Cultura‎ > ‎

AL ESTE DEL PARAISO Milenaria sabiduría oriental Por Carola Ortiz

publicado a la‎(s)‎ 16 nov. 2012 13:24 por Semanario Voces
 

“¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ficción, una sombra, una ilusión, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.”

                                                      Pedro Calderón de la Barca, La Vida es Sueño (Segundo Acto).

 

Hoy Julián me dio el “sí” a caminar por el Parque Imperial. Pero no hay caso con éste hombre. Siempre lo mismo. Ya hace rato que lo perdí.

Sé buena, Caro. Sentate acá a la sombrita y lo esperás. Mirá qué bien. Mullido el pasto…todo verde de este lado… y por allá los edificios esos tipo Manhattan pero mejor…y tanto perro de “le pongo ropita porque hijos ni hablar”… tanta bici… tantos fits corriendo (...qué bien que están…)…tanta adrenalina…No. Mejor me recuesto por acá. El árbol éste. Huele bien. ¿A ver? Inhalá. Exhalá. Relajáte. Ritmo, mujer. Ritmo…hasta quince…segundos…veinte…

No. Relajarme no puedo. Ahí está Julián. “Apuráte, Caro…¿Entendés lo que es ‘en punto’ en este caso?”

 Ahí está la barrera. “Pare”. Cuatro legos preciosos de uniforme nos saludan accionando el botón “sonrisa” de “bienvenidos porque les estábamos esperando”. Un lego se mete en una cabina de esas de vigilante. Ahora viene corriendo, así, a pasitos tipo saltitos intermitentes de esos que todos terminamos dando en este planeta, de tanto lego que nos rodea. Mucha inclinación de cabeza de esas de “Adelante”. Eso de “adelante” es un decir. “Adelante” no lleva a una puerta de algo que se vea desde la barrera. Lleva…a…un bosque…De esos de las ilustraciones antiguas aquellas de los libros encantados de la abuela con té y bizcochuelo de a eso de las cinco. Bosque añoso. Bosque… ¿Qué es eso? ¿Un venado?...Con pájaros…Con senderos interminables. No te dan los ojos, Caro. No te dan. Y siguen los senderos. “Ché Julián, ¿cuánto llevamos dando vueltas? ¿No habían dicho ‘Adelante’?”

Ah…Otra barrera. Y como unos techos misteriosos que se ven entre el follaje de cuento de hadas. Otros leguitos con reverencias de “Adelante”. Y…Adelante está el Palacio. Claro. Es que vamos a tomar el té en el Palacio Imperial. No. En el Palacio no. Porque el Palacio gasta mucha energía. Y en el planeta más ahorrativo del universo, su Símbolo hace eso: ahorra.  Así que vamos a su casa, que queda camino arriba de semejante estructura.

Ahora sí. El adelante enserio. ¿Cuántos pas de deux? Uno flanquea mi lado del auto. Otro el de Julián. Otro abre su puerta. Otro abre la mía. Al unísono, claro. Otros flanquean al cuerpo de baile que se aproxima a los dos con gesto de “adelante”. Adelante hay una casa. Más bien…una casita,  al modo en que los habitantes del planeta en que se encuentra arman la intimidad para confirmarse moralmente humildes en medio de la Torre de Babel capitalista que, con tanta sapiencia milenaria han sabido, modestamente, construir. Casita de Hansel y Gretel. Pero no en código de libro alemán con laboriosas ilustraciones Siglo 19. Minimalista. Despojada a morir. Perfectamente dispuesta para alojar a sus dos habitantes: un Emperador y una Emperatriz. Seres de carne y hueso. Pero que viven a lo bandera de una nación que se siente tal. Y entonces flamean, siempre, por encima de todo. Solitos ellos. Corte ha de haber, pero quienes les hacen la corte a sus majestades imperiales no son una nobleza, porque en este planeta no hay nobleza. Hay familia imperial y pará de contar, precedidas por la pareja venerada acá por buena gente, por aceptar su destino pero sin creerse el cuento que, sin embargo, representan mejor que las monarquías aquellas de revista de peluquería que sí se lo creen. Con infinito recato, digamos.

Una salita pequeña, Una mesita. Un par de sofás. Circulan las fotocopias. Precisión total. “Ustedes primero”. “Ustedes después”. “Ustedes terceros”. “Ustedes se ubican aquí; y ustedes allá” (no dicen “ustedes”, pero dejemos “sus excelencias” a un lado). “De aquí vamos a caminar al salón. Allí estará el Gran Chamberlán para recibirles. Y la lady in waiting de la Emperatriz.”

Estamos listos. Los seis invitados comentamos el cambio de estación (¿qué más queda?),  mientras avanzamos por un corredor tan nada-de-nada como el recinto que acabamos de dejar. Un buen trecho…y allí están: el Gran Chamberlán y la lady in waiting. Dos condensaciones de esa aprendida sencillez natural que los libros de etiqueta tratan de captar en vano. De pronto, gestos de “este intercambio amable llega a su fin”. Sus majestades imperiales se están acercando, a juzgar por las reverencias (a fondo) de quienes están parados en la puerta ante un pasillo al costado del salón. ¿Segundos después? ¿Minutos después? ¿Eternidades después?…

Hacen su entrada. Gran entrada, más bien. La gran entrada propia de quienes simbolizan, (basta contemplar sus gestos mientras caminan hacia nosotros) los valores que un pueblo quiere tener cuando se piensa bueno, olvidándose del imperio que fue, del que quiso ser, y del que no pudo ser pero del que le dejaron salvar el único símbolo de “ser un pueblo” que le quedaba cuando fue vencido. El Emperador…estatura pequeña, presencia contundente en la afabilidad de su rostro y de esa salud a prueba de cirugía reciente que, a juzgar por el vigor de su aspecto, logró dejar atrás en poco tiempo. La Emperatriz…pequeña, grácil, deslizando sus pasos de modo tal que es imposible pensar que un ser así pueda guardar un pensamiento objetable o banal en su persona.

Llegó el momento. Ya te lo explicaron. Primero vos y Julián en el lado derecho del saloncito, con el Emperador. Y cinco minutos después, (te avisarán cuándo es cinco minutos) hay que moverse al lado izquierdo, con la Emperatriz. Y así nos iremos turnando las tres parejas que somos hoy.

Allí se encuentra la Emperatriz. Julián a su derecha. Y yo enfrente. Sirven el té. La miro bien, sin que se dé cuenta cómo la miro, espero. Rostro de filigrana. Afable. Sonrisa leve. Sencillez en su traje de dos piezas. Sobriedad total. Sabiduría de un modo de llevarse que revela décadas de cargar a cuestas los rigores de una condición que, al parecer, no ha minado su disposición a   vivirla con prestancia y discreción infinitas. Se dirige a nosotros en un inglés que le va natural, como todo en ella. Sabe preguntar. A los dos. Sabe conversar. En pocos minutos. Sabe decir –y a quién. Entonces me enteraré de que algo que había escuchado antes era cierto. Ella toca el piano “un poco”, dice, en una suerte de susurro incapaz de levantar sospecha sobre lo que se sabe extra-muros acerca de su calidad de “pianista enserio”.  El Emperador también “se interesa por la música”. A ambos les agrada la música de cámara. Y “a veces” suena en su hogar (“at home”, dice la Emperatriz) el sonido de un violín y un piano juntos, con  sus majestades imperiales como ejecutantes. Me entero allí de algunos de sus compositores favoritos. Y a instancia suya, le cuento algo acerca de los míos. Hablamos de América Latina. Aunque son pocos minutos, y no son aún las 11:30, parece toda una tarde de té infinitamente grata por el timbre de voz inimitable que la preside –una suerte de pianíssimo seguro de sí mismo, de esos que no fallan en marcar nítidamente las notas correctas a primera lectura. Es que estamos en el bosque encantado…Ay, Caro…si pudieras hablar así, desarmarías a cualquiera…empezando por Julián.

…Pero antes fue…el té con el Emperador. Al lado, el traductor de la Casa Imperial. Julián a su derecha. Vos, enfrente. Llega el té. Y el café. Y unos sanguichitos y cositas de esas que vos no tocás porque estás condenada a dieta perpetua y además porque cómo te vas a poner a comer ante un Símbolo, mujer.

Silencio de un segundo. El Emperador habla. Como se sabe, habla perfecto inglés. Pero en estas circunstancias tiene que hablar en el idioma de su pueblo, obvio. Así que ahí está el traductor, listo para empezar. Intercambio breve con Julián. Cordial. El Emperador sabe muy bien lo que va a decirle a Julián. Y él responde (bien, Julián). Yo, calladita. Es que me dije antes de venir: “A ver si entendés, Caro. Entendé bien. Es que no podés.  Por una vez en tu vida no podés abrir la boca y meter cuchara sin que se dirijan a vos”.

Y…ahora el Emperador me mira. Y se dirige a mí. ¡A mí! Y yo no sé. ¿Hablo corto? (¿Sonrisa amable acompañada de “Sí, claro, su Majestad”?). ¿Hablo largo? (¿Elaboración de 15 segundos, digamos?). Miro a Julián, así, con el disimulo (de fuera de casa) de tantos años que a estas alturas dominamos bien. El hace el gesto de luz verde. Alivio. Porque el tema, de pronto, se instala en la conversación. Y no fui yo quien introdujo el giro hacia la música. Seré espontánea. Pero barbaridades no hago, al menos no así, no aquí.

Primero: una afirmación “A mí me gusta mucho la música”. Y yo respondo algo (en versión “hablo corto”). Afirmación seguida de otra: “Y me gusta mucho el tango” (ahí me lancé a 15 segundos). Algo habré dicho, supongo, en la línea de “Me complace mucho que le guste el tango a su Majestad”. Y entonces…se amplía la sonrisa, los ojos se cierran un poco, en una suerte de leve, tan sólo leve atisbo de guiño. A menos que haya sido error de traducción (hipótesis no consentida) la sonrisa, me permitiré decirlo, giocosa, del único Emperador que al Siglo XXI el Planeta Tierra registra como propio (ah y, además, subrayo aquello del atisbo leve de guiño cómplice incluido) acompaña la tercera afirmación (que la fui repitiendo por dentro desde que fue pronunciada hasta que llegué al auto para poder copiarla en la tableta ahí mismo, sin un minuto que perder). Erudita, inesperada, y radiante. Así llega la tercera afirmación:

“…Porque…Claro. Desde luego. La Cumparsita…es Uruguaya”.

¿Qué le habré dicho yo? Algo así como “…Por cierto…entre Orientales…” Es que no me acuerdo. Porque lo que le quise decir (pero no, no lo dije, claro que no) fue: “Toda la sabiduría milenaria que Usted representa contenida en esa frase…Y de repente llegué hasta aquí para escucharla…Y en Sus palabras! ¡Y guiño cómplice incluído!… ¡Vaya si será verdad que la Cumparsita es Uruguaya! ¡Ya está! ¡Se acabó!”

Lo que se acabó es el té. Desplazamientos coreográficos. Alineados estamos otra vez. Y en el país en que la gente no se toca, y menos al Símbolo de la nación y su Emperatriz, ellos tendrán ese gesto de cierre impecable en mayúsculas: nos dan la mano. Y con la misma serenidad  con que aparecieron por esa puerta tan sencilla de la casa sencilla sin cuadros, ni jarrones, ni adornos de ningún tipo, se van deslizando hacia afuera, hasta que sólo vemos en el dintel las reverencias de los funcionarios de la Casa Imperial.

Yá. Terminó. Qué paz…Qué momento, Caro. Ahora. Los comentarios del auto…

“Julián…¿Qué tal? ¿Eh? ¿Qué tal? Maggie Smith tomó el té con Mussolini…Y eso, en las películas, aunque haya sido un asunto medio autobiográfico de Zeffirelli.  Pero yo tomé el té con sus Majestades Imperiales. Mirá…Y, ¿ahora? ¿Qué hago con eso? ¿Cómo lo proceso, Julián? Porque estoy contenta, ¿sabés? Y eso me complica Como que no soy yo ¿no? O ¿sí? Dale. Decime.”

“Ay, Carola… ¡Las cosas que decís! ¿Pero porqué tanto disparate? ¿Eh?!”

“Ah. ¿Ahora me vas a negar  que estuve con sus majestades imperiales? ¡Pero si vos estabas ahí!”

“No. Ahí no estaba. Estaba tratando de encontrarte. A la velocidad que vas…Para qué tanta carrera, ¿eh? Para quedarte dormida en el pasto.  Y después, ¿qué? ¡Si no traés nunca el celu!.”

“Bueno. Allá vos. Pero yo sí…”

“Mirá. ¿Ves esa barrera? Nadie pasa esa barrera. A menos que te estén esperando, entendés?

“Pero a mi sí…Yo sí…Y a vos también…”

“Ya basta, Caro. Mirá el perro ese. De los que te gustan….Viene a mil. Te va a aplastar. Levantate. A ver. ¿Sonrisa linda?…Esta noche saco Té con Mussolini  y de paso voy a ver si encuentro alguna buena con emperadores y esas cosas. Al final, me hacés reír. ¡Mirá la manera que tenés de decirme que hace tiempo que no vamos al cine! ”

 

Comments