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Antígona: entre lo simbólico y lo verosímil Por Leonardo Flamia

publicado a la‎(s)‎ 25 sept. 2011 14:21 por Semanario Voces
 

 

 

Las ideas de Nietzsche sobre la naturaleza casi pulsional de la tragedia griega que aparecen en El origen de la tragedia han generado sugestión, también polémica, desde su aparición. Por ejemplo cuando afirmaba: “Es una tradición irrefutable que, en su forma más antigua, la tragedia griega tuvo como objeto único los sufrimientos de Dionisos, y que durante larguísimo tiempo el único héroe presente en la escena fue cabalmente Dionisos. Con igual seguridad es lícito afirmar que nunca, hasta Eurípides, dejó Dionisos de ser el héroe trágico, y que todas las famosas figuras de la escena griega, Prometeo, Edipo, etc., son tan sólo máscaras de aquel héroe originario. La razón única y esencial de la «idealidad» típica, tan frecuentemente admirada, de aquellas famosas figuras es que detrás de todas esas máscaras se esconde una divinidad.”

Sobre el significado último y la experiencia estética que implicaban la tragedia continúa Nietzsche: “El mito trágico sólo resulta inteligible como una representación simbólica de la sabiduría dionisíaca por medios artísticos apolíneos; él lleva el mundo de la apariencia a los límites en que ese mundo se niega a sí mismo e intenta refugiarse de nuevo en el seno de las realidades verdaderas y únicas.”… “Nunca, desde Aristóteles, se ha dado todavía del efecto trágico una explicación de la cual haya sido lícito inferir unos estados artísticos, una actividad estética de los oyentes. Unas veces son la compasión y el miedo los que deben ser llevados por unos sucesos serios hasta una descarga aliviadora, otras veces debemos sentirnos elevados y entusiasmados con la victoria de los principios buenos y nobles, con el sacrificio del héroe en el sentido de una consideración moral del mundo.”… “El actor teatral representa el símbolo en realidad, no sólo en apariencia: pero su efecto sobre nosotros no descansa en la comprensión del mismo: antes bien, nosotros nos sumergimos en el sentimiento simbolizado y no quedamos detenidos en el placer por la apariencia, en la bella apariencia. De esta manera en el drama la decoración no suscita en absoluto el placer de la apariencia, sino que nosotros la concebimos como símbolo y comprendemos la cosa real aludida por ella.”… “La verosimilitud, no ya la belleza, es aquí la tarea.”

Es interesante constatar que Dionisos, esa divinidad que aparece personificada de forma diversa en las tragedias clásicas, en algunos casos debe tomar forma de mujer. Esto sucede particularmente cuando la muerte y resurrección de Dionisos busca expresar la dignidad ante la derrota, que no claudica en sus deseos de justicia por más que la fuerza, el poder o la “ley” tengan otro signo. Antígona, pero también Electra, o en forma más general, Las troyanas, son celebraciones a la divinidad pero también a la dignidad y a una idea de justicia más atemporal, más metafísica, que por momentos subvierte el orden terrenal, y son mujeres las que encarnan esos “ideales”. Aquí parece estar una de las claves de ¿Porqué me llamarán Antígona?, el lugar de la mujer (histórico y simbólico) ante la guerra, la derrota y las arbitrariedades del poder. En ese sentido la obra nos recuerda a Stabat Mater Furiosa, el último espectáculo que dirigiera María Azambuya.

Si bien ya no hablamos de lo ritual religioso, lo simbólico en este espectáculo no deja de ocupar un lugar central. Desde ese primer parlamento del texto de Sófocles con que comienza la obra, hasta ese dubitativo proceso en que se continúan escenas que fragmentan el espectáculo entre ensayos de Antígona, la búsqueda de un hermano desaparecido, la referencia a la impersonalidad de la muerte, al horror de la guerra, y un falso Sófocles que se va intercalando, parece ir leudando una nueva configuración simbólica en este espectáculo.

¿Por qué la perspectiva metateatral? ¿Por la imposibilidad de representar lo que se desea representar? ¿Se salva esa dificultad desde el evidenciarla? El agregar referencias a nuestro pasado reciente, pero sin “contaminar” al espectáculo con coordenadas temporales específicas parece sumar a esa idea de búsqueda expresiva que no encuentra la forma definitiva, que no logra “Completar lo que no está. Decir lo no dicho. Representar lo inenarrable. Despojarlo del trauma” como se dice hacia el final, con una potente culminación poética en las palabras finales de esta Antígona: “Las ausencias son devoradas por el vacío. Al cabo de los años mi pena ha comenzado a configurar mi espacio. Camino con mi pena, cargo con mis desentierros. Pierdo a mis hermanos, y solo encuentro un vacío dramático, trágico. Indecible. Irrepresentable. Y cuando intento desafiarlo, comienzo a consumirme… ¿Cómo encontrar algo en el vacío?”

Parece claro que la dificultad que tienen los actores que intentan representar a la Antígona de Sófocles sin éxito se ata a la dificultad de abordar ese nuevo símbolo, de domarlo, engrillarlo y conceptualizarlo de forma clara. Si esto es así, no es mero juego la opción “metarepresentativa” de la obra.

Todo esto hace que la interpretación aquí, más que nunca, la deba terminar de formular el espectador, que se requiera de la “actividad estética de los oyentes” como decía Nietzsche. Y quizá por eso el espectáculo busque entrar por todos los sentidos, parece haber un intento de hacer vivenciar la experiencia trágica, más que de contarla. Juegan un rol clave los aspectos técnicos, desde la frialdad de la escenografía, que simula una especie de gruta, la iluminación, generada en algún caso por los propios actores, hasta la música y lo sonoro desde un sentido más amplio, por ejemplo en ese chairar el filo de un cuchillo bastante sugestivo.

El desdoblamiento de los actores, más que nada de las dos actrices, que coloca al espectáculo en tres dimensiones al menos, es particularmente exigente. Quien se destaca para nosotros es Valeria de Souza, una de las “actices”, el excelente espectáculo anterior de Diego Minetti. De Souza se desdobla para transmitir con convicción el escepticismo y desencanto de la actriz que va a representar a Ismena, y luego pasar al carácter dubitativo de la hermana de Antígona. Nuevamente demuestra esa combinación de garra e ingenuidad que la hacen una actriz a tener en cuenta.

 

¿Por qué me llamarán Antígona? Textos: Lucía García y Carla Larrobla. Dirección: Diego Minetti. Elenco: Lucía García, Valeria de Souza y Silvio Flores.

Funciones: sábados 21:00, domingos 19:30. Casa de los 7 Vientos (Gonzalo Ramírez 1595). Entradas: $ 150. Reservas: 096 579720 / 094 173006

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