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EL BERGMAN INICIAL: Importante ciclo en Sala Cinemateca Por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 11 may. 2013 12:07 por Semanario Voces
 

Si el cometido básico de cualquier cinemateca es preservar sus archivos fílmicos, la Cinemateca Uruguaya viene cumpliendo esa tarea en forma constante desde hace décadas. El cuidado por las imágenes que cimentan la cultura y la historia de un país, y por extensión del resto del planeta, forma parte del patrimonio cultural de cada nación. Pero además desde mediados de los años 70 la Cinemateca Uruguaya ha cumplido una segunda función igualmente importante, la de ser un cine club, exhibiendo títulos que por diversas razones estarían vedados al público en general. Esa difusión puede ser en base a la obtención de films inéditos en nuestra plaza, lanzados en calidad de estreno (lo que actualmente va en Cinemateca 18) o la preparación de ordenados ciclos históricos sobre cineastas, intérpretes o determinadas corrientes cinematográficas. Con la suma de ambos criterios se intenta mantener al día al asociado respecto al cine actual, y “formar” estética y conceptualmente a los jóvenes en el cine valioso de un pasado más o menos lejano. En ese plan, el socio veterano accede también a diversos grados de nostalgia.  

     Por eso parece fundamental el aporte que brindará un ciclo como “El Bergman inicial”, que ha comenzado en la Sala Cinemateca de la calle Lorenzo Carnelli el martes 30 de abril, y que continuará hasta el viernes 10 de mayo inclusive. Ese ciclo estará revelando las bases profundas de algo que más tarde muchos catalogaron como “la obra genial del mayor cineasta de la historia”. Elogios aparte, está claro que el ciclo parece una oportunidad inmejorable para los jóvenes de “iniciarse” en Bergman, o revisitarlo si uno ya peina canas. Desde hace años se afirma –y es difícil no estar de acuerdo en ello- que la obra del maestro sueco puede dividirse en cuatro períodos bastante definibles: uno inicial, sobre mujeres jóvenes que buscan el amor y generalmente fracasan, que comenzaría con Crisis (1945) y terminaría con Sonrisas de una noche de verano (1955); una segunda etapa, más metafísica, iría desde El séptimo sello (1956) a El silencio (1963); la tercera vertiente arrancaría en Persona (1966) y se extendería hasta El huevo de la serpiente (1977), abordando tormentos interiores y situaciones muy traumáticas de sus personajes; y un último período se extendería desde Sonata otoñal (1978) hasta Sarabanda (2003), incluyendo los films realizados para la TV sueca, con el común denominador de la suprema aceptación de la vejez.

     El período inicial del director, que ocupa una década, está integrado por 16 títulos de variado nivel, aunque ya en él pueden detectarse algunas tempranas obras maestras. La programación que exhibirá Cinemateca consta de nueve títulos, y claramente pretende bucear en el tono premeditadamente menor de una obra que luego pasaría a mayores. Desde ese punto de vista, hay ausencias fácilmente explicables: Juventud, divino tesoro, Noche de circo y Sonrisas de una noche de verano no están porque ya son obras mayores; por no disponer de copias faltan a la cita Llueve sobre nuestro amor, El demonio nos gobierna y Esto no ocurre aquí. La ausencia de Mujeres que esperan se debe a que fue exhibida un mes atrás, y parece lógico evitar su reiteración.

     Pero en lo que queda no hay desperdicio, y eso se detecta ya en El sádico (1944), film de Alf Sjöberg libretado por Bergman, historia de dos adolescentes cuya relación amorosa se ve entorpecida por un docente. Ese tema será casi constante en este ciclo:

En Crisis (1945) una joven provinciana se traslada a Estocolmo a vivir con su madre. Allí descubrirá el amor, pero también las amarguras de la vida y de un mundo hostil.

En Barco a la India (1947) un marino hace la vida imposible a su esposa, mantiene como amante a una cabaretera y ve cómo todo se le viene encima cuando un inicio de ceguera lo deja a merced de quienes lo detestan.

En Música en la noche (1948) una joven debe rescatar su relación amorosa con un pianista ciego de la maledicencia del entorno en que viven.

En Puerto (1948) un marinero salva a una obrera del inminente suicidio, surge el amor pero también el choque con madres frustradas y asistentes sociales incomprensivas.

En Sed de pasiones (1949) se juntan dos líneas anecdóticas (una pareja desavenida, otra mujer al borde del suicidio) para descubrir que la soledad es inevitable, y que sólo puede tolerarse en pareja, siempre y cuando se acepten las limitaciones del caso.

En El fracasado (1949) se evocan vida y sueños de un violinista de sinfónica como método para explorar el desarrollo y el dramático final de una relación sentimental.

En Un verano con Mónica (1952) dos jóvenes huyen hacia las aventuras que ofrece el estío, pero todo está narrado desde una óptica pesimista y dura, eminentemente física y anti romántica, en torno a una pareja sobre la que pende un macizo fatalismo.

En Una lección de amor (1954) reaparece una pareja en crisis, en medio de un viaje en tren y una reconciliación final donde inesperadamente triunfan el humor y la ironía.

En Confesión de pecadores (1955) la doble historia de una agente de modas y su joven modelo sirven para retratar dos aspectos de una misma búsqueda de felicidad.

     Como puede observarse, el tema de las relaciones amorosas juveniles perturbadas o directamente destruidas por la vida y sus secuaces (los adultos, los cánones sociales, la doble moral) predomina en estos films, pero hay otros detalles que deben verse. Las influencias personales y estéticas del joven Bergman son fundamentales para entender los inicios de su carrera. A nivel personal, apuntar una vez más la presencia rectora de su padre, severo pastor protestante que impuso un clima sumamente puritano y austero a la infancia y educación del hijo. También se ha dicho que a Bergman lo marcó la guerra, alguna juvenil y desafortunada decisión (su fugaz coqueteo con el nazismo) y el suicidio de un joven amigo. Esa carga íntima se complementó a nivel artístico por el cine sueco que le fue revelado desde niño, pero también por el realismo poético francés (Carné, Duvivier, Renoir, Feyder), su matrimonio inicial con la bailarina Elsie Fischer, que le brindó una visión más amplia de otras áreas del arte escénico, y el neorrealismo italiano, claramente distinguible en Puerto, mientras que el realismo de los ambientes conecta al joven Bergman con la obra del documentalista Gosta Werner.

     El espectador también podrá distinguir en germen una futura constante del Bergman mayor, la determinante superioridad de las mujeres frente a los hombres, ya que no sólo dominan las situaciones en general, sino que en un plano específico y fundamental son ellas quienes digitan las relaciones sexuales. De ahí que en este bloque quienes marcan presencia son las primeras musas del cineasta (Eva Dahlbeck, Maj-Britt Nilsson, Harriet Andersson), por encima de sus colegas masculinos, que cobrarán más fuerza a partir de 1956. También es bueno advertir que dentro de este período hay un sutil pero visible perfeccionamiento de enfoques, que va desde iniciales planteos melodramáticos con malvados fácilmente detectables y un Destino casi fatal (de Crisis a Puerto), a una verdadera concepción pesimista del mundo, sumido en la eterna lucha entre el bien y el mal. Eso proyectaría de lleno a Bergman hacia su etapa metafísica, iniciada con El séptimo sello, aunque ya en estos títulos iniciales accedió a una forma de madurez en films como El fracasado y Un verano con Mónica, que de alguna forma son un triunfo personal en cuanto a la elocuencia en el manejo de las imágenes, la economía expresiva y la penetrante observación psicológica de personajes y situaciones. No conviene perder este ciclo, cuyos films se exhiben en espléndido soporte digital.                 

                     

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