. Reitero: no digo - tampoco me interesa- si eso es bueno o malo. Digo que es.

¿Eso significa que el matrimonio, tal como lo conocemos, dejará de existir?

Seguramente no. En la antigua Roma existía un tipo de matrimonio tradicional, con solemnidades y consecuencias jurídicas muy rígidas. Como su régimen era tan estricto, a su lado, sin eliminarlo, surgió otro tipo de unión, más libre, más sencilla, y con consecuencias jurídicas menos severas. Los dos tipos de matrimonio coexistieron durante siglos.  Junto a ellos coexistía también el concubinato, que, por definición (salvo en Uruguay), es una situación de hecho y totalmente libre. Por eso es muy probable que, también en nuestra sociedad, diversas formas de convivencia en pareja, incluido el matrimonio, coexistan durante mucho tiempo.

Esa tendencia social a adoptar otras pautas de convivencia en pareja parece haber sido ignorada cuando se aprobó la ley de unión concubinaria, que, desde el punto de vista de los efectos jurídicos, identificó potencialmente a toda convivencia con un matrimonio, sin tener en cuenta que son cada vez más las parejas que, pese a estar instruidas y concientes de sus derechos, prefieren convivir sin otras consecuencias jurídicas que las voluntarias. Todos sabemos que la verdadera razón para imponer ese régimen al concubinato fue posibilitar la unión formal de parejas homosexuales, cosa para la que en ese momento no se tenían los votos necesarios.

 

Y CON SU PAN SE LO COMAN

En ese contexto, se plantea hoy la propuesta de establecer el matrimonio homosexual.

Es totalmente ajeno al tema si el matrimonio es una institución con futuro, si sigue teniendo sentido y cuánto durará su existencia.

Lo relevante es que hay un grupo minoritario de personas que quiere poder incluirse en un régimen que les está negado y que, en cambio, está admitido para el resto de las personas. Es decir, los heterosexuales pueden casarse con la persona con la que deseen hacerlo, en tanto los homosexuales no tienen ese derecho.

El solo planteamiento del problema indica la respuesta. ¿Hay algún motivo para negar ese derecho? ¿Alguien resulta perjudicado porque dos personas del mismo sexo deseen vivir juntas unidas por un vínculo legal?

Por otra parte, el asunto tiene solución clara en nuestro ordenamiento constitucional. Así, el artículo 8º de la Constitución de la República dice: “Todas las personas son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes”. Y el artículo 10º agrega: “Las acciones privadas de las personas que de ningún modo ataquen el orden público ni perjudiquen a un tercero están exentas de la autoridad de los magistrados…”.

En definitiva, puesto que la posibilidad de unirse en matrimonio se reconoce a las personas heterosexuales, en razón del principio de igualdad debería permitirse también a las homosexuales. Sobre todo habida cuenta de que refiere a un asunto privado y que no ataca al orden público ni perjudica a terceros.

 

ADOPCIÓN

Capítulo aparte merece el tema de la adopción de niños por parte de parejas homosexuales.

Ese tema no puede ser resuelto en base a los derechos de las personas homosexuales, sino en base al interés de los niños que deben ser adoptados.

¿Qué efectos psicológicos tiene criarse con una pareja en la que los roles de género no están tan claramente identificados como suelen estarlo en las parejas heterosexuales?  ¿Es perjudicial? ¿Es inocuo?

Debo confesar mi ignorancia. Y algo más: no confío mucho en los dictámenes de los expertos sobre este tema. Tengo la sospecha de que están ideologizados. De que los pronunciamientos supuestamente técnicos –tanto a favor como en contra de la adopción por parejas homosexuales- responden en realidad a convicciones militantes previas de quienes los emiten.

No sé qué más decir ni qué pensar sobre el punto. Me faltan datos confiables.

Eso, claro, nada tiene que ver con el derecho de los homosexuales a casarse. 

     

DISCRIMINEMOS

Lejos de ser coincidentes, los fundamentos del matrimonio homosexual son totalmente opuestos a los de las políticas de “discriminación positiva o inversa” que se invocan para ciertas reivindicaciones feministas o raciales.

El matrimonio homosexual se funda sin esfuerzo en el principio de igualdad, incluso en sus aspectos más formales (los de igualdad “en la ley” y “ante la ley”). Implica igualar el tratamiento dado a todas las personas en materia de matrimonio.

En cambio, las políticas de “discriminación positiva” o “discriminación inversa” (cuota política para las mujeres, o cuota en cargos públicos para personas de raza negra) violan el principio de igualdad. Lo violan en lo formal, sin asegurar tampoco un estatuto de igualdad material para todas las mujeres o para todas las personas de raza negra.

Algo parecido ocurre con la solución dada al tema “aborto” y con el actual tratamiento de excepcionalidad dado a la violencia doméstica. En el aborto, al declararlo un derecho exclusivo de la mujer, se prescinde del interés y el eventual derecho del embrión así como de los derechos del padre. En la violencia doméstica se prescinde de las garantías del denunciado o denunciada.

 

CONCLUSIÓN

En muy apretada síntesis, no parece haber motivos racionales, sociales o constitucionales para oponerse al matrimonio homosexual. En especial porque no obliga a nadie. Serán los interesados los que resolverán si desean o no acogerse al régimen formal del matrimonio y eso en nada afecta a la vida ajena.

Sobre la adopción, sería deseable que el Parlamento, antes de decidir, y si no lo ha hecho ya, recabara la información técnica (psicológica, docente) más objetiva posible y que considerara la experiencia de países donde ese régimen ya se ha implantado.

Porque –reitero- el interés prioritario es el de los niños que deberán ser adoptados.

Aclarado eso, que todos seamos felices.

 

   

 

 

Comments