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DIEZ AÑOS SIN ANTHONY QUINN (1915-2001). Por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 13 jun. 2011 7:51 por Semanario Voces


El 85º aniversario del nacimiento de Marilyn Monroe eclipsó el viernes pasado el recuerdo de los diez años del fallecimiento de Anthony Quinn, un verdadero gigante de la actuación. El de Quinn fue un claro ejemplo de perseverancia. Nació en Chihuahua (21.04.1915) en medio del fragor de la revolución mexicana, y eso no es una metáfora: su padre Antonio Quintana luchó en las huestes de Pancho Villa y allí conoció a la soldadera Manuela Oaxaca, mexicana descendiente de aztecas. Pero cuando el futuro actor tenía cuatro años la familia se mudó a Los Ángeles en busca de mejor suerte. Sin embargo fueron años marcados por una pobreza absoluta, y más tarde Quinn recordaría que ya en 1920 comenzó a trabajar como recolector de frutas, jornalero, lustrabotas y vendedor callejero de periódicos. No pudo terminar los estudios porque en 1926 su padre murió, pero no se rindió: fue peón de hacienda, lavaplatos y cartero, y en los ratos de ocio dibujaba a las estrellas de cine inspirándose en las fotografías de los diarios. Luego les enviaba sus trabajos por correo. El único en responderle fue Douglas Fairbanks, que le dio diez dólares por el dibujo. Aprovechando su complexión robusta y su altura (1.88) practicó boxeo, pero en 1932 se casó con una mujer que lo doblaba en edad y lo introdujo en el estudio del arte y la filosofía. Cursó estudios de pintura y arquitectura y en una reunión conoció a la exuberante Mae West, que lo presentó en la Paramount, cambiándole la vida para siempre.

   Lo demás es conocido: Quinn debutó en una comedia de Harold Lloyd (La vía láctea, 1936) y hasta su última aparición como gangster junto a Sylvester Stallone (Avenging Angelo, 2001) trabajó en 167 films. Durante 16 años debió resignarse a labores secundarias en films pensados para Henry Fonda (Conciencias muertas), Tyrone Power (El cisne negro), John Wayne (Regreso a Bataan), Errol Flynn (Murieron con las botas puestas) o Gregory Peck (El mundo en sus brazos), de quien fue amigo toda la vida. Recién en 1952 alcanzó la cúspide con un tema mexicano cercano a su infancia: ganó el Oscar por el rol del pendenciero hermano de Marlon Brando en ¡Viva Zapata! A partir de entonces las cosas cambiaron. Le ayudó el cambio de aspecto físico al llegar su madurez, lo que le permitió memorables labores en roles de carácter. En un breve ramillete de recuerdos habría que citar al brutal Zampanó de La Strada (1954), el Gauguin de Sed de vivir (1956, segundo Oscar), el cowboy secretamente homosexual de Pueblo embrujado (1959), el guerrillero antinazi de Los cañones de Navarone (1960), el torturado Barrabás (1961), el jeque Auda Abu Tayi de Lawrence de Arabia (1962), la enorme fuerza de la naturaleza que desplegó en el rol de su vida en Zorba el griego (1964), el prisionero rumano convertido en soldado nazi en La hora 25 (1966), el Papa de origen ruso de Las sandalias del pescador (1968) y el alcalde borrachín de El secreto de Santa Vittoria (1969). Después vinieron tres décadas de papeles hechos “en piloto automático”, al decir de un colega, pero en medio de ellos hubo lugar para cuatro labores intensas: el tío del Profeta en Mahoma, mensajero de Dios (1977), el líder libio Omar Mukhtar en El león del desierto (1980), el Onassis de El magnate griego (1988) y el implacable personaje de Revancha (1990). Sus grandes trabajos están editados en DVD, esperando el reencuentro con los veteranos memoriosos y el descubrimiento de los más jóvenes. Es que Quinn desplegó como pocos una amplia e inolvidable gama de histrionismo y dramaticidad.          


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