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46 XY Por Luis Morales

publicado a la‎(s)‎ 15 jun. 2013 15:51 por Semanario Voces

 

“46 XY”, dijo el doctor y señaló el documento sobre el escritorio. Se refería a vos, que en ese momento, con tus seis milímetros de “estatura”, no eras vos (y, sin embargo, eras vos). La mujer y el hombre sentados frente al galeno éramos tu mamá y yo. Hasta ese momento, la expresión de nuestras caras  oscilaba entre el susto y la preocupación. Pero cuando oímos aquello, sonreímos con alivio. Te cuento por qué. Resulta que ni ella ni yo somos lo que se dice “jóvenes”. Entonces, cuando nos enteramos de que estabas en el vientre de tu madre, fuimos al médico y este nos dijo que debíamos hacernos un examen para comprobar que vinieras bien. Antes de realizarlo, nos dieron a firmar un documento en el que estaba escrito que lo autorizábamos porque existía cierto “riesgo” (el subrayado es mío) de que, entre otras cosas, tus cromosomas determinasen que eras un bebé con síndrome de down.

 

Vos todavía no entendés mucho de esto, pero tus padres somos profesores de español, entonces nos preocupan los vocablos y su uso. El hecho es que aquella palabra, para nuestra sensibilidad, era como una estocada directa al alma. Así las cosas, mientras duró la espera del resultado del análisis, estuvimos meditando acerca de ella y el contexto en que se nos presentó. La Real Academia Española la define como: “Contingencia o proximidad de un daño”. Quizá todas las demás eventualidades que enunciaba el documento realmente implicasen lo que podría llamarse “un daño” en sentido estricto; pero que también un niño con síndrome de down fuese considerado como tal, resultaba demasiado fuerte. En todo caso, pensábamos, hubieses sido un niño diferente, al que habría que haber tratado como tal, pero eso no te transformaría, jamás, en “dañoso”; ni iba a hacer que te amásemos menos.

 

Rumiamos todo esto durante casi un mes. Y ahora, frente al médico, sentimos la necesidad de decirle que tal vez sería bueno que cambiasen aquella palabra por una expresión menos agresiva y más precisa, “alta probabilidad”, sugerimos. El profesional de la salud nos miró un poco extrañado, pero aceptó que quizá tuviéramos razón. A veces, el no pensar en el punto de vista del otro, puede sesgar nuestra visión de un asunto y volvernos insensibles a lo que pueda provocar en ese otro una palabra mal usada por nosotros.

 

Pero, volvamos al asunto de lo que implica ser diferente. El siguiente ejemplo te va a mostrar cómo es esto de que todo ser humano perteneciente a un grupo quiere que el resto del mundo sea idéntico a los integrantes de su colectivo. Vos sabés que tus papás somos docentes de alumnos sordos, que hablan en Lengua de Señas (esa que, además del español, te hablamos a vos desde que te sacaron del “prado en flor” de la panza). De modo tal que todos nuestros estudiantes sordos estaban pendientes de tu llegada al mundo. Y lo primero que preguntaron cuando me vieron luego de tu alumbramiento fue: “¿Es sordo u oyente?”. “Oyente”, les contesté. Entonces me miraron un poco decepcionados y me dijeron: “¡Ah, nosotros queríamos que fuera sordo, igual a nosotros!”. Ese diálogo me puso ante el hecho de que, como escribiera el poeta Hans Magnus Enzensberger,nosotros, como es natural, somos al mismo tiempo los otros de los otros”. Y que la diferencia siempre nos intranquiliza.

 

Nosotros y los otros. Los otros y nosotros. Oyente, sordo, down, blanco, negro… palabras, categorías, rótulos para definir la enorme variedad de seres humanos que pululamos sobre la faz de la Tierra, tan distintos… y tan similares.

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