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30 AÑOS SIN HENRY FONDA (1905-1982) Por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 11 ago. 2012 14:18 por Semanario Voces

 

El domingo 12 se cumplen 30 años de la muerte de un icono del cine. Cuando alguien preguntó a Henry Fonda a qué atribuía su imagen pública de héroe democrático, el actor respondió sin dudarlo: “No sé por qué. Sé por qué no. Porque yo no soy Henry Fonda. Es imposible ser Henry Fonda. Es un mito y por ello es una carga pesada. Pienso que, como todo mito visual, debe tener algo que ver con mi rostro más que con otros componentes”. Tenía razón porque, más allá de su enorme talento, en Hollywood y Broadway Fonda fue una presencia como pocas: su 1.87 rectilíneo culminaba en una cara inusual, en la que la mandíbula cortada a pico convivía con una boca vuelta hacia abajo, que al sonreír contradecía la tristeza que sugería su rostro. Sus ojos proyectaban una rara intensidad, mezclada con una timidez inflexible y agresiva y una notoria inclinación por la contención, que lo convirtió en un actor austero para los parámetros de su generación. Y además poseía un secreto profesional confesado sólo tardíamente: nunca pestañeaba ante la cámara. Con todo eso forjó un mito duradero.

ASCENSO. Fonda nació el 16 de mayo de 1905 en Nebraska, hijo de un impresor demócrata liberal y una joven conservadora, educada en la Ciencia Cristiana. De su infancia Henry destacaba dos hechos antagónicos y poderosos: el paso del cometa Halley en 1911, presenciado junto a su madre; y el brutal linchamiento de un negro acusado de haber violado a una mujer blanca en 1919, al que asistió horrorizado junto a su padre. Ese doble recuerdo simboliza las luces y sombras que marcarían su vida en el futuro, porque “Henry era tierno e inalcanzable, te llegaba al corazón o te violentaba repentina y salvajemente”, al decir de su amigo John Steinbeck. En 1925 una amiga de su madre, Dorothy Brando, que acababa de tener un bebé llamado Marlon, lo visitó. Esa mujer, fundadora del Teatro Comunitario de Omaha, pidió a Henry que se uniera a su elenco amateur. Lo hizo, y al año siguiente, cuando obtuvo su primer rol protagónico en Merton of the Movies, tuvo una revelación: el placer puro de fingir, la evasión, le atraía de manera irreprimible. “Interpretar es huir de una personalidad que no te gusta demasiado y que sientes aburrida; interpretar es crear otras personalidades con las que poder vivir”, declaró una vez. La frase ayuda a entender mejor a Fonda y lo distancia de la mayoría de sus colegas, que adornaban  sus imágenes públicas con falsas y lustrosas leyendas. Después de siete años en que se debatió entre la pobreza y la total miseria, Fonda protagonizó en 1934 la comedia rural The Farmer Takes a Wife, que se convirtió en un taquillazo. El contratista Leland Hayward lo vio, quedó entusiasmado y convenció al productor Walter Wanger para que contratara a Fonda para la versión cinematográfica de esa pieza (Doble conquista, 1935, Víctor Fleming). Y llegó la fama.

GLORIA. Herencia de muerte (1936, Henry Hathaway) parecía un western pero era una bella historia filmada en Technicolor en magníficos exteriores. En ese film Fonda plasmó su personalidad, la de hombre decidido, idealista, inocente y resistente como el acero, poseedor de una mirada implacable, una voz deliberadamente cansina y vacilante, y un modo de caminar erguido y zancudo. Parecía actuar sin querer. Tanto el personaje como la historia que contaba la película acercaron al actor a las dos vertientes de su labor que tienen más interés: el western y el cine social y político de cuño progresista. Y así surgieron títulos recordables: Sólo vivimos una vez (1937, Fritz Lang), Jezabel la tempestuosa (1938, William Wyler), Bloqueo (1938, William Dieterle), El joven Lincoln y Al redoblar de tambores (1939, John Ford), Tierra de audaces (1939, Henry King) y La venganza de Frank James (1940, Fritz Lang). Pero hay que destacar la inteligencia con que Fonda orientó su recién iniciada carrera: en la época dorada de Hollywood, donde los actores sólo eran material rentable para ejecutivos que los manejaban a su antojo, Fonda se dio el lujo de no pertenecer a ningún estudio y elegir sus tareas sin ataduras. Eso cambió en 1940, cuando accedió a firmar un contrato suicida por siete años con Darryl F. Zanuck, jerarca de Fox, a cambio de protagonizar Viñas de ira, adaptación de la novela de Steinbeck que John Ford comenzaba a rodar. Esa pérdida de independencia le brindó al actor el rol de su vida, pero también futuros sinsabores. De 1940 a 1943 debió filmar cualquier cosa, con las honrosas excepciones de Tres noches de Eva (1941), lunática comedia de Preston Sturges, el episódico Seis destinos (1942, Julien Duvivier) y el western social Conciencias muertas (1943, William Wellman).  Los años de posguerra marcarían nuevas colaboraciones con Ford (Pasión de los fuertes, 1946; El fugitivo, 1947; Sangre de héroes, 1948), aunque Fonda declaró no sentirse a gusto con la fauna de Hollywood. Por eso se trasladó a Nueva York para actuar en teatro: el éxito obtenido no tuvo parangón y se llamó Mister Roberts, que permaneció cuatro años en cartel y le brindó al actor su primer Tony. En 1955 volvió al cine con la adaptación de esa pieza, lo que le permitió relanzar su carrera encarnando personajes más maduros, elevados como la voz de la razón en un mundo impregnado de locura. Para ello se vinculó a King Vidor (La guerra y la paz, 1956), Alfred Hitchcock (El hombre equivocado, 1957), Sidney Lumet (12 hombres en pugna, 1957), Anthony Mann (Venganza mortal, 1958) y Edward Dmytryk (Pueblo embrujado, 1959).

OCASO. Los años 60 marcaron un leve descenso en la trayectoria de Fonda: demasiado mayor para protagonista, tampoco era un anciano al cual ofrecer actuaciones especiales. Para seguir activo accedió a filmar superproducciones integradas por vastos elencos (El día más largo del siglo, La conquista del Oeste, Primera victoria) o coproducciones europeas de todo tipo. Aún así se las ingenió para ampliar su registro dramático en tres films políticos (Tormenta sobre Washington, 1962, Otto Preminger; Límite de seguridad, 1964, Sidney Lumet; El mejor candidato, 1964, Franklin J. Schaffner) y dos policiales (Los despiadados, 1968, Don Siegel; El estrangulador de Boston, 1968, Richard Fleischer). Fonda resucitó al encarar por primera vez papeles de villano en tres westerns muy recordables (Los malvados de Firecreek, 1968, Vincent McEveety; Érase una vez en el Oeste, 1968, Sergio Leone; Final de un canalla, 1970, Joseph L. Mankiewicz), y anotarse un éxito con la comedia Los tuyos, los míos, los nuestros (1968, Melville Shavelson). Pero perdió la oportunidad de protagonizar en teatro ¿Quién le teme a Virginia Woolf? cuando su agente rechazó la oferta sin consultarlo, declarando: “A Fonda no le interesa trabajar de cornudo neurótico en una obra donde los personajes se insultan todo el tiempo”. A partir de 1975 un primer colapso cardíaco minó una salud que rápidamente se deterioró: en 1979 le fue extirpado un tumor benigno en el diafragma y se le detectó cáncer de próstata. Pese a ello accedió a filmar, junto a su hija Jane Fonda y Katharine Hepburn, En la laguna dorada (1981, Mark Rydell), una de sus grandes labores, por la cual recibió un Oscar que Hollywood le debía desde hacía décadas. Fonda murió el 12 de agosto de 1982 pero su legado, reciclado por Gregory Peck (otro hombre de pueblo con solemne dignidad), continúa en el rostro y el carisma indudable de Jane, en la actual estampa de Peter e incluso en Clint Eastwood, que no es buen actor ni liberal, pero supo clonar la manera de caminar envarada, lenta y zancuda de su ilustre antecesor. El talento y la versatilidad de Fonda permanecen libres de discusión, como puede apreciarse en cualquiera de los títulos citados, la mayoría disponibles en DVD. 

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