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CUANDO EL RIESGO ES ESENCIAL. Por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 14 nov. 2011 10:45 por Semanario Voces
 

 

 

Balada triste de trompeta. España, 2010. Dirección y libreto: Alex de la Iglesia. Fotografía: Kiko de la Rica. Música: Roque Baños. Con: Carlos Areces, Antonio de la Torre, Carolina Bang, Manuel Tallafé, Sancho Gracia, Santiago Segura, Fernando Guillén Cuervo, Fofito. Estreno: 28 de octubre. Calificación: Buena.

 

     En la carrera de un director, la inconstancia no es necesariamente un mal mayor. Hay maestros del cine muy desparejos, y sin embargo son maestros. Sin mucho esfuerzo me vienen a la mente Woody Allen, Hitchcock, Almodóvar, Coppola o Altman. En cada uno se dan la mano obras mayores y grandes fiascos: Manhattan y Recuerdos, Psicosis y Topaz, Hable con ella y La piel que habito, Apocalypse Now y Peggy Sue, Nashville y Popeye son duplas que no parecen realizadas por una misma persona. Con Alex de la Iglesia sucede lo mismo: en su trayectoria hay lugar para films logrados (El día de la bestia, Muertos de risa, La comunidad, Crimen ferpecto), títulos menores (Acción mutante, Perdita Durango, 800 balas) y una obra fallida (Los crímenes de Oxford). Sin embargo, con Alex sucede lo mismo que con los cineastas citados arriba: siempre resulta un placer verlo jugar su juego en base a una honestidad fuera de discusión, en la que el despilfarro, la bizarría y el grotesco son la marca de fábrica.

     Con Balada triste de trompeta de la Iglesia vuelve a explorar las características más revulsivas de su país, y recupera un nivel autoral perdido en Los crímenes de Oxford. El film comienza en 1937, en medio de la Guerra Civil Española. El Payaso Triste (Santiago Segura) abandona a punta de bayoneta la rutina circense para salir a matar cuanto soldado nacional se le cruza por el camino. Finalmente es encarcelado, y años más tarde su hijo Javier (Carlos Areces) lo verá morir. Pero el joven hereda el rol artístico del padre, aunque ahora como Payaso Tonto, lo que significa que se hace cargo también del horror político que lo acosa bajo la ominosa mirada del franquismo. Y aunque la violencia sigue campeando por España, también puede haber lugar para la belleza, que se presenta mediante el cuerpo de Natalia (Carolina Bang), la trapecista del circo al cual el joven va a parar. Pero allí también está Sergio (Antonio de la Torre), el nuevo Payaso Triste, déspota violento y psicótico que más que pareja de Natalia parece su amo y señor. Entre Javier y la joven irá surgiendo un amor prohibido e irrefrenable, exacerbado por las múltiples golpizas de Sergio. Así, poco a poco, el Payaso Tonto irá mutando hasta terminar convertido en un ser lleno de odio y sediento de venganza.

     A partir de entonces, Balada triste de trompeta se transforma en un cúmulo de aberraciones, con secuencias de enorme visceralidad y violencia casi gratuita, como el pasaje en que Javier se mutila el rostro para convertirlo en un perpetuo maquillaje. De esa manera de la Iglesia explicita al público la pena y el rencor del personaje: eso no era necesario, y resoluciones de ese tipo (hay otras) integran el debe de la película. En cambio, mucho más logrado es el planteamiento del personaje femenino, que se debate entre la ternura y el amor que le provoca Javier, y una sexualidad apabullante y de ribetes sadomasoquistas que aflora por obra y gracia de Sergio, hombre irascible y siniestro, típico producto de una incontenible fascinación por lo oscuro.

     De la Iglesia tiene sus enemigos, pero ninguno de ellos podrá decir que se trata de un cineasta temeroso o ambiguo. El riesgo total es su consigna, su filosofía, su modus operandi, y al respecto este film posee una intensidad tan pareja que puede abrumar al espectador. Los primeros veinte minutos ambientados en 1937 (que bien podrían ser un cortometraje aparte), son verdaderamente impecables: el realizador implanta desde el vamos una estética muy particular, heredera clara de Bastardos sin gloria de Tarantino, y con ella augura una película de clímax frenético y desencadenado, que no cede ante nada durante el resto del metraje. A quienes opinan que en cine las buenas películas deben tener picos y valles, clímax y anticlímax, Alex de la Iglesia responde con una historia que se sucede en constante clímax de bizarría y transgresión. De alguna manera, Balada triste de trompeta llega para reavivar la idea que en el cine aún pueden pasar cosas. Con esto me refiero a que de un tiempo a esta parte pareciera que “lo prestigioso” a nivel conceptual fuera sinónimo de conservadurismo (Hollywood), pedantería (la presunta transgresión de Almodóvar en La piel que habito, en cartel en Montevideo) o directa cobardía intelectual, películas que bajo un aroma de profundidad olvidan plantear una historia comprometida, como sucede con Kiarostami en Copia certificada, ocupado en un tema de sobremesa intelectual “a la europea” donde prescinde del horror que viven sus colegas cineastas en Irán. Eso debería importarle un poco más...

     Todo lo contrario sucede con Balada triste de trompeta, que en clave simbólica muestra el terrorismo de Estado como un circo, y convierte al horror en la forma más idónea de construcción de un espectáculo. Alex de la Iglesia evoca aquí al Tarantino de Bastardos sin gloria, y también al Bob Fosse de Cabaret, mediante un espectáculo circense que es fiel reflejo de lo que acontece en una coyuntura sociopolítica signada por la violencia. Los espectadores recordarán al Hitchcock de Intriga internacional o Saboteadores gracias a una zona final donde los personajes se sitúan a alturas de verdadero vértigo, pero asimismo evocarán a Tim Burton en la atmósfera macabra conseguida mediante construcciones arquitectónicas que parecen salidas de un cómic, o a Emir Kusturica por el extremo barroquismo visual del relato. La sombra rectora de Kubrick planea mediante el macizo pesimismo que sobrevuela una historia que apela a la ultra violencia para señalar unos cuantos males de este mundo. E incluso se detectan huellas del Bertolt Brecht de Arturo Ui en este humorístico y descarnado descenso al horror del fascismo.

     Balada triste de trompeta es una muy buena excusa para ir al cine, porque su intensidad visual y su talentoso desarrollo estético piden a gritos la pantalla grande. Es una película cruda, bestial, desmelenada, imperfecta, pero apuesto por esa imperfección, por el gusto de arriesgarse al “todo o nada”. El cineasta vuelve a ocuparse del horror hispánico, construyendo un film visceral y hondamente político, en el que unos payasos malignos convierten al Guasón de Heath Ledger en un personaje cercano a Dumbo o Bambi. Nunca antes de la Iglesia había quemado las naves como lo hace en esta Balada, y por eso el autor merece mi respeto. Si además su película desborda talento, digamos que el plato está servido. Un plato reciamente condimentado, por cierto.              

         

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