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CANTANDO EN LA LLUVIA: Seis décadas del mejor musical de la historia. Por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 17 abr. 2012 6:32 por Semanario Voces
 

El amor a primera vista existe, no es invento de Hollywood, y nos conquista sin aviso previo. Caí bajo su paralizador efecto al ver por primera vez Cantando en la lluvia de Gene Kelly y Stanley Donen. Desde ese momento la película me provoca un indudable efecto catártico y me pone feliz, por ser ella misma alegre y feliz. A lo largo de sus 102 minutos todo se presta para el canto, el baile y la alegría de vivir. Es tan genuina la simpatía que se desprende de sus magníficos números musicales, y tan incontenible su vitalismo anecdótico, que cada vez que la veo me hipnotiza su irresistible entusiasmo. Su magia la hace inmune a los imperativos del razonamiento, pero aún desechando todo frenesí Cantando en la lluvia debe catalogarse como máximo ejemplo de lo que el género musical rindió en manos de un estudio poderoso como era por entonces MGM.

 

     Hace años el colega Jaime E. Costa escribió que “La comedia musical propiamente dicha ha sido, en cine, la concebida directamente para la pantalla, con situaciones y convenciones propias, con canciones y bailes pensados en función de la cámara y no de un espectador inmovilizado en la butaca de un teatro”. Como definición de un género el párrafo no tiene desperdicio, pero además le viene como anillo al dedo a Cantando en la lluvia. Su anécdota es muy graciosa, aunque se apoya en hechos que provocaron más de una tragedia. Al principio asistimos al triunfal estreno, en 1927, de “El tunante real”, protagonizado por la pareja formada por Gene Kelly y Jean Hagen. En el festejo posterior ocurren dos cosas que a la postre traerán serias complicaciones a la diva: por un lado Kelly, con quien pensaba casarse, se enamora de la corista Debbie Reynolds; por otro, el productor Millard Mitchell presenta la novedad del sonido en la pantalla, y decide convertir la siguiente historia de la pareja (“El caballero duelista”) en película sonora. El grave problema es que la diva tiene una voz insoportablemente chillona, y en una première del nuevo film la reacción del público asistente es negativa. Después de serias tribulaciones el compositor Donald O’Connor, amigo de Kelly, tiene una brillante idea: transformar “El caballero duelista” en el musical “El caballero bailarín”. El difícil problema de Jean Hagen, que obviamente tampoco puede cantar, se soluciona mediante el doblaje de su voz por Debbie Reynolds, pero la vengativa estrella obliga a que ese episodio permanezca en secreto para el público.

     El resultado de tamaño anecdotario es un prodigio de ritmo y vitalidad coreográfica, pero su sabiduría no se agota en el pentagrama y los pasos de baile, sino que se prodiga hasta redondear un modelo de comedia satírica, con mucho humor y una apabullante reconstrucción de época. De todos modos, la riqueza fundamental del film proviene de los memorables fragmentos musicales, que llegan a una culminación en el notable ballet central (“The Broadway Melody”), evocador de los inicios del sonoro y el espíritu afiebrado de los ruidosos años veinte. En esos quince minutos de antología aparece Cyd Charisse y arrasa con todo: fue la mejor bailarina de la historia del cine, y acá compone a una femme fatale de felina sensualidad, con un rostro de mirada altiva y penetrante, unas piernas larguísimas que tenían vida propia y un flequillo estilo Louise Brooks. Allí Charisse seduce al inexperto Kelly y al resto de la humanidad mediante su magnetismo natural y una carga erótica a la cual el puritano cine de Hollywood no solía acceder.

     Hay un libro muy recomendable de Earl Hess y Pratibha Dabholkar (The Making of an American Masterpiece) que revela pormenores del rodaje y abre al cinéfilo un abanico de posibilidades para revalorizar en su justa medida el esfuerzo que significó Cantando en la lluvia. Un primer dato a tener en cuenta es la ceguera de los miembros de la Academia ante esta obra maestra, a la que sólo brindaron una nominación. La justificación más fácil y lógica de ese olvido es que el año anterior Sinfonía en París había acaparado seis estatuillas, entre ellas la de mejor film. Sin embargo, en ese libro se apunta otra posibilidad, y tiene que ver con la “caza de brujas” del maccarthysmo: tanto los libretistas Betty Comden y Adolph Green como el propio Gene Kelly estaban considerados elementos “de izquierda”, e incluso la esposa de Kelly, Betsy Blair, estaba en la lista negra. No olvidemos tampoco que, pese al permanente tono de broma en que está jugada la historia, en ella Debbie Reynolds es una cantante en la “lista negra” del estudio, y debe trabajar por obligación a la sombra de la diva Jean Hagen.

     Otro apunte a destacar del trasfondo del film es la tragedia real que encubre su jocosa anécdota. Lo que le termina sucediendo a Jean Hagen le pasó a innumerables estrellas del cine mudo, que sucumbieron ante el sonoro. Incluso hay en el film un clara alusión a John Gilbert en un fragmento de “El caballero duelista”, cuando Kelly repite una y otra vez “I love you, I love you, I love you”, tal como dos décadas antes había hecho Gilbert con funestos resultados para su carrera. Pero las referencias a Hollywood no terminan ahí: la entrevistadora de la escena inicial está inspirada en la chismosa columnista Louella Parsons, el histérico director de “El caballero duelista” recuerda al coreógrafo Busby Berkeley, el productor a Arthur Freed y Cyd Charisse a Louise Brooks. En medio de esos datos, debe destacarse también la intención de Kelly de desmarcar su película de todo parecido con Sinfonía de París. Lo logró plenamente, dejando de lado la culta música de Gershwin para optar por un sinnúmero de canciones populares, pero también desembarazándose del cineasta Vincente Minnelli en favor de Stanley Donen, y suplantando al eximio fotógrafo John Alton por el más funcional Harold Rosson.

     El rodaje fue frenético y exhaustivo, y las anécdotas abundan. Tras la filmación de “Good Morning” Debbie Reynolds quedó con los pies ensangrentados y tan agotada que su médico, furioso, estuvo a punto de agredir a Kelly. Por su parte, Donald O’Connor debió guardar cama tres días a consecuencia de su infartante número humorístico “Make’em Laugh”, y Gene Kelly rodó afiebrado el antológico “Singin’in the Rain”, debido a una severa gripe. Esas vicisitudes enaltecen una propuesta musical de maníaca perfección, donde incluso se supieron sortear con talento los números que en lo previo parecían más anodinos o forzados. Por ejemplo el baile de las coristas, cuando Debbie Reynolds emerge de una enorme torta: el fragmento está salpicado con notas de humor, debido a una anterior discusión entre ella y Kelly. Otro peligro era la declaración de amor, pero fue realzada por su ubicación en un plató aparentemente desnudo, que de improviso cobra vida y enmarca toda la secuencia de un exquisito tono romántico. Hay también lugar para la exaltación de la creatividad frente al academicismo (“Moses Supposes”, con Kelly y O’Connor en medio de un intrincado trabalenguas) y para un homenaje a Busby Berkeley en el “Beautiful Girl” entonado por Jimmy Thompson, que culmina en una de las rosas características de aquel coreógrafo. Seis décadas después de su estreno, y a cien años del nacimiento de Gene Kelly, Cantando en la lluvia permanece inmortal, porque con su imagen y su música ataca la palabrería inútil, integrando canto y danza a la vida de un público fiel, que no la olvida.

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