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40 AÑOS DE “MUERTE EN VENECIA” DE LUCHINO VISCONTI. Por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 19 mar. 2011 14:14 por Semanario Voces


El 1º de marzo se cumplieron 40 años del estreno mundial en Londres de Muerte en Venecia de Luchino Visconti, quien precisamente un día como hoy (17 de marzo) pero de 1976 fallecía en Roma a los 69 años de edad. Su padre pertenecía a una antigua familia de la nobleza milanesa cuyas raíces se extendían hasta la Edad Media; su madre procedía en cambio de una acaudalada familia industrial. Debido a esa combinación su infancia y juventud transcurrieron en un ámbito refinado y exquisito, pero el edén llegó a su fin en 1921, cuando sus padres decidieron separarse. Visconti siempre idealizó su juventud, pero las irregularidades sexuales paternas, el enfermizo amor que él sentía por su madre, la dramática separación, los escándalos y peleas, saldrían a luz en clave en sus últimas películas. La más reveladora de ellas es Muerte en Venecia. Allí yuxtapone su presente y su pasado, para terminar elaborando una íntima confesión. Al presente pertenece la historia del hombre maduro que en plena Belle Epoque llega a Venecia, intercambia unas miradas provocativas con un chico y termina muriendo en la playa del Lido, frente al hotel. Del pasado sabemos que ese hombre, famoso compositor, tuvo una familia, un concepto de la belleza y una filosofía que nunca terminaron de satisfacerlo.

     Visconti habló aquí de la soledad en medio de la multitud y del tránsito a la vejez, con la consiguiente pérdida de la belleza física y espiritual. La cara envejecida del músico resalta la pureza de líneas de Tadzio, imagen de la perfecta juventud, siempre rodeado de gente: madre, niñera, hermanas y amigos, componentes de un mundo que Visconti amó y cuya pérdida nunca superó del todo. Como resumiera ejemplarmente en su momento Oribe Irigoyen, el film “plantea tres crisis: la del músico y su concepto del arte, la de Venecia cercada por la peste y la de una clase (la aristocracia) que deja correr sus horas en el ocio, y a la que una peste mayor (la guerra del 14) barrerá del mapa junto con su mundo”. Muerte en Venecia es un prodigio de estilo donde la música de Mahler se integra a un manejo minucioso de la imagen, logrando una permanente sensación de serena y poética belleza. Es también una oportunidad de lucimiento único para un actor de los quilates de Dirk Bogarde: el paso calculado, los pequeños estallidos de vanidad, el progresivo descenso hacia la decadencia física, que conlleva además un quiebre moral, están finamente estudiados por el actor y abordados con extrema sutileza. En plena filmación Visconti comentó a Bogarde: “Cuando uno tiene oportunidad de contemplar la belleza perfecta, absoluta, tiene que morir, ¿sabías eso? Lo dijo Goethe. No se puede hacer nada más en la vida luego de algo semejante”. Por eso Bogarde es casi la película entera, porque todo debe ser observado a través de sus ojos: los demás personajes sólo giran a su alrededor. 

     En el testamento de Mahler se lee: “En mis obras se halla mi existencia completa, mi entera visión de la vida. También mi angustia, mi ansiedad y mis miedos”. Lo mismo podría decirse de Visconti, un verdadero neorrealista de sangre azul.

 

 

 

 


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