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Artes visuales Inagotable Buenos Aires Por Nicolas Travieso

publicado a la‎(s)‎ 14 nov. 2011 10:49 por Semanario Voces
 

La ciudad de Buenos Aires ya no es lo que era. Incluso la parte céntrica, de estrechas calles y veredas (siempre rotas) acumulando la contaminación ambiental del infernal transporte porteño, se encuentra invadida por altísimas torres. Las antiguas zonas bajas, y en especial Puerto Madero, Palermo, Recoleta y Caballito, cada poco tiempo ven surgir edificios de altura interminable que cambian la fisonomía y la identidad barrial. El gran negocio inmobiliario.

Puerto Madero es el caso más notorio. Un barrio no apto para peatones, sin vida ciudadana. Lujosos apartamentos tomaron por asalto y las calles desérticas. No obstante, para los arriesgados visitantes, hay centros artísticos de atracción: Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat, una caprichosa idea de su inefable fundadora, Arte en la Torre-Fundación YPF, y el recién inaugurado Faena Art District, del excéntrico empresario Alan Faena. Monumental, sin duda, dimensiones inabarcables en el interior, vieja sede de molinos de principio del siglo XX  “que nutrió a la Europa. de posguerra y que vuelve a nutrir al mundo a través de la cultura”, según reza la leyenda  en las paredes, sin modestia. Para el estreno se recurrió al brasileño Ernesto Neto y a la curadora inglesa Jessica Morgan, forma curiosa de celebrar la identidad nacional y estimular a los creadores argentinos.

El ingreso se hace por el Boulevard Azucena Villaflor, la fallecida y torturada fundadora de Madres de Plaza de Mayo (hay un monolito recordatorio cerca de la vía férrea), la entrada es supercara (más de cien pesos uruguayos) para ver “O bicho suspenso na paisagen” (El animal colgado en el paisaje) una colosal red de tuberías suspendidas en el aire, a buena altura, transitables, confeccionada en crochet tejido en seda acrílica, que trepan hasta el techo y paredes, en un recorrido que puede hacerse solo con los pies descalzos y caminando sobre pelotas de plástico en continuo movimiento. Espacio eminentemente lúdico, sensorial, apto para niños y adultos sin temor al vértigo y a la inestabilidad, admirablemente concebido y de gran refinamiento en el color, con pretensiones de incorporar  “referencias a la vida sociopolítica de la ciudad de hoy”, según escribe la curadora. Una gigantesca escultura aérea, que remite a la exuberancia brasileña en el intenso colorido, la estructura barroca, que se agota en sí misma.

Hay otros centros culturales inevitables en la capital porteña. Dejando a un lado la enorme cantidad de galerías que consigna la indispensable guía “Mapa de las Artes” (se consigue gratuitamente en kioscos turísticos, museos o galerías) la Fundación Proa, en La Boca, la céntrica Fundación Osde,  el Centro Cultural Recoleta y los cercanos Espacio Fundación Telefónica, Museo Nacional de Bellas Artes, Museo de Arte Decorativas y el Palais de Glace, en Palermo, el Malba, y en el extremo, por la Costanera Norte camino a la Ciudad Universitaria, pegadito, el Parque de la Memoria y la Sala PAyS (Presentes Ahora y Siempre), conforman un circuito insoslayable. Están muy distanciados, pero el ómnibus (el boleto debe ser el más económico del mundo: 6 pesos uruguayos), la frecuencia y rapidez del transporte, compensa atravesar la ciudad de un extremo al otro.

El Parque de la Memoria es, realmente, memorable. Ionit Behar escribió una amplia nota (ver VOCES, 308 del 11/8/11) y el domingo, una hermosa jornada soleada, acompañado por la especialista Cristina Rossi, en un pequeño vehículo, el recorrido fue más disfrutable. Un parque en continuo crecimiento e incorporación de esculturas (faltan las de Jenny Holzer, Magdalena Abakanowicz) a orillas del tristemente emblemático río ancho como mar, admirablemente resuelto en su totalidad metafórica. En la sala PAyS, dos instalaciones de la fotógrafa  Graciela Sacco, conocida en sus memorables envíos a las bienales internacionales. Aquí presenta dos obras, “Tensión admisible”, video instalación, alusión a la resistencia física de elementos de hormigón, con un vallado de tablones de madera, entre los cuales se puede mirar al interior, ver y sentir la violencia de los disparos de pintura negra sobre una pantalla blanca que se ennegrece totalmente hasta volver al blanco y recomenzar. “Tensión admisible, escribe Andrea Giunta en el catálogo, expone una meditación sobre los límites, sobre la tensión máxima que puede articularse en el momento previo a un estallido.”. La otra pieza, “Cualquier salida puede ser un encierro”, instalación sobre madera y tierra, imágenes fotográficas del río sobre tablas verticales, con cinético desplazamiento, en la doble acepción de vida y muerte del (y en el) agua.

“Dioses, ritos y oficios del México prehispánico”, en la Fundación Proa, conformado por más de 150 piezas arqueológicas de diferentes culturas que habitaron el Golfo de México, modula la exposición en diferentes sectores, presentando las deidades del panteón mesoamericano, siendo la diosa de la fecundidad el punto más alto de la selección por la complejidad de sus significados (600 a 900 d.C.), en el apartado rituales o sacrificios  se destaca “Personaje decapitado” (800. 1000 d.C.), de un conjunto de asombrosa inventiva, en la cerámica y la piedra, el dominio de los volúmenes y la seguridad en la decoración.

Martín Bonadeo, nacido en 1975 en Buenos Aires, doctor en comunicación, posdoctorado en la UCLA, Estados Unidos, presenta  “Bellicon” (de Bell, Graham, inventor del teléfono, y bélico), diez obras de una crítica los actuales medios de comunicación de una inventiva feroz y bien humorada a los adelantos tecnológicos. Vale la pena  desplazarse hasta el Espacio Fundación Telefónica.

Carlos Cruz Diez, el cinético venezolano, residente en París desde 1961, hace la primera retrospectiva mundial de una obra fascinante en “Color en el espacio y en el tiempo”. No hay reproducción que pueda acercarse a esta obra que obligatoriamente necesita de la directa mirada del espectador y de su desplazamiento para entender y disfrutar de trabajos tan perfectos técnicamente como de hermosura visual, siempre cambiante. Hasta marzo del año que viene, en Malba-Fundación Costantini.

Mientras, el Centro Cultural Recoleta, despliega en la sala Cronopios, “El tiempo es otro río”,  pinturas, dibujos, fotografías y videos de Juan Doffo, uno de los más interesantes artistas argentinos, que hace del fuego el elemento primordial de su inspiración. Nacido en Mechita, pueblo de menos de 2 mil habitantes a 200 kilómetros de Buenos Aires, Doffo hace allí instalaciones con fogatas en la noche que luego fotografía y el efecto parece un ritual mágico. Ahora, además,  las pinta con seguro oficio aunque con menos convicción. De algunas obras de este sintético panorama, se volverá a escribir con mayor extensión,  en el próximo número. 

 

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