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COMO TRENES EN LA NOCHE: 40 años de “La noche americana”Por Amilcar Nochetti.

publicado a la‎(s)‎ 11 may. 2013 12:18 por Semanario Voces
 

 

   

François Truffaut es una figura mayor del cine francés. Cuando en 1973 La noche americana ganó el Oscar al mejor film extranjero, algún antiguo compañero de ruta de la Nouvelle Vague pudo pensar que este sordo genial se había pasado al enemigo. Error. Sólo comenzaba a advertir que la vida no es en blanco y negro, y que una sana rebeldía logra efectos más duraderos que cualquier intenso pero efímero planteo revolucionario.

 

TRUFFAUT. Había nacido en París el 6 de febrero de 1932. En 1946 abandonó el liceo para trabajar. Ya era un fanático del cine. Famosamente, años después declararía: “El cine salvó mi vida. Todo lo que aprendí lo aprendí en una sala”. Sin embargo siendo adolescente eso le causó un temprano problema: intentó dirigir un cine club y exhibir los films sin pagar sus correspondientes alquileres. Ese episodio le envió de cabeza a un reformatorio, del cual lo sacó el famoso crítico André Bazin, quien se convertiría en su amigo y maestro. Por él consiguió Truffaut sus primeros trabajos como crítico en Travail et Culture, Gazette du Cinéma, Arts y Cahiers du Cinéma. Especialmente desde esta última publicación Truffaut se ganó una merecida fama de intelectual feroz.

     A diferencia de su amigo-enemigo Jean-Luc Godard, más teórico y cerebral, Truffaut fue cinéfilo antes que realizador, y enormemente pasional antes que crítico. Ejemplo de pasión, referido a John Ford (que luego sería uno de sus ídolos): “Es un Saint Exupéry que no hubiera pasado del jardín de infantes, y que en lugar de soñar con las estrellas y conversar con el vacío, se babea ante galones, insignias, botas y doraduras”. Ese desatinado también era capaz de brillantes reflexiones, como muestra este fragmento de una crítica suya sobre Noche y niebla de Resnais: “Cuando he descubierto este film he comprendido que no todos los problemas se pueden reducir a lo social y político. Es el hombre el que está en juego, cada hombre. La idea que se desprende del film no es ‘Mañana todos podemos ser deportados’, sino ‘Mañana todos nosotros podremos deportar a otros y encontrarlo normal’. Y de golpe nos volvemos culpables, entendemos que en cada hombre hay una culpabilidad primigenia, un pecado original”.

     Truffaut conformó una obra dividida en dos vertientes. Una de ellas aborda su universo personal: son cinco títulos referidos a su alter ego Antoine Doinel, interpretado por su actor fetiche Jean-Pierre Léaud. En ese lote hay cabida para una obra maestra (Los 400 golpes) y otro gran film (La hora del amor). La segunda vertiente está compuesta por 17 películas, en las que la palabra clave es “diversidad”: son títulos a los que Truffaut llega por diversas razones (cultural, ideológica, estética, gusto). Allí se ubica otra obra maestra (Jules y Jim), una amplia gama de films notables (Disparen sobre el pianista, La piel dulce, La novia vestía de negro, Las dos inglesas, La mujer de la próxima puerta), una película “maldita” (La habitación verde) y dos títulos muy valiosos que habría que revisar, bajo sospecha de haber envejecido (El niño salvaje, La historia de Adela H.). En el medio se ubica La noche americana.

 

NOCHE AMERICANA. El director Ferrand (Truffaut), su ayudante (Nathalie Baye) y un grupo de técnicos y trabajadores ruedan la película Les presento a Pamela, donde se cuenta la historia de un joven casado con una inglesa, que tres meses después la presenta a sus padres, con tal mala suerte que la chica se enamora del suegro. El rodaje de tan sencilla historia se complica empero por problemas y tensiones inesperadas, que sobrepasan incluso a las que plantea la ficción: la bella protagonista (Jacqueline Bisset) es una insegura que acaba de recuperarse de una depresión, como consecuencia de su matrimonio con un médico que además era su suegro, duplicando así lo que le ocurre al personaje que debe encarnar; el galán joven (Jean-Pierre Léaud) es un temperamental y un romántico que padece en forma violenta la reciente pérdida de un amor; la vieja estrella (Valentina Cortese) olvida los diálogos sumida en el alcohol, por medio del cual intenta ahogar el dolor por la leucemia que padece su hijo; y el galán maduro (Jean-Pierre Aumont), que a simple vista parece más profesional, vive sumido en la ansiedad por reencontrarse con su joven amante homosexual. Incluso un inocente y famélico gatito es incapaz de beber un poco de leche, mientras el director intenta que el proyecto no naufrague, aunque todo parece ir de mal en peor.

     La noche americana es un término que hace referencia a una técnica fotográfica que consiste en rodar escenas nocturnas en pleno día, mediante la colocación de unos filtros especiales para la luz. Ya desde el título entonces Truffaut homenajea al cine, pero lo lleva a cabo no desde los modos y maneras de la Nouvelle Vague que él mismo había generado, sino desde el clásico Hollywood, correspondiente a las grandes películas y autores que hicieron nacer en él el amor por el cine. Truffaut centra su homenaje no en la obra como arte autoral, sino como producto de artesanía colectiva, como un trabajo manual. Por eso no aborda el asunto desde el punto de vista del resultado final, sino desde el complejo proceso de creación conjunta, donde la forma definitiva del film surge de un fuerte nexo entre esfuerzos y resultados.

     Truffaut centra su foco en un grupo humano al que lanza un vistazo agridulce, pleno de sutiles lecciones de vida, con elucubraciones acerca del amor y el desamor, el abandono, la infidelidad, el sexo sin amor y la inseguridad de las relaciones de pareja. El cineasta admitió públicamente preferir las películas y las novelas a la vida misma, y al respecto hay una declaración de principios en el film cuando Bisset dice a Léaud: “Las películas son más armoniosas que la vida, no hay embotellamientos ni tiempos muertos. Las películas avanzan como los trenes en la noche, y las personas como tú o yo estamos hechas para ser felices en el trabajo... en nuestro trabajo... el del cine”. Por eso a Truffaut le interesa lo transitorio de las relaciones interpersonales. Todo lo que les pueda suceder es finalmente efímero o provisorio, ya que lo que verdaderamente importa es aquello que los ha unido, el rodaje, el cine, esa vida verdadera, esa cadena imprevista de casuales casualidades, de causas y azares. Por eso La noche americana nos deja la sensación que el set de filmación es una vida con inicio, desarrollo y final, con alegrías y torpezas, esperanzas y temores, un lugar en el que conviven sin restricciones la frivolidad con la mayor trascendencia.

     El resultado es un acto de amor absoluto al cine, una mirada nostálgica pero también lúcida hacia lo que el medio representa como tarea artesanal y como negocio. Truffaut escapa a la vanagloria y apuesta por la sencillez para retratar las situaciones corrientes que viven sus personajes, e incluso una muerte inesperada se revela desdramatizada, como si sólo sirviera para acentuar los pequeños placeres de la vida. Como ése que se reserva Truffaut en una secuencia maravillosa, donde cualquier cinéfilo podrá verse reflejado: rebuscando entre sus papeles, Ferrand descubre una gran pila de libros de cine, desde el neorrealismo más duro al surrealismo más puro, y allí están Hitchcock, Renoir, Buñuel, Rossellini, Welles, Bresson, mientras una música que se escucha por teléfono (de Georges Delerue) plasma una escena de la vida diaria para convertirla, de manera magistral, en un fragmento de profunda y magnética poesía. Se mire por donde se mire, La noche americana no tiene patria ni fronteras. Hay que verla. Está en DVD.                        

 

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