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DOS GRANDES RECUERDOS DEL CELULOIDE. Por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 2 dic. 2011 8:12 por Semanario Voces
 

 

 

El lunes 21 de noviembre se cumplieron 80 años de la primera aparición de Frankenstein, la criatura imaginada por Mary Shelley como una suerte de “moderno Prometeo”. A su vez, el martes 29 se recordaron los 25 años de la muerte de Cary Grant, galán por antonomasia. 

 

UN MITO QUE NO MUERE.

 

     En medio del auge del naciente cine sonoro, la Universal decidió hacer una película de terror basada en la novela Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley (1818), pero en lugar de adaptar directamente el libro, el estudio adquirió los derechos de una obra teatral de Peggy Webling inspirada en el original de Shelley. La producción, a cargo de Carl Laemmle Jr., fue comenzada por George Melford, continuada por Robert Florey y definitivamente desarrollada por James Whale, que se supone filmó el 75% del material. La película fue presentada en una premiere de lujo el 21 de noviembre de 1931 y estrenada a nivel comercial a partir del 4 de diciembre.

     Lo que Frankenstein cuenta es la primera parte de la obra teatral de Webling, o sea las instancias de la creación de la criatura sin nombre (Boris Karloff) por parte del científico Henry Frankenstein (Colin Clive). Un grave error por parte del científico traerá nefastas consecuencias, ya que por equivocación la criatura recibe el cerebro de un criminal, y consecuentemente termina sembrando un pánico y terror mayores al que podría originar su fiero aspecto físico. El gran desafío para la gente de la Universal fue hallar el intérprete ideal para personificar al monstruo. Habían pensado en el húngaro Bela Lugosi, que acababa de conquistar el éxito mundial con Drácula, también rodada en Universal. Sin embargo, Lugosi rechazó el papel debido a que no tenía diálogos y a que se vería totalmente cubierto de maquillaje. Entonces fue escogido el británico Boris Karloff (1887-1969), actor de movimientos lentos y semblante pétreo, que saltaría al estrellato especializándose en la encarnación de seres monstruosos y científicos de aspecto claramente malévolo. En medio de una carrera eminente dentro del género de terror, Karloff interpretaría dos veces más a la criatura que le dio fama y gloria eternas. Un dato curioso: para el rol de la joven Elizabeth fue considerada la debutante Bette Davis, pero el papel quedó finalmente en manos de Mae Clarke.

     ¿Qué decir de Frankenstein que ya no se sepa? El film fue bien recibido por crítica y público, ha sido citado como uno de los diez mejores de 1931, y una de las 25 grandes producciones de la historia del cine de terror. Generó varias secuelas, la primera de las cuales (La novia de Frankenstein de James Whale, 1935) es superior a la original: en ella se aborda la segunda mitad de la obra teatral de Webling, con el Dr. Frankenstein emprendiendo la fabricación de una novia para el monstruo. Elsa Lanchester interpretó a la nueva criatura, y también a la novelista Mary Shelley, que en el prólogo explica a Percy Shelley y Lord Byron lo que ocurrió después de lo que relata en su libro. Derivados y remakes desprestigiaron poco a poco a esos dos talentosos originales de inicios del sonoro, hasta que una notable sátira (El joven Frankenstein de Mel Brooks, 1974) y una lúcida puesta a punto del original literario (Frankenstein de Kenneth Branagh, 1993) pusieron las cosas en su lugar. Más allá del antecedente expresionista de El Golem (Paul Wegener, 1920), los dos films de Whale convirtieron a la criatura en un verdadero mito popular, y en punto de partida para la eterna pregunta del cine de horror científico: ¿quién es el verdadero monstruo, la criatura surgida del experimento o el creador que le da una vida que no corresponde? En ese dilema se halla el secreto de la total vigencia de Frankenstein, un mito que se niega a morir.       

EL GALÁN DEL CINE.

 

     Su verdadero nombre era Archibald Alexander Leach, pero como Cary Grant fue uno de los astros más populares de su época por su indudable atractivo físico, su encanto natural, su elegancia y su agudeza. Nacido en Bristol (18.01.1904), Grant tuvo una infancia infeliz y agitada. A los 14 años fue expulsado del secundario debido a un confuso incidente, relacionado con los vestuarios de las alumnas. En 1919 se incorporó a una compañía teatral, con la que llegó a Nueva York un año después, y a Hollywood en 1931. Allí comenzó a usar el nombre artístico que le daría fama en el vodevil y casi de inmediato en el cine. Con él vendrían el éxito, la gloria y otros “valores agregados”: un arraigado alcoholismo, superado a través de controvertidas sesiones psicodélicas; su rol de acérrimo defensor y divulgador del LSD en el mundillo de Hollywood; sus cinco matrimonios, uno con Dyan Cannon, con quien tuvo su única hija, Jennifer; y su larga relación con el actor Randolph Scott, con quien compartió casa durante doce años y estuvo relacionado hasta su muerte (29.11.1986), dando pie con ello a un sinfín de especulaciones sobre la verdadera orientación sexual del legendario comediante y el rudo cowboy de las matinées.

     Grant fue nominado dos veces al Oscar pero no lo ganó, prueba de la legendaria ceguera de los miembros de la Academia. Para paliar el desastre, en 1970 se le concedió una estatuilla especial en reconocimiento al conjunto de su carrera: en Youtube pueden encontrarse las imágenes de esa instancia, con un muy emocionado Grant recibiendo el galardón de manos de Frank Sinatra. Sin embargo, su eminente pasaje por la pantalla daba más que para un premio consuelo. 72 títulos entre 1932 y 1966, en una carrera iniciada como secundario en Paramount, estudio en el que rápidamente logró el mayor de los sucesos. En 1937, en el momento de su más elevada cotización como comediante sutil, Grant no renovó contrato con la empresa de la montaña, emprendiendo en forma valiente una carrera free lance, con libertad en la elección de films. No se equivocó, porque talento le sobraba para mantener el estatus y ampliar su registro interpretativo, con una mayor autenticidad en la madurez, sin renunciar por ello a la inteligente sofisticación que siempre fue su marca de fábrica.

     Compartió cartel con mujeres eminentes: Mae West, Marlene Dietrich, Katharine Hepburn, Irene Dunne, Joan Fontaine, Rita Hayworth, Rosalind Russell, Ingrid Bergman, Marilyn Monroe, Grace Kelly, Sofía Loren, Deborah Kerr, Audrey Hepburn, entre otras. Sin embargo, los quilates de Grant deben medirse por los realizadores a los que estuvo vinculado y los films que para ellos interpretó: Josef Von Sternberg (Venus rubia), George Cukor (Una muchacha sin importancia, Vivir para gozar, Pecadora equivocada), Norman McLeod (Fantasmas bohemios), Leo McCarey (La pícara puritana, Algo para recordar), George Stevens (Gunga Din, La canción del recuerdo, Tres contra todos), Howard Hawks (Domando al bebé, Sólo los ángeles tienen alas, Ayuno de amor, La novia era él, Vitaminas para el amor), Alfred Hitchcock (La sospecha, Tuyo es mi corazón, Para atrapar al ladrón, Intriga internacional), Frank Capra (Arsénico y encaje antiguo), Stanley Donen (El beso del adiós, Indiscreta, La mujer que quiso pecar, Charada) y Blake Edwards (Sirenas y tiburones), por sólo citar los mejores. Esos nombres y títulos dicen todo: en ese lote hay mucha emoción para revivir.           

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