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Artes visuales Joaquin Torres García en la Fundación Iberé Camargo Por Nicolás Travieso / Desde Porto Alegre

publicado a la‎(s)‎ 16 sept. 2011 11:56 por Semanario Voces   [ actualizado el 16 sept. 2011 12:01 ]
 

 

 

 

 

La Fundación Iberé Camargo (FIC), a tres kilómetros del centro de Porto Alegre donde transcurre la 8ª Bienal del Mercosur, es un edificio de  poderosa arquitectura minimalista del portugués Alvaro Siza Vieira, celebrizado con el Premio Pritzker. De los cinco pisos, dos hospedan durante tres meses y desde el sábado pasado, la exposición “Joaquín Torres García. Geometría, creación, proporción”.

El proyecto del edificio surgió de un concurso entre estrellas de la arquitectura internacional en 1998, siendo el ganador Siza. Construido entre 2003-06, a orillas del río, en cemento y mármol blancos e inaugurado a fines de 2007, consta de cinco pisos, un auditorio, tienda, cafetería y servicios administrativos en una superficie de 5.256 metros cuadrados. Las diferentes plantas en forma de L están unidas por rampas (también ascensores, claro) que recuerdan al Guggenheim de Frank Lloyd Wright, Nueva York, creando potentes espacios interiores, quizás demasiado amplios e impositivos, de carácter escultórico, con pequeñas aberturas o lucarnas, en un deliberado intento de neutralizar la vista hacia el río Guaíba y evitar convertir al museo en un mirador turístico.

El piso superior está dedicado a Iberé Camargo (1914-1994), pintor gaúcho muy estimado en el país. La FIC posee un legado de 4 mil pinturas, dibujos y grabados. Por eso sorprende la discreta exhibición de pinturas que no están a la altura de su obra de talante expresionista y de mayor envergadura. Un par de cuadros y varios dibujos valiosos no lo representan debidamente.

Torres García ocupa dos plantas, con noventa obras provenientes de diversas colecciones, en una imperfecta retrospectiva, con ausencias de algunos períodos (Retratos imaginarios) y obras importantes (faltan las del Museo Nacional de Artes Visuales, comprometidas para otra muestra, y de colecciones privadas de ambas orillas). La curadoría y selección corrió por cuenta de Alejandro Díaz Lageard y Jimena Perera, codirectores del Museo Torres García de Montevideo. Ofrecen una lectura lineal que, en su primer período catalán neoclasicista, incluyendo frescos, soportan el inmenso espacio devorador del interior arquitectónico. En otro piso, los dibujos, juguetes transformables, maderas y cuadros abstractos, exigentes de una atmósfera recoleta e intimista, se resienten en su intensidad comunicativa ante el enorme poderío espacial. Es una lástima. El equivocado criterio curatorial en la selección y montaje de obras que, por su tamaño, no se adecuan a la grandiosidad del edificio. Tampoco es un acierto el catálogo trilingüe de 330 páginas: mediocres reproducciones, en su mayoría oscuras, y textos escolares de Maria Lúcia Bastos Kern y Alejandro Díaz documentando una pobre referencia bibliográfica que ignora a Jorge Romero Brest, Julio Payró, Miguel A. Battegazzore, Angel Kalenberg, y Raquel Pereda, entre otros y no ofrece una interpretación propia u original. El inteligente texto de Juan Fló es el mismo que publicó en ocasión de la muestra en el Museo Reina Sofía de Madrid, 1991, luego reeditado, corregido, en Montevideo.

Lo realmente gratificante para un visitante uruguayo, de una exposición muy buena pero convencional, son los ocho o diez cuadros pertenecientes a la Colección Patricia Phelps de Cisneros, en su mayoría fechados entre 1931 y 1932, en  la senda constructiva  (también un curioso “Bodegón con máscara”, 1919, o un desnudo sentado, 1929), de una asombrosa inventiva, de riqueza pictórica y expresiva que se incorporan a la superior creatividad del maestro uruguayo. Es difícil realizar una muestra cabal de Torres García con su obra comercializada y esparcida por todo el mundo y la trágica desaparición de sus murales en el incendio de Río de Janeiro. Exposición que satisface parcialmente, al no brindar la profunda, potente dimensión de Torres García, por ausencia de un enfoque seductor y audaz. No obstante, mantiene un primer nivel que, sin igualar el de otras anteriores realizadas en Brasil (la recordable sala especial en la 22ª Bienal de San Pablo, 1994), difunde en el exterior la obra del artista entre las nuevas generaciones y prestigia al país como no lo supo hacer la 8ª Bienal del Mercosur con los uruguayos contemporáneos.

 

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