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AL ESTE DEL PLANETA: El universal lenguaje musical Por Carola Ortíz

publicado a la‎(s)‎ 21 dic. 2012 14:37 por Semanario Voces
 

 

“The greatest nation on Earth”.

Sí, seguro, señores O. y R. “Países emergentes”. Sí, también. “Como el …no hay” (no, no hay), “o melhor do mundo” (…cuando lo dicen en portugués es aún peor). Pequeños transeúntes los de allá. Y, claro, nos tienta grandielocuenciarlo todo. Date una vuelta por acá, sin ojos de turista (o no vas a entender nada) y ya verás el curso “Seamos menos inocentes 001” que te espera. Acordate. El “acá” mío de ahora no es chino, ni coreano, ni ninguno de aquellos que se prestan gustosos a la hipérbole.

 

 Este “acá” es silencioso. Es que así es mejor. Para dedicarse tranquilos a aquello en que dominan: absorber, concentrar, deglutir, fusionar, reconvertir, y devolver igual pero distinto. Y que no. Que no está “en crisis”. Por lo menos no “en crisis” como la interpretamos allá, tan convencidos que estamos de nuestra capacidad prospectiva (olvidando las fallas que lo niegan, el ejercicio siempre es posible, claro está)

¿Abro la bolsita de plástico? No. Mejor después. Bolsita de plástico que te entregan así, como quien no quiere la cosa. Pero cómo pesa, diablos. Preparada para todos y cada uno de los 2006 asistentes que nos estamos congelando en la puerta de entrada situada en una de las tantas explanadas finiseculares del 21 al 22 (esas que nada que ver con las atrocidades pretendo-futuristas de otras partes). Hasta que se abran esas puertas de vidrio. Sí. Muertos de frío y ansiosos por lo que va a ocurrir detrás de esas enormes puertas que ahora están abriendo, al fin. En veinte minutos estará en el majestuoso-pero-sobrio-a-morir-recinto la SFS (Sinfónica de San Francisco) conducida por ese Maestro de rostro igualito al de Taco cincuentón (Antonio Larreta, obvio, ¿quién más va a ser?, que frisando los noventa es así, eternamente, que no digo “bello” porque la palabra no le gusta). El monstruo. Ahí está. Michael Tylson Thomas. Va a conducir a Yuja Wang (sí, eximia, lo que según Camilo “no es nada del otro mundo, má, porque en China hay 30 millones de estudiantes de música…aparte de Lang Lang alguno bueno ha de salir”).  En una Rapsodia sobre un tema de Paganini op. 43 que escuchada por centésima vez, es, esta vez más que nunca, para levitar, así, en el paraíso. Y nos quedamos todos pegados al asiento (acá ovacionan pero sentados) cuarenta minutos después del Mahler, hasta que el Maestro luego de cuatro bis con un encanto muy Taco hace señas de que debe irse a dormir. ….Suntory Hall 2006 asientos en sala grande, 384 en la pequeña. Ay…que no es el momento de repasarte. No ahora. Retengo, eso sí, que una vez al mes, excepto en agosto, alojás conciertos de 30 minutos, al mediodía, con entrada libre, conciertos de órgano de 5989 tubos… ¿lo digo o no lo digo?, que está “entre los más grandes del mundo”. También comisionás composiciones todos los años, a compositores jóvenes de todas partes, de esos que prometen.  Treinta y cinco tuvieron su premiere en 2012.

Llego a casa. La bolsita. Intimida. Demasiada cosa ahí adentro. La dejo para luego. Mejor chequeo la explanada en la web…Ah. Así que alguien llamado Lyle  H. (por Hiroshi) Saxon escribe una reseña acompañada de unas fotos de quedarse boquiabierto. Y, claro, siendo “de acá” se niega a la hipérbole. Pero tampoco puede evitarla. Así que le pone signo de interrogación al título de su reseña de “auditorios y salas de concierto” de la ciudad: “Tokyo, Music Capital of the World?”. Ay, Lyle. ¿Porqué tanta prudencia, eh? Sacale el signo de interrogación. Y sacale eso de “of the world”. ¿Porqué no le pusiste “Tokyo, Music Planet of the Galaxy” o algo así? No soy buena para los títulos, Lyle, pero en cuanto a descriptivo, aunque medio cursilón, el mío te gana. Con eso ya estaba, ¿viste? Y ahí prestabas un servicio grande, grande, te aseguro, a los de allá, con nuestros irrisorios “mejores”, “principales” y “más grandes”  del “mundo”, para que nos ubiquemos, digo, y de paso, a los petroleros con sus Las Vegas del Medio-Oriente, y también a Beijing, Corea, Singapur y todos los demás –los tigres, los leones y todos esos animalitos (¿los jaguares también, no?) que como son de felpa terminan… ya se sabe dónde.

A ver, Lyle. Tranqui. Mirá que no te estoy hablando a vos. Mirá que esto es puro soliloquio de esos en los que me embarco cuando Julián anda de viaje. Está bien: contás que hay unas 150 salas de concierto y auditorios en Tokyo. ¿Pero vos dimensionás lo que nos estás diciendo a los de allá? ¿Te das cuenta lo mal que nos hacés sentir, dejando chiquita la infraestructura sinfónica y operática de nuestras grandes manzanas porque acá se traen todo lo de allá y lo andan soltando, todo junto, por las 150 y más salas? Claro, a los 150 no los listás. Y yo te entiendo. Es que no podés pasarte describiendo 150 y más salas y auditorios sinfónicos dos años de tu vida, por más dedicado que seas. Y, claro, tampoco podés agregarle las 200 páginas de mi bolsita de plástico. Es que mientras te leía ya las conté…doscientas, sí, dos cero cero. ¿Y qué tienen las 200? Son anuncios, Lyle, anuncios de seres alados que se congregan aquí, tan juntos, uno atrás de otro, uno y otro al mismo tiempo, que uno ni los puede ver a todos aunque quisiera, aunque llegan todo el año, año a año. Pero sólo llegan los que se encuentran entre “los mejores del mundo” o, ya, dejémonos de humildades, los que “son” los mejores del mundo, porque si no, ¿acá?, ni modo. Y las 200 también nombran a los de acá (directores de orquesta, pianistas, violinistas, clarinetistas, cantantes de ópera, etc.) que, según los de allá, son cosa seria. Y, sí, ya sé. No sólo vienen acá los de allá. Van a otras partes. Pero a esas partes no llegan todos, y menos juntos, o uno atrás de otro, sin pausa, y menos con la frecuencia que se requiere para mantener activa esta infraestructura sin par.

            Y menos aún podrías agregarle, porque no es lo tuyo, los auditorios, pubs, cafés, y boliches  donde tenés jazz, con los de acá y con “los mejores” de allá (la lista corta incluyó este año, a todos los que quieras nombrar de NYC, de París, de Londres, y seguí y seguí). Y menos aún podrías incluir la jevi escena under con su rock, metal, y punk, concentrada en Shimokitazawa (sí, vienen todos los de allá), o la del tango en Roppongi, escena tanguera que para qué te cuento (otro día te cuento, Lyle). Y que conste que dejo a un lado la salsa, que también está acá (es que  eso de la salsa me resulta demasiado Cartagena de Indias y similares de la escena tropical, con tanta piel a flor de piel, con tanta cuarentona frisando los cincuenta y más que va a recomponer sus balances hormonales periódicamente en CDI y similares al compás de ese ritmo febrilón que sólo dice “noche”, y que si lo sacás al día sonaste, así de simple). Y yo en la noche prefiero otra cosa, y en el día también, así que dejemos la salsa a un lado.

Entonces abriendo la bolsita, leyendo lo que hay adentro, y rememorando los lugares que han ido aliviando mis heridas de la lejanía en este año de temblores, casa diminuta, trabajo de allá acumulado que te faltan las horas y los días, amigos que extraño a morir, y todo lo mío lejos, digo: “!Basta!. ¡Mirá! ¡Acá la tenés!.”¡La música, Caro! Acá la tenés (no, vidalitas y esas cosas no me fijé,…pero lo que es tango, milonga, y candombe…)”. Y en tu 2012 de Tokyo fue eso lo que te salvó la vida, Caro. Llegaste mal. ¿Y quién te recibió, eh? El Maestro Ken-ichiro Kobayashi (sí, entre los mejores del mundo, dicen allá) con la Sinfónica de Tokyo y la 9ª de Beethoven en aquel impresionante auditorio municipal de Yokohama. Vos, Julián y Camilo. Tres manchitas occidentales en un mar de oriundos de acá. Todos conteniendo la respiración durante la portentosa entrega del Maestro, orquesta, cantantes y coros. Silencio sólo interrumpido por aquel chiquito con algún problema neurológico severo que las maestras trajeron para que se deleitara con el compositor favorito de este lugar  (sí sabés, Lyle, por cierto, que las 9 sinfonías se presentan todos los años, en diciembre, en magníficas salas y auditorios a lo largo y ancho de esta tierra,  pero también en liceos, en escuelas, y en centros comunitarios). Fue tal su entusiasmo con la música que, aunque nadie chistó en desaprobación, comenzó a gritar y a aplaudir al compás de la música, embelesado, y debió, con discreción infinita, ser sacado del auditorio por sus maestras, mientras sus compañeros continuaron disfrutando el concierto, calladitos y contentos.

            Aún cuando los magros dólares con los que uno cuenta alcanzaran, el tiempo no. ¿Todos los días? ¿A tres, cuatro, cinco eventos musicales por día? No. No se puede. Tengamos en cuenta, Lyle, que solamente considerando la NHK Symphony Orchestra son…120 conciertos al año (al menos pude pescar este año a Andre Previn, director invitado permanente de esa orquesta alojada en el portentoso Hall del sistema de radiodifusión pública de Japón). Y si incluimos a otras grandes, para tan sólo mencionar algunas, la Orquesta Filarmónica de Japón, la Yomiuri Nippon Symphony Orchestra, y la Tokyo Symphony Orchestra, The Japan Sinfonia, Waseda Symphony Orchestra, sin contar todo lo que viene de allá, entonces el desafío al cálculo terrícola de la escena sinfónica (…y también operática, Lyle, por cierto) es total. No se puede abarcar.  Así de simple.  Sí. Claro. Me falta ir al encuentro de la música “autóctona” de acá (¿habrá eso?). Es que no te rodea como la otra, ¿sabés? A la autóctona tenés que salir a buscarla, ya veré por dónde. Pero no estoy lista para eso. Primero debo terminar de averiguar cómo es posible que me encuentre en el lugar donde lo que vale la pena de occidente se instaló para hacerse japonés (si no, mirá la estética de los folletos de la bolsita…nada que ver con la del Carnegie Hall y similares…qué colorinche el de la bolsita…parece que estuvieran anunciando un espectáculo de casino…puros rojos, azules, verdes chirriantes, luces, luces…pero allí están todos…o casi todos, que es lo mismo…. Filarmónica de Viena, Gidon Kremer, Yo-Yo Ma, Henschel Quartet en el ciclo de Beethoven, con los 16 cuartetos de cuerdas completos en cinco días (Christoph Henschel, Daniel Bell, Monika Henschel, Mathias Beyer-Karslhoj), Mariss Jansons, Suttgart Chamber Orchestra, Daniel Baremboim, Zubin Mehta, Rafael Frühbeck de Burgos, André Watts, querés más?)..y ópera en el Opera Palace (Flauta Mágica, Aida, El Barbero, Tannhaüser, por mencionar tan sólo algunas…)

Claro que la portentosa oferta no se queda en los grandes auditorios. La NHK lleva su  música a los hospitales, los centros de los viejitos (sí, viejitos; “tercera edad” me cae mal por razones de peso que no vienen al caso) y otras instituciones comunitarias. Ah, sí, abundan los conciertos para niños (desde tres años en adelante). Los estudiantes avanzados de escuelas de música de acá y de allá pueden tener la premiere de sus composiciones en Suntory Hall. La Orquesta de Cámara de Stuttgart luego de su for-mi-da-ble presentación en Tokyo viajó a Higashimatsushima (42,000 habitantes, más del 60 por ciento de la ciudad fue arrasada por el tsunami de marzo011)  para hacer funciones para los liceales, y presentaciones en el centro comunitario de la ciudad.

Y el rock-blues…Rickie Lee Jones (cantando como en los 60 o mejor) acompañada por Jeff Pevar (genio, Jeff…por eso Ray Charles no te soltó como por diez años, y todos los grandes del rock-blues te viven llamando y vos sólo queriendo componer). Lugar repleto. De veinteañeros  a sesentones. Muchas mochilas y portafolios. Vienen de la oficina. Todos cenan. Menos Julián y yo (a esos precios, ni modo). Todos  se saben las letras de las canciones. Y las cantan junto a Rickie, sin estridencia alguna, estrofa por estrofa, cuando ella les invita a acompañarla.  Después de Rickie vendrán al Blue Note Michel Camilo y Tomatito, Lee Ritenour y David Grussin, Rita Coolidge, McCoy Tyner Trio, y sigue…y sigue….

Y dale Caro. Decilo. No te sientas mal. Decilo. Total, patriotera no sós. Pero andá. Decilo. Fuerte. ¿A ver? ¡Sí! ¡Qué bueno ser Oriental! Porque eso te permitió enrumbarte hacia el fin de 2012 lejos del pago pero entre Orientales. Más bien, entre Dos Orientales. El nuestro: rubiecito todavía, con unas canitas que le quedan bien, y unas manos portentosas que hacen cualquier cosa en el piano, en el acordeón, o en el tambor. El de acá: sonrisa franca, concentración total en todo lo que su genialidad de percusionista pueda hacer sonar al mismo tiempo. Sobre nuestro Oriental lo sabíamos desde hace tiempo. No sólo nosotros los del pago (y los argentinos, já), sino los gringos, los franceses, los italianos, los españoles, los de todas partes de allá que aprecian el significado de poder moverse entre el jazz, el tango, la milonga, el candombe haciendo sonar esos sonidos y fusionándolos como sólo nuestro Oriental sabe hacerlo. Lo que no sabíamos (por lo menos yo no lo sabía, por andar dando vueltas por todas partes y perderme tanto de lo que pasa en el pago), es que nuestro Oriental –a diferencia de los que creen que hablan japonés sin saber que no lo hablan-, junto al de acá, lograron construir su propio idioma desde hace ya algún tiempo. Y ahí estábamos una noche de octubre en el Pit Inn de Shinjuku, una suerte de boliche indescriptible con bancas una atrás de otra, en hilera, donde podés posar tu vaso y fumarte un pucho sin molestar al de al lado ni con el vaso ni con el humo (…sabemos que los defensores de la salud propia y ajena si uno fuma como chimenea pueden tener razón, pero el secreto que al parecer los fundamentalistas anti-tabaco no han descubierto es algo elemental: la buena ventilación que los de acá aplican con rigor desacredita la intolerancia). Lleno de gente. Lleno de fans conocedores de la música de los dos portentos orientales que entregaron todo, en un concierto impresionantemente exigente, de dos horas, en que no se movió una mosca, y en la que los privilegiados que estábamos allí terminamos levitando en medio de la locura sonora que marcó el gran finale de un concierto (la palabra espectáculo no corresponde al calibre de los Dos Orientales) en que no se necesitó de rito exótico alguno para entrar en trance. Nuestro Oriental: Hugo Fattoruso, desde luego. El Oriental de acá: Tomohiro Yahiro.

Sí, claro.   Que los de acá sigan las canciones de Rickie Lee Jones, conozcan la trayectoria de Jeff Pevar, Andres Previn, Michael Tylson Thomas, Yo-yo Ma, Rafael Frühbeck de Burgos, Astor Piazzola, no sorprende. Hacen parte de una industria musical transnacional que no puede estar ausente de este planeta que domina el arte de absorberlo todo para hacerlo propio (pero “bien”, digamos, para alimentar el alma y sentirse bueno). Pero…nuestro Oriental…sencillo, campechano, despojado de aparatos, y el Oriental de acá…igualito… ¿Cómo lo hicieron? A puro lenguaje inventado por los dos, que sabe pulsar el único código, tal vez, que nos permite comenzar a entender que, después de todo, la música es el idioma que cancela la validez explicativa de toda la cientificidad mediante la cual nuestra pequeña humanidad intenta dar cuenta de sí misma, sin entender que para eso está la música. Y nuestro oriental  no ha sido el único oriental de allá en venir acá. Es, sin embargo, el único cuyo mensaje ha impactado de tal modo que le piden que regrese, una y otra vez. Y yo te agradezco, Huguito. Porque vos llegaste acá y traés el pago. A vos y a tu hermano Tomo. Los dos. Blandiendo la doble orientalidad. Mostrando que, en la música, es sólo una.

Entonces, no estés triste, Caro. Julián de viaje. Y vos en soliloquio. Pero sentite bien, mujer. Dejate de pucheros que te arrugás. Después de todo, si al Este del Planeta podés decir “Gracias por la Música”, la Orientalidad (aquella de la radiodifusora del Estado, que te impregnó el alma de sonidos SODRE para que te los llevaras contigo a cualquier parte) no te la quita nadie. Así que brindá por los Dos Orientales. Brindá por la música. Por los amigos que están lejos. Por el pago. Por el estado uruguayo, que (por suerte) todavía es más que una abstracción; y por la izquierda auténtica, que nutrió lo mejor de sus andanzas culturales. Quién sabe…Con aquello de las fallidas predicciones, a lo mejor en el 2013 los a piacere dominantes se dejan de lado para volver a abrazar (por lo menos) la idea del tempo giusto.

                                                                       

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