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COLORES DE VIDA: Hace 70 años nacía Krzysztof Kieslowski.

publicado a la‎(s)‎ 26 jun. 2011 14:10 por Semanario Voces
 

 

El polaco Krzysztof Kieslowski (1941-1996) es un nombre mayor del cine moderno. Famoso por su miniserie El Decálogo y la trilogía Bleu, Blanc y Rouge, su cine roza la brillantez y propone dilemas morales y éticos universales, mediante libretos valientes, densos, sin concesiones.

 

POLONIA. La gestación de parte de esa tarea en la Polonia socialista se constituyó en un acto político de enorme contundencia, que seguía los pasos de un cine anterior realizado bajo similar rebeldía. Porque Kieslowski no era una isla. Los principales cineastas de los años 50 (Munk, Wajda, Kawalerowicz) habían enfocado la realidad sociopolítica del país con amplio sentido crítico. Zanussi, en cambio, encaró una búsqueda introspectiva de honda raíz católica, que lo distinguió de sus colegas. El reto de Kieslowski fue mezclar ambas vertientes con dosis de inigualable ingenio y valentía.  Desde 1969 fue documentalista de TV, y provocó un primer escándalo con Obreros 71 (1972), ácido vistazo a las huelgas de Szczecin. El aficionado (1979), su primer título exhibido en Uruguay, fue un afortunado intento de entender el mundo a través de uno mismo, y Cabezas parlantes (1980) ocasionó molestias, porque en ese cine-encuesta el director hacía todo tipo de preguntas a gente desprevenida, y obtenía respuestas sinceras y muy incómodas para el régimen de Jaruzelski. De resultas de ello, Por casualidad (1981) y la excelente Sin  fin (1984) fueron prohibidas, y hasta 1987 no pudieron exhibirse. Con ese currículum, Kieslowski llegó a la cima de su labor con la memorable miniserie televisiva El Decálogo y sus coproducciones con Francia La doble vida de Verónica, Bleu, Blanc y Rouge.

     Hablar de El Decálogo (1988) llevaría una nota entera. Son diez capítulos de 55 minutos cada uno, inspirados en los Diez Mandamientos, y todas sus anécdotas ocurren en un complejo habitacional de Varsovia, una suerte de Euskalerría polaco de clase media, con personajes cotidianos que deben tomar una decisión fundamental para el desarrollo de sus futuras existencias. Aunque cada historia es independiente de las demás, el conjunto se enriquece mediante claves circunstanciales: protagonistas de una historia son secundarios en otra, anécdotas sustanciales de un capítulo son analizadas desde diferente perspectiva más tarde, un personaje lateral aparece en todas las historias limitándose a observar (nos) sin intervenir, en clara referencia a Dios, aunque los agnósticos puedan vincularlo fácilmente al Destino. Es una serie de visión ineludible.  

 

FRANCIA. En La doble vida de Verónica dos chicas (Iréne Jacob) llevan el mismo nombre, son idénticas y aman la música, pero no se conocen porque una vive en París y la otra en Varsovia. Las dos, sin embargo, tienen la sensación de no estar solas en el mundo, y una de ellas será quien se cruce casualmente en la calle  con su clon, que no la ve. A partir de entonces, todo cambiará para ambas. El film edifica desde la imagen una poética apuntalada en un lenguaje despojado y severo, interesando al espectador en la lectura metafísica que propone. Ese envidiable nivel creativo fue superado sin embargo por una serie basada en la simbología de los colores de la bandera francesa, que como se sabe significan libertad (azul), igualdad (blanco) y fraternidad (rojo). La propuesta se centró en personajes femeninos dominantes, aunque los hombres sean factor de peso en la conclusión de las anécdotas. Como en El Decálogo cada film es independiente, pero existen paralelismos y desdoblamientos con los cuales una historia se enriquece al ver las demás, hasta complementarse o contradecirse entre sí.

     Bleu es la más cautivante. Narra el viaje interior de Juliette Binoche desde un accidente inicial en la carretera hasta una difícil decisión final, la de seguir viviendo pese a las calamidades que nos azotan a diario. Contenidos aparte, lo que seduce aquí es la forma en que se cuenta el drama de Binoche: la distorsión temporal tiene un feliz equivalente en el uso de grandes angulares que deforman objetos y personas, de acuerdo al estado de ánimo de la joven; las calles ciudadanas son activas, y contrastan con los apacibles exteriores campesinos, sólo quebrados por la tragedia que dispara la historia. En Bleu todo parece estructurado en torno a la triple conjunción de música, imagen y contenido, ya sean las referencias a la Epístola de Pablo a los Corintios, las fascinantes piedras colgantes de color azul o los vacíos visuales que invaden la pantalla mientras la música se prolonga en la banda sonora, aludiendo a que todo lo que parece acabar debiera continuar, porque aún en medio de la mayor penalidad debe mantenerse en alto la libertad de sobrevivir a pesar de todo.      

     Entre dos ejercicios cerebrales y visualmente muy atractivos Blanc se juega por la sencillez. Zbigniew Zamachowski está exiliado en París, a punto de divorciarse de la perversa Julie Delpy. El film detallará el regreso del polaco a Varsovia, sus contactos con el hampa, su inteligencia para amasar una cuantiosa fortuna y la planificación de una sutil venganza. Hay mucha comedia de costumbres en Blanc, aunque al final broten enormes dosis de acidez para meditar mejor acerca de las mil formas de lucha que los débiles poseen para no caer rendidos ante una forma de vida  que castiga el amor y se burla de la inocencia. Ante la falta de igualdad entre ese europeo del Este tosco y castigado, y una muñeca francesa que lo denigra, Kieslowski deja constancia de un universo vejado que sobrelleva como puede su odio, frente a un mundo poderoso y soberbio que lo denigra sin piedad. Para el cineasta, el Este también existe.

     En Rouge la clave es la presencia rectora del azar y la mano de Dios o el Destino controlándolo todo. Iréne Jacob atropella a una perra y cuando halla al dueño del animal (Jean-Louis Trintignant) su vida da un vuelco. Como en Bleu, las aristas más profundas del contenido se perciben a través de los cambios de luz y sonido, porque la joven y el juez retirado se encuentran en medio del silencio, y de ahí en más las palabras los invadirán como torrente ingobernable. Kieslowski atiende el intercambio existencial de dos seres pertenecientes a universos incomunicables, que por misteriosos designios chocan y se superponen. Para el cineasta existen fuerzas inexplicables en torno a las cuales se erige el destino de las personas y la sociedad, y allí radica el verdadero sentido de la fraternidad. Rouge culmina en forma profunda una trilogía donde se percibe la genialidad de un cineasta capaz de extraer total coherencia a un cúmulo de pinceladas aparentemente dispersas. En medio del enorme vacío conceptual que hoy impera en el cine, cada nuevo día se necesitan más artistas como Kieslowski.   

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