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COMPROMISO DENTRO DE LA INDUSTRIA: Scorsese cumplió 70 años. por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 23 nov. 2012 4:15 por Semanario Voces
 

 

 

Durante su niñez Martin Scorsese pensó ser sacerdote, impresionado por la lectura de la historia del padre Damián, el religioso que pasó su vida auxiliando a los leprosos de la isla Molokai. Por supuesto, el joven terminó en Hollywood y no en una catedral, pero la anécdota sirve para dar cuenta de la personalidad inquieta y torturada de este cineasta, que acaba de cumplir 70 años en plena efervescencia creativa.

 

INICIOS. Scorsese nació en Long Island (17.11.1942) y fue educado por los jesuitas. Se matriculó en la Universidad de Nueva York, donde dio clases sobre técnica narrativa y producción cinematográfica. Realizó diversos cortos a partir de 1964, y en 1968 saltó al largo con ¿Quién golpea a mi puerta?, film poco divulgado, interpretado por Harvey Keitel, fetiche inicial del director. Esa película tiene desniveles, pero inauguró una obra que se reveló lustrosa, mediante tres títulos logrados: Pasajeros profesionales (1972) con su cruel vistazo al Deep South en los años de la Depresión, su sabor de balada trágica y sus rasgos de melancólico lirismo; Calles peligrosas (1973), historia de gangsters de cuarta, ambientada en los barrios étnicos de Nueva York, con revelatoria labor de Robert De Niro y un estilo despojado de melodrama o mensajes profundos, para mostrar la marginalidad de unos jóvenes condenados a vivir y morir en medio de la violencia; y Alicia ya no vive aquí (1974), historia de una viuda joven (Ellen Burstyn, excelente) que intenta rehacer su vida con un hijo a cuestas, y se ve obligada a trabajar como camarera. Con ese material Scorsese aterrizó en Hollywood por la puerta grande.

 

DÉCADA PRODIGIOSA. “Supongo que estoy obsesionado por contar historias en cine... No sé si me interesan tanto los argumentos como mostrar personajes en la pantalla”. La veracidad de esa frase de Scorsese puede comprobarse fácilmente ante la visión de su obra maestra Taxi Driver (1976), donde Nueva York -aunque podría ser cualquier otra gran ciudad- es un infierno hecho de basura que resalta bajo las luces de neón, una jungla donde pululan seres humanos indeseables. Pero el film es muchas cosas más: la historia de una alienación, la entronización de la violencia, y el relato subjetivo de la perturbación mental del ex Marine devenido en taxista nocturno, que convive con la hez de la ciudad y permanece al acecho para defender noche a noche su vida, experimentando el despertar de un incontrolable instinto mesiánico. El resultado fue un descenso al infierno mental, como consecuencia del diario vivir en el infierno de cemento ciudadano. Robert De Niro nunca estuvo mejor que aquí.

     Después del épico fracaso del musical New York, New York (1977), el cineasta se reencontró con su mundo en Toro salvaje (1980), biografía del boxeador Jake La Motta, que de la pobreza llegó a la cúspide y terminó en la cárcel. El material encerraba una serie de elementos próximos a los intereses del cineasta (la violencia, el pecado, la culpa y el castigo), porque La Motta es para Scorsese un hombre instintivo y elemental, prejuicioso y agresivo, características mostradas mediante un realismo brutal que pone el pedal en un costado casi metafísico, muy bien trasmitido por Robert De Niro en un nuevo tour de force.

     A esas alturas Reagan llegó a la presidencia, y una gigantesca nube de cloroformo durmió a Hollywood durante una década. Scorsese fue una excepción, porque El rey de la comedia (1982) resultó una amarga reflexión acerca de las falsedades del american dream, la mitología del éxito y el sentimiento de frustración, mediante el rapto de un showman famoso (Jerry Lewis) perpetrado por un demente que se cree comediante (De Niro). El film fue boicoteado y fue un enorme fracaso de taquilla. Scorsese no se amilanó y respondió con otra obra mayor, Después de hora (1985), una suerte de Kafka cómico, la aventura pesadillesca de un oficinista sin transporte ni dinero a través de una Nueva York nocturna y demencial, poblada de personajes excéntricos e inquietantes. El humor negro y el absurdo exhibieron una férrea lógica interna y los acontecimientos se encadenaban implacablemente, atrapando al personaje sin posibilidad de escape. La taquilla empero no respondió, y Scorsese debió marcar el paso.

 

ETAPA INTERMEDIA. Esos tropezones financieros y la resistencia de las majors a patrocinar las investigaciones del director en el estudio del proceso de decoloración de los films rodados según el procedimiento Eastman-Kodak, complicaron a Scorsese, que inició un período de doce años caracterizado por los altibajos creativos. Esa zona de su carrera comenzó con una mediocre e impersonal secuela de un film sobre billaristas (El color del dinero, 1986), y continuó con el sonado escándalo de La última tentación de Cristo (1988), peculiar versión de la Pasión a partir de una notable novela de Nikos Kazantzakis. Scorsese volcó sobre el personaje de Cristo (un intenso Willem Dafoe) su propia religiosidad conflictiva, y el film generó vastas polémicas a escala mundial: mientras el Vaticano quiso comprar los negativos para quemarlos, en nuestra ciudad el cine Metro era apedreado por una banda de fanáticos del Opus Dei.    

     El ambiente mafioso de la Little Italy generó Buenos muchachos (1990), retrato colectivo de una banda gangsteril, caracterizado por un estilo fragmentario, libre e imprevisible. La violencia aquí ya no es alienante, sino un hecho incorporado a una normalidad existencial. El gran logro del film fue revelar las claves de vida de gente que tiene una lealtad impresionante en cuanto a protección interna, pero que es despiadada al cumplir los crueles designios de la organización. Luego Scorsese perdió el rumbo entre la ampulosidad de Cabo de miedo (1991), la endeble adaptación literaria de La edad de la inocencia (1993) y el terrible desastre de Casino (1995) donde sólo se salvó Sharon Stone. El cineasta parecía vencido, pero aún no había dicho la última palabra.  

 

AVE FÉNIX. Scorsese comenzó a reafirmar su carrera con dos films poco conocidos por los uruguayos. Kundun (1997), a medio camino entre el documental y la ficción, contó la saga del 14º Dalai Lama, incluyendo su educación, su exilio y la confrontación con el gobierno comunista de Mao Tse Tung. Tuvo en su país un éxito inesperado, y entonces Scorsese pudo rodar Vidas al límite (1999), comedia satírica chirriante y apocalíptica, que relató la vida nocturna en las calles de Nueva York desde el punto de vista de unos paramédicos, con toques de Kafka y Luis Buñuel.

     El cambio de milenio hizo resurgir al ave fénix. Para Pandillas de Nueva York (2002) Scorsese accedió a un presupuesto épico, y se sumergió en las rivalidades y luchas de varias etnias populares neoyorkinas en 1860. El film tenía una antológica labor de Daniel Day-Lewis, e inició para Scorsese la “etapa Leonardo DiCaprio”. Ambos mostrarían las uñas en otros tres films: El aviador (2004), audaz biografía de Howard Hughes, multimillonario que conquistó Hollywood y dejó una marca indeleble en el mundo de la aviación; el policial Los infiltrados (2006), nueva inmersión en el submundo de la mafia barrial, con policías al servicio de los gangsters y viceversa; y la excelente La isla siniestra (2010), tenso policial psicológico y verdadero modelo de narración cinematográfica. Esas virtudes se repitieron sin DiCaprio en el espectacular homenaje al cine La invención de Hugo Cabret (2011), uno de los grandes títulos de la actual temporada. Y a todo esto habría que sumar la labor documental del cineasta, que daría para una nota entera. A una edad en la que el desgaste creativo comienza a notarse, Scorsese camina firme, mientras su cine se revela más joven que nunca.

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