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CORRE, HOMBRE, CORRE. Por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 7 jun. 2011 15:59 por Semanario Voces



 

El ladrón (Der Räuber), Alemania, 2010. Dirección: Benjamin Heisenberg. Libreto: el mismo y Martin Prinz, basados en novela propia. Fotografía: Reinhold Vorschneider. Música: Lorenz Dangel. Con: Andreas Lust, Franziska Weisz, Florian Wotruba. Estreno: 2 de junio. Calificación: Buena.

 

     El argumento está basado en un hecho real novelado, y cuenta la historia de Johann Rettenberger (Andreas Lust, de sobria labor), maratonista cuyo hobby era robar bancos. Aunque la producción es alemana, la acción transcurre enteramente en Viena, lugar donde se sitúa la penitenciaría de la cual Johann sale al inicio de la historia. Pero quedar en libertad no significa para el protagonista reinsertarse en la sociedad. O por lo menos no es lo que él quiere, y si de a ratos debe hacerlo es porque no puede evitarlo. Sin ahondar en las motivaciones de Johann, El ladrón se desarrolla enteramente en dos frentes. Por un lado, muestra al personaje sintiéndose acosado por las autoridades del Estado, que tratan de contenerlo buscándole trabajo, y se interesan por su vida y sus necesidades. En ese plano cobra gradual importancia el reencuentro de Johann con una antigua enamorada (Franziska Weisz), con la que compartirá provisoriamente vivienda, y con quien intentará restablecer el viejo vínculo amoroso.

     Pero la otra vertiente del film es la clave de la historia. Porque en una suerte de incontenible atavismo, Johann se niega a brindarse a sí mismo una oportunidad de reinserción social. El protagonista parece no necesitar a nadie ni nada, excepto robar. Johann vive en una soledad que no se muestra con sentido trágico o melancólico, sino que es una válvula de escape para retomar la acción vital: la maratón, la corrida sin fin, parece ser la única salida de Johann, su acción más necesaria para seguir adelante en una carrera vital que quizás sólo lo conduzca a la muerte. Pero eso a Johann parece no importarle. Lo suyo es una compulsión frenética que con gran habilidad el film detalla pero no explica ni intenta racionalizar, porque ¿cómo se racionaliza un atavismo? El objetivo único de Johann será entonces vivir presionado por el contacto con los demás, con esos que para él son el enemigo: la policía, un asistente social, incluso su novia.

     Con semejante temática El ladrón es acción, dinamismo, intriga, y el resultado logrado es sólido y transgresor, gracias a un montaje y una dirección que logran algo tan complejo y valioso como es definir a Johann no a través de las palabras que pronuncia, sino por medio de las situaciones psicológicas y los factores externos en los que se ve envuelto. A la altura de su séptimo film, el joven Benjamin Heisenberg utiliza recursos dramáticos para las secuencias íntimas y trasmite adecuadas dosis de velocidad y rabia para las secuencias de acción, mediante una magnífica utilización del travelling, en especial en una larga y complicadísima secuencia de persecución callejera que debería dar envidia a Hollywood. El ladrón genera expectativas sobre el resto de la obra de Heisenberg, dada su capacidad para trasmitir la adrenalina de este hombre desesperado por vivir, por correr, por morir. A ese nivel la película funciona plenamente.      

         

 


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