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Buscando la magia por Leonardo Flamia

publicado a la‎(s)‎ 15 jun. 2013 15:27 por Semanario Voces
 

 

 

“De lo que somos, de lo que queremos, queda muy poco en este mundo, ciertamente poco. Un polvo ínfimo sobre nada. ¿Y el resto qué es? Es un organismo para ingurgitar, pesado de carnes y que excreta (...) ¿Qué fue Baudelaire? ¿Qué fueron Edgar Allan Poe, Nietzsche, Gerard de Nerval? ¡Cuerpos! ¡Fueron cuerpos! Cuerpos que comieron, digirieron, durmieron, roncaron una vez por noche, cagaron, entre veinticinco y treinta mil veces, y frente a treinta mil o cuarenta mil comidas, cuarenta mil sueños, cuarenta mil ronquidos, cuarenta mil bocas amargas y agrias que al despertar tienen que presentarle al mundo... unos cincuenta poemas. Verdaderamente no basta. El equilibrio entre la producción mágica y la producción automática está muy lejos de ser mantenido, está absolutamente roto. El resto no somos nosotros sino una nada que nos reviste. Nosotros somos cincuenta poemas. Esa nada se ríe de nosotros primero, vive de nosotros después. Ahora bien, esa nada no es nada, no es algo, es algunos, digo, algunos hombres, bestias, bestias sin voluntad ni pensamiento propio, es decir, sin dolor propio, sin la aceptación en ellos de la voluntad de un dolor propio, que no han encontrado otra manera de vivir que falsificar la humanidad. Y del árbol cuerpo que éramos, de voluntad pura que éramos han hecho este alambique de mierda, este tonel de destilación fecal, causa de pestes y de todas las enfermedades.”

En el párrafo anterior reproducimos un fragmento del poema El tiempo donde el hombre era un árbol de Antonin Artaud, y si bien la potencia del texto no necesita comentarios, es recomendable escucharlo recitado por Alberto Restuccia (en el CD Se lu5tra, Yaugurú, 2009). Pero demás ese poema parece presentar un conflicto central, al menos como punto de partida, de El gimnasio, el último espectáculo que protagoniza el propio Restuccia. Y es que si hay un símbolo del desequilibrio entre la producción mágica y la producción automática en nuestra ciudad fue aquel momento en que Casa del teatro de Teatro Uno es desalojada para que se instale allí un gimnasio (el Gumha en la calle Mercedes). Un lugar que trabaja lo esencialmente humano, al decir de Artaud, es desplazado para que se instale otro lugar, ahora uno dedicado a trabajar eso que “no somos nosotros”, esa “nada que nos reviste”.

 

Rutinas superpuestas

Lo primero que uno entrevé en El gimnasio, aunque nunca del todo claro, es que se nos cuenta la historia de un gimnasio que tuvo su momento de auge, pero que actualmente en decadencia espera el desalojo. Con esa historia se intersecta todo el tiempo la historia del desalojo de la sala de Teatro Uno, ocurrida en 1999, desalojo que entre otras cosas precipitó la muerte de Luis Cerminara, uno de los fundadores de Teatro Uno junto a Restuccia (ese año Cerminara recibió un Florencio póstumo, el único que ganó, en una decisión que generó polémica).

Pero además convergen ideas sobre teatro, estéticas diversas, en un juego de representaciones característico del trabajo de la dupla Peveroni Dodera, pero que particularmente en este caso muestra su flexibilidad al interactuar con la historia de una leyenda de nuestras tablas. Por supuesto, Artaud atraviesa al espectáculo, no solo cuando oímos “Soy un cuerpo que traduce”. No solo cuando escuchamos el siguiente diálogo:

ALBERTO: Quería decirte, John Jairo, que este trabajo implica pensar en el cuerpo.

JOHN JAIRO: Mejorar los cuerpos de los demás, como usted dice.
ALBERTO: Algo así.

JOHN JAIRO: Es bueno. Me hace sentir bien. En la barraca todo era llevar y traer. Cargar y descargar. Ordenar. Apilar.
ALBERTO: ¿Pensaste alguna vez en todo esto?
JOHN JAIRO: ¿En ordenar?
ALBERTO: No, si pensaste alguna vez en los cuerpos. En sí, podría decirse que son una simple carcasa, un recipiente. Pero también es verdad que son materiales, que ocupan volumen, que son densos. Hay quienes dicen que son una prisión del alma. ¡Qué clisé! O dicen lo contrario, que son el dibujo del alma, su contorno, su forma material. ¡Otro clisé!”

Artaud, que parece nutrir desde el poema del principio el diálogo anterior, está presente en el propio Restuccia, en esa simbiosis particular entre obra y vida que Peveroni y Dodera logran que podamos percibir en El gimnasio. De hecho Alberto, el personaje que interpreta Restuccia, hace referencia a cuerpos en descomposición mientras va dejando ver el suyo, quizá para que terminemos entendiendo que él no es ese cuerpo que podría “trabajar” en ese gimnasio, que él son los cuarenta o cincuenta poemas que hace 14 años no puede expresar en su sala.

Pero también hay otras referencias que confluyen en el espectáculo. A uno no deja de llamarle la atención la sensación de espera de los dos personajes de la obra. Esperan el desalojo, pero también esperan a una “pendeja”, a una revolución. En esa espera hay algo de nostálgico, pero también de esperanza, quizá sea un exceso, pero solo falta que anuncien que se van a ahorcar si la pendeja no llega para que pensemos en Beckett. Incluso John Jairo, el personaje que encarna Adrián Prego, ese personaje torpe, por momentos ingenuo, a veces recuerda a Lucky, aquella criatura de Beckett que era capaz de “pensar”.

 

Zapada teatral

Parece claro que este espectáculo, sí escrito por Peveroni, sí dirigido por Dodera, en realidad es una creación colectiva. También vale recordar algunas ideas de Artaud aquí: “La puesta en escena es instrumento de magia y hechicería; no reflejo de un texto escrito, mera proyección de dobles físicos que nacen del texto, sino ardiente proyección de todas las consecuencias objetivas de un gesto, de una palabra, un sonido, una música y sus combinaciones. Esta proyección activa sólo puede realizarse en escena, y sus consecuencias se descubrirán solo ante la escena y sobre ella; el autor que sólo emplea palabras escritas nada tiene que hacer en el teatro, y debe dar paso a los especialistas en esta hechicería objetiva y animada.”

Entonces vemos un espectáculo inundado de las personalidad de Alberto Restuccia, pero también flota en él, con naturalidad, una tremenda actuación de Adrián Prego, un actor que Dodera había hecho convivir entre la ficción y el público durante todo un espectáculo en Los macbeths y que aquí, si bien por momentos debe realizar un rol similar, también manifiesta su gran capacidad como cómico, como creador de un personaje ingenuo y algo torpe que solo al caminar ya nos hace reír. Las características de Restuccia, sus orientaciones sexuales, sus opciones estéticas, sus historias, alimentan al espectáculo en una suerte de zapada en que los solistas son tan creadores como quienes crean la estructura armónica y rítmica sobre la que se improvisa para generar una obra que hace reír como ninguna otra de Peveroni Dodera, y que desnuda mientras tanto, para que veamos su esencia, a una leyenda de nuestras tablas que aún busca escapar del automatismo para encontrar la magia.

 

El gimnasio. Dramaturgia: Gabriel Peveroni. Dirección: María Dodera. Elenco: Alberto Restuccia y Adrián Prego.

Funciones: viernes 21:30. Centro Cultural H. Bosch (Gonzalo Ramírez 1826 esq. Yaro).

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