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Educación Entre el desconcierto y el “golpe de estado” Por Leonardo Ferrer

publicado a la‎(s)‎ 17 jun. 2011 11:02 por Semanario Voces


Lluvia de ideas

La lluvia de ideas es una dinámica que se usa para evitarse el trabajo de construir una. Y eso es lo que parece estar sucediendo en relación a la cuestión educativa. A diario nos enteramos de propuestas oficiales o extraoficiales algunas buenas pero descontextualizadas, otras francamente peregrinas o simplemente triviales.

En efecto: desde la idea de instaurar la figura del “acompañante par” hasta la de aumentar horas de clase y otras un tanto vagas tales como la creación de “espacios abiertos de cooperación educativa”, trasmiten a quienes viven el problema en carne propia - padres y docentes- una sensación de incredibilidad.

 

Un mini golpe de estado

En el marco de ese estado de ánimo, en los últimos días la Directora de un Liceo decidió incursionar en un camino aparentemente opuesto al de la “lluvia de ideas” y pasar “del dicho al hecho”. Se reveló contra las autoridades y tomó las medidas que consideró oportunas para el logro de los objetivos del sistema.

Las medidas no tuvieron (ni lo pretendieron) el objetivo de renovar. En ningún momento se analizaron las razones de fondo de la catastrófica situación que ella misma describe de su liceo. La medida no tuvo aspiración de Revolución sino más bien de Golpe de Estado. Y bien: ese pequeño mini golpe podría carecer de importancia si no fuera porque deja al desnudo una realidad: el fracaso de la “lluvia de ideas” y la necesidad perentoria de arribar a una. Porque si el desplante ha encontrado oposición, también levantó simpatías y ello no debe extrañarnos; cuando los problemas se eluden -en este como en otros asuntos- llega el momento en que prima la idea de que es bueno al menos “hacer algo”. Y eso hizo la Directora.

 

¿Por dónde empezar si se pretenden soluciones reales?

Para construir una propuesta educativa coherente, en la que cada medida se complemente con las otras y todas se compongan en una estructura única, es preciso acordar en la educación que se pretende. En qué frutos deseamos para saber qué árbol plantamos. Eso no ha sucedido, jamás el tema del carácter de la educación ha sido puesto sobre la mesa. Por lo menos a la luz pública.

Desde mi punto de vista una buena educación significa personas más realizadas como tales; mujeres y hombres “con la capacidad de hacer efectiva la libertad personal, participando con sus características peculiares en la vida comunitaria”. En efecto, la persona no nace, se hace, y se hace mediante la educación; todo lo que es como persona lo ha aprendido, comenzando por la propia lengua y todo lo que pueda ser lo será mediante la educación.

 

Si queremos personas realizadas como tales, educaremos de modo de contribuir al desarrollo de jóvenes curiosos, investigadores, entusiasmados ya sea por una ciencia, por  un arte, por un deporte o por el dominio de una técnica; jóvenes poseedores de enthousiasmos, de ese sentimiento potente y permanente que está en el origen de la actividad creativa. En la misma línea una educación deseable debería tener por resultado una “clase adulta” poseedora de una cultura abierta, mujeres y hombres capaces de disfrutar una novela, una pintura, un concierto o la noticia de un descubrimiento científico, y muy particularmente mujeres y hombres capaces de resolver problemas.

 

La realidad

Cualquier observador de la realidad sabe que estamos lejos de ello.

La inmensa mayoría de nuestros jóvenes está a años luz del enthousiasmos, ya sea por el arte, por la ciencia u otras formas de vivencia creativa. Cuando lo están, ese entusiasmo no coincide con los objetivos de la educación formal; finalmente los pocos entusiasmados con alguna de sus propuestas se lo deben no a la escuela (en un sentido general) sino al medio familiar.

La televisión chatarra consumida por los adultos casi por unanimidad, es un termómetro cultural que no perdona; la cultura de la clase adulta (incluyendo la culta) es en términos generales lamentable. Por su parte la capacidad de resolver problemas es muy baja; ejemplo de ello es justamente el pantano en que se encuentra la educación formal, pero también lo son desafíos más modestos, como recoger la basura de la ciudad (por lo que se sabe se planifica transformarla en un gran espacio de reciclaje) y las buenas ideas, que muchas veces las hay, se ahogan en el pantano de “mandos medios”

-no tan medios- ganados por la mediocridad.

Si mal o bien muchas cosas siguen funcionando, no es gracias a la educación formal sino a pesar de ella, es porque el ser humano tiene una necesidad interior de investigar y construir que por suerte en muchos casos la sobrevive.

Pero si la educación formal no se pone a tono con las necesidades sociales y personales actuales, luego de las señas de semáforo se quemarán los fusibles.

 

En el camino de una propuesta

 

Hoy hay que educar para el desarrollo de la capacidad de proyecto; la educación actual debe ser de tendencia proyectiva; Mientras el educando se continúe concibiendo como un mero beneficiario compulsivo del proceso educativo, la educación formal no saldrá del punto muerto. Educar para el desarrollo de la capacidad de proyecto es la base ideológica necesaria para una transformación radical y total de las instituciones educativas. Es preciso construir un sistema que a la vez asegure un piso instructivo firme para todos y no tenga techo para el que quiera elevarse. Y ello no se logrará con medidas administrativas, incluyendo la navegabilidad por el sistema.

Si acordásemos en entender el término educar como ex ducere conscientes de la transición social en que vivimos, con ese simple acuerdo, las medidas prácticas surgirían a raudales y los diferentes actores educativos, docentes, padres y hasta quienes manejan los medios de comunicación, encontraríamos naturalmente el modo de apuntar en una misma dirección. ¡Y de pronto quien dice si no nos termina yendo bien en las Pruebas Pisa!..


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