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Apócrifa parábola Por Luis Morales

publicado a la‎(s)‎ 23 nov. 2012 4:26 por Semanario Voces
 

Caminaban los profetas en aquel tiempo por la Tierra y vieron, no lejos del camino por el que transitaban, a un hombre que hacía extraños movimientos a orillas de un lago. Cuando se hubieron acercado, pudieron percibir que el miserable individuo llevaba colgada de su hombro una bolsa de la cual sacaba con su mano izquierda unos pequeños pichones de pato; los arrojaba al aire y, cuando comenzaban a caer, los golpeaba con un palo que llevaba en la derecha. Los infortunados palmípedos, aleteando desesperadamente, emprendían un involuntario vuelo que los llevaba hasta la parte más profunda del agua. Algunos, atontados por el garrotazo, se hundían y no reaparecían en la superficie; otros, un poco maltrechos, regresaban nadando a las lacustres márgenes y, con paso vacilante, volvían hasta donde el hombre los aguardaba y, acto seguido, con amoroso cuidado, los levantaba del piso y los volvía a introducir en la bolsa.

 

Al comprender de qué se trataba, los sabios interrumpieron su amable coloquio acerca del devenir del universo y, acompañando sus palabras con gestos de horrorizado escándalo, se dirigieron al nefasto personaje:

 

-¿No ves, hermano, que tu proceder es incorrecto? ¿Acaso ignoras que las aves están hechas para cantar la gloria divina y no para sufrir tan cruel castigo? ¿Qué impele a tu obnubilado ánimo a cometer semejante tropelía contra la Naturaleza y tu propia humanidad?

 

-Si tanto os molesta lo que les hago a mis patos, acercaos y os lo haré a vosotros -masculló, entre dientes y con voz estropajosa, el energúmeno, al tiempo que balanceaba amenazadoramente el garrote.

 

-¡Hermano, hermano, no montes en cólera, que es mala consejera! ¡Escucha al menos nuestras razones, y luego procede como tu albedrío te lo indique! -se apresuraron a rogarle los profetas. Y, a continuación, manteniéndose a prudente distancia, haciendo gala del más dulce y persuasivo de los tonos, se explayaron en mil y un argumentos para demostrarle que debía abandonar su obtusa práctica.

 

Alguna luz debe de haber llegado a la tenebrosa ergástula donde yacía el espíritu del homúnculo, puesto que, entre confuso y avergonzado, comenzó a farfullar disculpas, para concluir:

 

-Pero miren, hermanos, que a ellos les gusta, y además no les hace nada…

 

Y, al tiempo que decía esto, tomaba un pichoncito de la bolsa, lo lanzaba al aire y, con harto fingida delicadeza, lo tocaba apenas con el émulo del as de bastos que llevaba en su diestra. El desafortunado animal caía a sus pies, y allí se quedaba, muy modosito y sin quejarse, hasta que el monstruo lo reintegraba a su encierro.

 

Admirados de las extrañas paradojas que encierra la vida de este planeta que vaga solitario y azul a través del Cosmos, los profetas se despidieron del hombre y continuaron su camino.

 

*

 

¿Que qué ha sido de aquellos nobles sabios, me preguntas, viajero?

 

Son esos dos ahorcados que ves allí, pendiendo de aquella rama.

Del malvado y los patitos… ¡para qué he de contarte!

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