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CUANDO LAS CIUDADES INUDAN LOS CURSOS DE AGUA por Isabel Viana

publicado a la‎(s)‎ 15 feb. 2014 9:17 por Semanario Voces

 


 

Hay inundaciones en Uruguay. Los diarios, los informativos titulan acerca del desastre y muestran imágenes de vastas extensiones de agua de las que sólo afloran algunas líneas de árboles, techos de casas, vecinos usando embarcaciones para circular por las ciudades. Los comentarios periodísticos estableces causalidades: las intensas lluvias y la consiguiente suba de nivel de ríos y arroyos. Destacan la labor de los organismos públicos que cooperan en la evacuación de las personas fuera de sus viviendas en riesgo y proveen a los evacuados de alojamientos de emergencia, ropa, alimentos y cuidados médicos. Los medios también apelan a la colaboración de  los conciudadanos,  invitándolos a brindar ayuda a las víctimas del desastre por la vía de donaciones. Se describe la situación el desastre como una situación imprevisible y única. Un Intendente dijo por radio esta semana:”… ¡con la naturaleza no se puede!”

Sin embargo, las inundaciones tienen ocurrencia anual en el Uruguay. Año a año suceden desbordes en distintas zonas del país, que dan lugar a acciones y comentarios similares. Algunas veces generan problemas localizados, que resuelve la colaboración de los vecinos, otras veces los impactos tienen escala urbana y sus efectos son atendidos por autoridades locales y departamentales. Con cierta periodicidad, que en nuestro caso es alta, los desastres adquieren escala nacional y requieren la participación activa del Estado para hacer frente a las situaciones generadas.

La creación del Sistema Nacional de Emergencia (SINAE), de los Comités Departamentales de Emergencia muestran la búsqueda de instrumentos para gestionar las crisis, pero mientras sucede y después que ocurre.

No obstante, lo más importante debe hacerse antes, desde la gestión territorial, en conocimiento de que las inundaciones pueden preverse, que existen regularidades en la ocurrencia de este tipo de fenómenos y que la reiteración puede ser anual, quinquenal, decenal, centenaria o lapsos mayores. Cuando hay grandes lluvias, el agua ocupa la totalidad de su cauce. Haya lo que haya en él. La memoria de los viejos pobladores y estudios geo-físicos en profundidad, habilitan la demarcación de los álveos por donde el agua corrió. Esas zonas deben ser categorizadas como no urbanizables y no edificables y corresponde a la administración impedir que esos usos se lleven a  cabo.

En Uruguay sobrevive el recuerdo de las inundaciones de abril de 1959: comenzó a llover en todo el territorio uruguayo a partir del 24 de marzo y no escampó hasta el 23 de abril. La Wikipedia dice al respecto: “… la exuberancia pluvial inundó poblaciones enteras, tiró abajo líneas telefónicas, alteró sustancialmente el sistema de transporte, creó serios problemas en el abastecimiento de energía eléctrica.”  La crónica no hace referencia al inmenso costo que el desastre significó para el país: cosechas perdidas, ganado muerto, fincas y calles y caminos destruidos, actividades frenadas, escasez de insumos básicos. En el Norte del país las lluvias registradas en ese mes de abril arrojaron un promedio algo superior a 600 mm en 20 días. Se generó la necesidad de evacuar a 45.000 personas y abandonar una ciudad entera (Paso de los Toros) que quedó cubierta por las aguas al volar un terraplén de la presa, para darle desagüe rápido. Ocurrió hace 55 años.

Si bien las lluvias y los consiguientes desbordes no se han reiterado en esa escala, es notable la serie de grandes inundaciones ocurridas en años recientes. Entre 1997 y 1998, durante casi nueve meses, prácticamente todo el litoral del río Uruguay permaneció bajo agua a causa de copiosas y persistentes precipitaciones. En junio de 2001, en la ciudad de Artigas fueron evacuadas más de 5.000 personas. En mayo de 2007, fueron evacuadas 12.000 personas en tres departamentos (Durazno, Soriano y Treinta y Tres). En el 2009 el país pasó de la intensa sequía a lluvias torrenciales, que obligaron a evacuar a 6000 personas de los departamentos del norte, noreste y el litoral.  En setiembre de 2013 Melo sufrió una de las peores inundaciones en 15 años.

Pero la situación del clima planetario y el conocimiento que del mismo tenemos, no es la misma hoy que en 1998. Hoy sabemos que la temperatura general de la atmósfera se está elevando y que esa modificación se expresa en cambios en distintas manifestaciones de los complejos componentes del clima global.

A fines de enero y comienzos de febrero de este año, tormentas gélidas asolaron Europa del Este, las olas destrozaron antiguos tendidos del ferrocarril costero a Cornwall en Inglaterra, duras marejadas azotaron la costa de Portugal (los peores desastres climáticos en 20 años) y se produjeron olas gigantescas en el Cantábrico y en Irlanda. En Estados Unidos, una tormenta ártica de nieve y viento helado congeló la costa este, hasta el sur profundo. En Argentina y Brasil las lluvias han provocado deslizamientos de tierras, inundaciones y cierre de carreteras. En el mismo lapso, también en Uruguay se multiplicaron las alertas  por tormentas fuertes. Una turbonada arrasó el pueblo de Tres Islas en Cerro Largo.

El Protocolo de Kyoto (Convención de las Naciones Unidas sobre Cambio, “… que los cambios del clima de la Tierra y sus efectos adversos son una preocupación común para toda la humanidad.” El 22 de Julio hará 20 años de la aprobación en Uruguay de la Ley 16.517/94. Hoy sabemos que el cambio climático incluye el calentamiento de la atmósfera global y genera efectos tales como modificaciones en el régimen de lluvias, cobertura de nubes, corrientes marinas, vientos y tormentas y otros fenómenos atmosféricos. Todos esos componentes del clima afectan las condiciones de un territorio para albergar vida.

Las recomendaciones globales definen dos tipos de acciones requeridas a los gobiernos: actuar de manera de minimizar las emisiones potencialmente generadoras de calentamiento global y adaptar el territorio y la sociedad a los cambios, de manera de minimizar los riesgos. Rigen los principios básicos de precaución, solidaridad y sustentabilidad.

En el país existen más de 700 centros poblados, grandes y pequeños. Pero por distintas razones la población ha migrado desde las áreas rurales y los pequeños poblados a las ciudades mayores. La Ley 10.723 de 1946, “de Centros Poblados” establece con total claridad en su artículo13, num. 3°: “Ningún predio y ninguna vía pública que sirva de único acceso a los mismos podrá situarse ni total ni parcialmente en terrenos inundables, o que estén a nivel inferior a 50 cms. por encima del nivel alcanzado por las más altas crecientes conocidas.”

La Ley no puede ser más clara y está vigente. La responsabilidad radica en los organismos que otorgan permisos de fraccionamiento de predios en las condiciones descritas, o que toleran, ocupaciones de tierras en esas situaciones. Sólo algunos intendentes han tomado medidas para impedir que las viviendas ilegales instaladas en el cauce de los cursos de agua sean reocupadas (con ayuda pública) una vez que el desborde desaparece. Y menos aún los que han tomado medidas para desalentar el regreso a las zonas que sufren inundaciones periódicas y proceder al reajuste de las mismas, estableciendo otros destinos para las áreas inundables.

Las inundaciones de hoy son distintas a históricas. Es así por dos causas: la primera es que llueve con mayor intensidad. La segunda es que la tierra urbanizada ha sido impermeabilizada: las calles, techos o aceras no permiten la absorción del agua que cae y ésta corre rápidamente hacia los cursos de agua. Es muy frecuente que los desagües antiguos no sean suficientes. La misma Ley de Centros Poblados establece que quien fracciona debe construir la totalidad de las  infraestructuras del área, entre ellas, las de alejamiento de aguas pluviales.

La tarea es enorme pero clara: las ciudades se van a seguir inundando mientras no las administremos de acuerdo al principio de precaución, consagrado en nuestras leyes.

 


iviana@adinet.com.uy

 


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