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DOS TALENTOSOS QUE NAVEGAN POR RUTAS DIFERENTES. por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 21 feb. 2012 14:28 por Semanario Voces
 

 

 

La invención de Hugo Cabret (Hugo), USA 2011. Dirección: Martin Scorsese. Libreto: John Logan basado en novela de Brian Selznick. Fotografía: Robert Richardson. Música: Howard Shore. Con: Asa Butterfield, Chloë Grace Moretz, Ben Kingsley, Sacha Baron Cohen, Christopher Lee, Ray Winstone, Jude Law. Estreno: 3 de febrero. Calificación: Muy buena.

 

Caballo de guerra (War Horse), USA 2011. Dirección: Steven Spielberg. Libreto: Lee Hall y Richard Curtis, basados en novela de Michael Morpurgo. Fotografía: Janusz Kaminski. Música: John Williams. Con: Emily Watson, David Thewlis, Peter Mullan, Jeremy Irvine, Niels Arestrup. Estreno: 10 de febrero. Calificación: Aceptable.

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CREADORES DISPARES. Los estrenos de La invención de Hugo Cabret y Caballo de guerra provocan curiosas reflexiones. Las dos películas compiten para el Oscar (la primera en once candidaturas, la segunda en seis) y ambas pertenecen a pesos pesados que son, además, compañeros de generación: Martin Scorsese nació en 1942 y Steven Spielberg en 1946. Los dos aman profundamente al cine. Sin embargo hay algo, quizás sus orígenes familiares (Scorsese católico, Spielberg judío), que los distingue de manera irreversible. Esa diferencia se notó desde el principio.

     Si hubiera que definir en pocas palabras a Scorsese, debería calificárselo como autor de un cine comprometido dentro de los parámetros de la industria. Perteneció a la generación universitaria, aquellos cineastas que no siguieron los caminos tradicionales (trabajo previo en TV o grandes estudios) para acceder a la pantalla grande. Su cine bebe en el neorrealismo italiano, y a ello sumó una visión torturada de los ambientes y seres que lo pueblan. Lo dijo una vez: “Estoy obsesionado por contar historias en cine, pero más me interesa mostrar personajes problemáticos en la pantalla”. Vaya si los mostró, y con ellos dio una serie de títulos imborrables del Hollywood contemporáneo: Calles peligrosas, Alicia ya no vive aquí, Taxi Driver (su obra maestra), Toro salvaje, El rey de la comedia, Después de hora, Buenos muchachos, Kundun, Pandillas de Nueva York, Los infiltrados, La isla siniestra. También luchó por preservar los films rodados según el procedimiento Eastman-Kodak, que con el paso del tiempo se decoloraron en forma irreversible. Lo suyo es una cruzada por amor al cine.

     Lo de Spielberg también es amor, pero de otra índole. El otrora “joven maravilla” es un hacedor de magia. La originalidad no es uno de sus méritos, pero es indudable que sabe hacer cine. Tiene notable oficio, y aún en sus fracasos importa, porque sintetiza la generación más exitosa de Hollywood: la que incorporó la tecnología a la pantalla, un peligro y un desafío. Lo mejor de su obra tiene que ver con la cualidad lúdica de sus historias aventureras: Reto a muerte, Tiburón, Encuentros cercanos del tercer tipo, Los cazadores del arca perdida, E. T., Jurassic Park, Sentencia previa, La guerra de los mundos. En cambio, cada vez que se puso serio y quiso ser profundo tropezó (El imperio del sol, La lista de Schindler) o cayó (El color púrpura, La terminal). Y cuando ese cine funcionó, curiosamente terminó generando dos fracasos de taquilla: Amistad y Munich. Quizás por eso Spielberg sigue siendo un niño grande y juguetón, aunque ya no tenga edad para serlo: Las aventuras de Tintín es un fracaso, excepto en los rubros técnicos. Y ahora parece decantarse hacia la nostalgia por el cine de antaño.

 

CABALLO Y NIÑO. El equino se llama Joey, y a poco de nacer es adquirido por un agricultor inglés. Su tozudo hijo Albert decide adiestrar al brioso corcel para ayudar a cultivar la tierra, y de ese aprendizaje surge una relación de amistad profunda entre el joven y el animal, la cual se verá súbitamente interrumpida por el inicio de la Primera Guerra Mundial. A partir de allí la narración seguirá la historia del caballo a través del contacto con sus circunstanciales dueños. Por más que los medios técnicos sean los de hoy, el resultado del Caballo de guerra de Spielberg es incurablemente vetusto. Esta es una película hecha 70 años después de lo debido, e imagino a Elizabeth Taylor, Mickey Rooney y Roddy McDowall poblando esta historia sensiblera, con grueso trazado de personajes, giros argumentales previsibles y una banda sonora de John Williams tan omnipresente y molesta como las de sus pares de antaño. Spielberg bebe en el cine de ayer, pero esto no es un homenaje sino una fantasmal clonación, no usa el pasado para proyectarse hacia el futuro, sino que se mece en la nostalgia por la nostalgia misma. Los primeros 45 minutos parecen pensados exclusivamente para un público que supere los 65 años de edad. Después viene la guerra y allí de a ratos surge el Spielberg valioso, capaz de infundir un bienvenido tono épico a varios fragmentos violentos (una carga de caballería, la corrida de Joey por trincheras y campos bombardeados). Pero fuera de eso nada más. Son 146 minutos que no aburren, porque atrás de la empresa hay un cineasta habilidoso, pero que resultan un exceso, un capricho personal de quien usa los lujos técnicos de hoy para hundirse sin motivo alguno en la cursilería de anteayer.    

     El de Scorsese en cambio es un camino diametralmente opuesto y posibilita una gran película. Hugo Cabret es un huérfano de doce años, que vive escondido en la estación ferroviaria de Montparnasse en París, en 1931. Posee un autómata (un antecesor de los robots) que su padre le dejó al morir, pero necesita una determinada llave para hacerlo funcionar. La misma le pertenece a una joven de idéntica edad, ahijada de un viejo y misterioso personaje que posee un kiosco en la estación, y que será clave en todo este asunto. Los grandes directores son capaces de transformar un material ajeno y convertirlo en algo personal. En La invención de Hugo Cabret Martin Scorsese concreta un certero homenaje al pionero del cine Georges Méliès, y de paso construye la película que el propio Méliès hubiera rodado si los medios técnicos de su época (1896-1912) se lo hubieran permitido. El resultado es una carta de amor al cine, pero además propicia una nueva advertencia de Scorsese sobre un tema que lo obsesiona: la preservación del legado fílmico. La película tiene un tono de fábula familiar, sin insultar por ello la inteligencia del público pre-adolescente a quien en principio está dirigida, pero además conquista a los mayores por su belleza visual y la excelente utilización del 3D, que en este caso es un componente esencial, con dimensiones casi coreográficas, ampliación de la profundidad de campo, vertiginosos travellings y virtuosismos de fotografía y diseño de producción a cargo de Robert Richardson y Thelma Schoonmaker respectivamente. Con todo ello la mirada de Scorsese equivale a la de Hugo, es la eterna visión ingenua ante la fascinación de las imágenes móviles en una pantalla. El chico busca desesperadamente el engranaje que le permita conectar con otro universo (el de su fallecido padre, mediante el autómata), y con su film Scorsese recupera un universo que bebe en Dickens, mientras se regodea en el placer de contar una historia con pasión genuina, rescatando el pasado para mirar mejor hacia adelante. La invención de Hugo Cabret está hecha por y para quienes sienten que el cine es reflejo de su intimidad, un arte que conecta con nuestras propias vivencias y emociones. Quizás por eso la clave para poner en funcionamiento al autómata, y de paso entender la gesta de los pioneros del cine, sea un mecanismo en forma de corazón.

    

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