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AL ESTE DEL PLANETA Un ambiguo mundo de sonrisas Por Carola Ortíz

publicado a la‎(s)‎ 17 dic. 2012 5:44 por Semanario Voces
 

Allá  en el Far West  tu “se supone, querida” es válido. Pero yo estoy acá. Y ningún se supone de allá funciona acá, salvo el de los temblores, que ya ni es tema de conversación. Porque ¿qué vas a decir sobre lo obvio? (salvo “qué susto, pero ya pasó, por lo menos esta vez”). Así que no, mamá.  No voy a aprender japonés.  

 

Y no. No exagero cuando te digo que quien venga de allá y crea que va a aprender japonés tomando Japanese for busy people delira. Para empezar, aquello de aprender japonés es un decir, a menos que te contentes con hablar en elemental como niño chico sin hermanos mayores más padres ausentistas y malos maestros de pre-escolar (“Sí”, “No”, “Tengo hambre”, “Tengo frío”, “Mucho”, “Poco”, “Grande”, “Chico”). Y encima mal pronunciado. Acordate que aquí hay tres alfabetos, porque lo que no pueden abarcar con ideogramas vía el kanji, se lo dejan al jiragana y al katakana para que lo resuelvan silábicamente. ¿Leer y escribir? Olvidate,  madre. Ni siquiera las nuevas generaciones de acá se las ingenian para manejar el kanji. Y a los expats la escrituración y la lectura (aparte de lo muy, pero muy, elemental, como las señales de tránsito y ese tipo de cosas que, cada vez más, se indican en inglés) les está negada. A menos que quieran internarse a aprender kanji durante al menos una década de… memorización. ¿Te imaginás? ¿Memorizando dibujitos que representan conceptos? Es decir, haciendo planas de…conceptos. Lo que obliga al portentoso mundo empresarial de acá a entrar en lo que llaman inglization. Porque si no, ni modo, porque no hay dibujitos que alcancen…aunque hayas memorizado unos 2.000 kanjis, que es lo que se requiere para escribir, leer, y hablar correctamente en japonés. Vieras el libro que revisábamos anoche con Julián, que se llama Nihongo: Kanji-Primeras Lecciones. El libro (laboriosísimo)  se difunde en español para el aprendizaje de lo elemental (o sea, para quedarte bien abajo en la escala): 500 kanjis. Y tiene…470 páginas.  

Ni te digo el nombre porque te vas a olvidar ni bien te lo diga, pero hay una multinacional japonesa que ha prohibido el uso del japonés dentro de la empresa. ¿La razón? Al parecer consideran que su idioma no les permite transitar eficientemente de acá para allá. Es un tanto siniestra la cosa, sin dejar de mencionar que habría mucho que decir acerca de la relación entre la estructura de clases y la posibilidad de que te permitan (o no) en el implacable sistema educativo de este planeta acceder a las etapas de aprendizaje correspondientes al dominio complejo del kanji. Pero no lo hago porque me vas a decir que porqué siempre tengo que politizarlo todo…y no nos vamos a embarcar en esa discusión ahora, conmigo acá y vos allá.

Al menos reparemos en algo que tiene que ver con la relación entre el pensamiento y el lenguaje, a nivel bien básico. Es que no podés hablar sin pensar en el idioma en que estás hablando. A menos que seas aquella señora que cayó un día en mi casa, y construyendo frases en español mientras hablaba en un Englich (ella es chilena, y allá dicen Englich) muy seguro de si mismo, le dijo a alguien que estaba ahí, inglés él: “Ay, encantada, me habían hablado tanto de usted. Yo soy la tía de la Bernardita Osandón, ¿Se acuerda de la Bernardita que es chilena y estuvo en su clase en la universidad esa donde usted enseña, Osfork, hace unos años? Va a quedarse re-contenta la Berni cuando le cuente que le conocí gracias a mi amiga que me lo presentó”. Se quedó tieso, el pobre, pero atinó a decirme sin mover los labios como buen inglés; “Intensa tu amiga, ¿no? ¿Qué dijo?”… “…Te dijo ‘mucho gusto’...”

¿El “abc” del razonamiento en japonés? Imposible,  madre. A mí me da urticaria la sapiencia nipona de los nuestros de allá cuando te cuentan que  “Acá todo se basa en la confianza”, “Acá el sentido del tiempo es diferente”, blá, blá, blá. Además, por el momento, estoy demasiado estresada con las cosas pendientes de allá como para internarme en las referencias un poco más complejas sobre el acá, con la esperanza de encontrar alguna clave más allá de lo que leemos o miramos desde allá cuando los de acá “triunfan” allá (libros y películas, mamá). Antes de empezar a librar esas batallas, te digo, desde ya, que si hay algo que podemos llamar “el modo de pensar japonés”, te topás ahí con un mega-mundo de códigos ambiguos, capas y más capas de puro vericueto entrecruzado. Racionalidades que se anulan entre sí (o sea, al di là de la contradicción). Barroco total madre, pero del de acá, que supera en alambiques al de allá. Y ahí tenés. No sé cómo lo hacen. Pero ellos hacen funcionar el mega-mundo. Porque en calidad de vida, el Far West se queda bien far de la de acá…  Ya te dije, madre. Para entender este lugar: niponólogo y de Todai.

Claro que negándome a aprender japonés no me estoy auto-condenando al ostracismo. Primero, la comunicación te la resuelven bárbaro acá (con tal de que no pienses, te resuelven todo). Como le dije a Raquel, “Para tomar el tren no te pongas nerviosa por no saber en qué estación bajarte. Le preguntás al tipo de la ventanilla. Le mostrás la dirección a la que vas en el iphone. Y él se abalanza a la maquinita de boletos para mostrarte dónde dice ‘English’. Y, ya que está, para sacarte el boleto”…“Andá a cualquier restaurante tranquila. Todos los platos se exhiben afuera tal cual te los sirven (pero los de afuera son de plástico, claro, y los de adentro no tienen pierde).  Se supone, eso sí, que no vas a pedir nada que no esté dibujado o fotografiado. Así que ni sueñes desviarte del menú, porque la respuesta va a ser ‘no’, después de un largo silencio para ver cómo diablos te dicen que no porque no les gusta decir no. Y después preparate. Porque te van a hacer unas veinte reverencias de ‘lo siento, perdón, perdón, perdón’. Así que, bárbaro. Si es boliche japonés-japonés te sacás los zapatos, te sentás a la mesa, apuntás a la foto y listo. Y si querés prender un pucho, dale nomás.”

Eso sí. En  los internacionales sin gerente expat: ojo. El otro día almorzando con tu nieto que anduvo por acá pedí ensalada como único plato, y café al mismo tiempo. El mozo hablaba inglish (se supone). Pero el café llegó primero. Y no nos trajeron nada más. A la media hora pregunté “qué pasa”. Ahí me entero que estaban esperando a que terminara el café. “Pero yo pedí el café con la ensalada”. Silencio del mozo. Desconcierto. Seguido de “uanmomenplis”. Aparece otro mozo. Sonríe. Hai hai (“sí”, “sí”). Anderstán, anderstán (“entiendo”, “entiendo”). Y ante nuestra mirada atónita, se dispone delicadamente  a rociar la ensalada con café. Yo no le podía tocar el brazo para detener la maniobra. Ya te conté que acá no andás tocando a la gente. Pero algo hice (gestos, madre, gestos) que el tipo paró cuando el café estaba a punto de llegar a la vinagreta. Y entonces Camilo (divino,  siempre), lentamente, como para no caer como agresivo, se colocó al lado del mozo, sonriendo, con  mirada de “¿me permite?”. Y procedió a poner la taza al lado de la ensalada, y el vaso al lado de la taza. Y montó una pequeña obrita de teatro donde el vaso hacía de taza. Para que el mozo entendiera. Si el vaso hacía de taza, y el vaso tenía agua que no iba en la ensalada, entonces la taza iba donde el vaso, y el café no iba sobre la ensalada. El mozo, cuerpo grácil forrado en traje Uniclo colección 2012, feliz. Desbordado de tanta dicha. Ya no sabía cómo asentir para indicar que hai hai hai, que ahora sí anderstán. ¿Ves? Situación de riesgo que se salvó ¿cómo? Improvisando, madre, improvisando

Claro que a los de acá suele importarles un bledo que vos no entiendas lo que dicen. Vas a cualquier parte donde haya una caja registradora, vas a pagar, y junto a la sonrisa de oreja a oreja que te regalan, empieza el recitativo. Hablan y hablan. Sin parar. Sabés que saben que no entendés lo que dicen. Pero siguen hablando. El recitativo describe las acciones que están ejecutando. “Usted me acaba de entregar un billete de diez mil yenes. Yo lo recibo. Ahora abro la caja. Ahora coloco el billete en la caja. Ahora el monto exacto va a salir en el ticket. En la pantalla está el ticket. Mire, por favor. El precio que registra la pantalla es el correcto. Y también el cambio que debo darle, que es de dos mil yenes. Y ahora se lo voy a dar, en el momento en que se abra el otro compartimento de la máquina registradora. Y ya se abrió. Y ahora lo saco. Y ahora se lo entrego. Ahora lo coloco aquí en el platito para que usted lo recoja. Observe que sea el monto correcto. Sí, es el monto correcto. Muchas gracias por su compra. Vuelva por favor. Aquí le esperamos. Muchas gracias, Muchas gracias. Gracias. Gracias”. O en el elevador el (la) ascensorista, o la voz en off: “Ahora usted está entrando. Ahora se cierra la puerta. Usted presionó el botón del piso 45. Ahora se cierra la puerta. Nos dirigimos al piso 45....Ahora alguien para el ascensor en el piso 34. Se va a abrir la puerta. Se cierra la puerta. Vamos al piso 45. Subimos. Llegamos. Se abre la puerta. Piso 45. Muchas gracias. Gracias. Bienvenido. Gracias.”

 

Entonces, digo, si ellos hablan y les importa un bledo que el interlocutor entienda (o que haya o no haya alguien a quien dirigirse) a mí sí me importa hablarle a alguien y, además, para que me entienda. Así que mejor no hablo. Mejor nos seguimos tratando así: ¿Sonrisa? Sonrisa. ¿Inclinación leve de cabeza como diciendo “hola”? Inclinación leve de cabeza como diciendo “hola”. ¿Gesto de “pase”? Gesto de “paso”. ¿Gesto de “espere”? Gesto de “espero”. Y cuando estás en alguna reunión informal recurrís a aquel conocido que se supone maneja los dos idiomas. Y así mantenés una conversa bárbara, sin enterarte de qué diablos están entendiendo de lo que vos decís. Claro que a veces la cosa se complica. ¿Cómo me habrá estado traduciendo Mónica (supuestamente bilingüe) al arquitecto aquel, que aunque acá (supuestamente) nadie te toca (en público), empezó a sonreírme, así, “de medio lao”, a lo galán arcaico de barrio-barrio, tomando mi mano, delicada pero inquietantemente, como diciendo “yo también”? Ahí me dije: “Ah, no. Ya no más, Caro. Ya no más”. Mejor sin traductor.

 

¿Y sabés qué? Acá las limitaciones de persona despojada de idioma conocido suman, madre. ¿O acaso no es potente envolverte en la frescura? (no en la del arquitecto, mamá, por favor). O sea, todo renace cada vez que estás intentando decir algo. O, más bien, cuando te dejás de cosas. Total, nadie conocido te va a estar mirando para después contar allá que vivir acá te descompensó. Salvo Julián. Pero él no cuenta. Y, entonces, gesticulás a tus anchas. Sin idioma ajeno. Libre al fin.

 

Besos de tu yerno. Te quiere,

 

Carola

 

P.D. – Por favor: llamá a Elenita, a ver cómo sigue. Ya sé que aquella se prende al teléfono. Pero no podés seguir diciendo “mañana”, madre. Sé buena. Allá es miércoles. Y son las 9. Tenés tiempo de sobra para concentrarte en Elenita hasta que tu profesora toque el timbre. Ayer fue pilates. Y hoy japonés, ¿no?

 

 

 

 

 

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