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Biblioteca de Pensamiento Crítico Hay hombres que son víctimas de otros hombres

publicado a la‎(s)‎ 23 nov. 2012 4:24 por Semanario Voces
 

Por primera vez en 1967 Gustavo Gutiérrez (1928, Perú) utilizó la expresión “Teología de la Liberación”, que luego desarrollaría en un libro

[1]. Un libro que habla de la toma de posición de los diversos sectores eclesiásticos respecto de la distinción de planos entre la fe y las cuestiones terrenales, del escándalo de la pobreza, del amor y la justicia.


Hace mucho tiempo que se habla en ambientes cristianos del “problema social” o de la ”cuestión social”, pero solo en los últimos años se ha tomado conciencia clara de la amplitud de la miseria y, sobre todo, de la situación de opresión y alienación en que vive la inmensa mayoría de la humanidad. Estado de cosas que representa una ofensa al hombre y, por consiguiente, a Dios.

Más aún, se percibe mejor tanto la propia responsabilidad en esta situación, como el impedimento que ella representa para la plena realización de todos los hombres, explotados y explotadores.

Se ha tomado conciencia también, y cruelmente, que un amplio sector de la iglesia está, de una manera o de otra, ligado a quienes detentan el poder económico y político en el mundo de hoy. Sea que pertenezca a los pueblos opulentos y opresores, sea que en los países pobres –como en América latina– esté vinculado a las clases explotadoras.

En estas condiciones, ¿puede decirse honestamente que la iglesia no interviene en “lo temporal”? Cuando, con su silencio o sus buenas relaciones con él, legitima un gobierno dictatorial y opresor, ¿está cumpliendo solo una función religiosa?

Se descubre entonces que la no intervención en materia política vale para ciertos actos que comprometen a la autoridad eclesiástica, pero no para otros. Es decir, que ese principio no es aplicado cuando se trata de mantener el statu quo; pero es esgrimido cuando, por ejemplo, un movimiento de apostolado laico o un grupo sacerdotal toma una actitud considerada subversiva frente al orden establecido.

En América latina la distinción de planos[2] sirve para disimular la real opción política de un grueso sector de la iglesia por el orden establecido. Es interesante observar, en efecto, que mientras no se tenía una clara conciencia del papel político de la iglesia, la distinción de planos era mal vista tanto por la autoridad civil como eclesiástica, pero desde que el sistema, del cual la institución eclesiástica es una pieza central, empezó a ser rechazado, ese esquema fue adoptado para dispensarse de tomar partido efectivo por los oprimidos y despojados y poder predicar una lírica unidad espiritual de todos los cristianos.

Los grupos dominantes que siempre se sirvieron de la iglesia para defender sus intereses y mantener su situación de privilegio apelan hoy, al ver las tendencias “subversivas” que se abren paso en el seno de la comunidad cristiana, a la función puramente religiosa y espiritual de la iglesia. La bandera de la distinción de planos ha cambiado de manos.

Hasta hace unos años defendida por los elementos de vanguardia, es actualmente sostenida por los grupos de poder, muchos de ellos ajenos a todo compromiso con la fe cristiana. No nos engañemos, sin embargo; los propósitos son muy diferentes. Cuidémonos de hacer el juego a los más torvos.

Además, ante la inmensa miseria e injusticia, ¿no debería la iglesia –sobre todo allí donde, como en América latina, tiene una gran influencia social– intervenir más directamente y abandonar el terreno de las declaraciones líricas? De hecho, lo hacía algunas veces, pero diciendo que se trataba de una función supletoria. La amplitud y permanencia del problema parecen hacer insuficiente hoy esta fundamentación. … (p95-96).

El trabajo del hombre, la transformación de la naturaleza, solo prolonga la creación si es hecho humanamente, es decir, si no está alienado por estructuras socio-económicas injustas.  

La perspectiva de la liberación política –que arranca desde su basamento económico– recuerda los aspectos conflictuales del fluir histórico de la humanidad. En él no solo hay un esfuerzo por conocer y dominar la naturaleza, sino también –condicionada y condicionante– una situación de miseria y despojo del fruto del trabajo propio, provenientes de la explotación del hombre por el hombre, enfrentamiento de clases sociales, y por consiguiente, una lucha por liberarse de estructuras opresoras que impiden que el hombre viva con dignidad y asuma su propio destino.

Esa es la actividad humana cuyo sentido último debe, en primer lugar, esclarecer la fe. A partir de él las otras facetas se iluminarán. El horizonte de la liberación política permite una nueva aproximación a ese problema, proyecta nuevas luces y hace ver aspectos que se hallaban en la sombra.

Permite también alejarse de una ciencia pretendidamente apolítica, y da un contexto diferente para situar el papel capital del conocimiento científico en la praxis histórica del hombre.

Las religiones piensan en términos de cosmos y naturaleza, el cristianismo, nutrido por sus fuentes bíblicas, lo hace en términos de historia. Y en esa historia la injusticia y la opresión, las divisiones y los enfrentamientos están presentes. La esperanza de una liberación también. (p234-235)

La pobreza es para la Biblia un estado escandaloso que atenta contra la dignidad humana y, por consiguiente, contrario a la voluntad de Dios. … La pobreza no es una fatalidad; en ella interviene la acción de aquellos que el profeta condena. … Hay pobres porque hay hombres que son víctimas de otros hombres. …

Oprimir al pobre es atentar contra Dios mismo, conocer a Dios es obrar la justicia entre los hombres. A Dios lo encontramos en el encuentro con los hombres: lo que se hace por los demás se hace por el Señor.

En una palabra, la existencia de la pobreza refleja una ruptura de solidaridad entre los hombres y de comunión con Dios. La pobreza es la expresión de un pecado, es decir, de una negación del amor. Por eso es incompatible con el advenimiento del reino de Dios, reino de amor y de justicia.

La pobreza es un mal, un estado escandaloso; escándalo que en nuestros días adquiere enormes proporciones. Suprimirlo es acercar el momento de ver a Dios cara a cara, en unión con otros hombres. (p369-375).



[1] Gutiérrez, Gustavo. 1972 [1971]. Teología de la liberación. Salamanca, España: Ediciones Sígueme S.A.

[2] Distinción fe-realidades terrestres.

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