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EL CABALLERO DE UN CABALLERO: 20 años de “Lo que queda del día”. por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 29 jun. 2013 11:26 por Semanario Voces
 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

Jorge Abbondanza comentó cierta vez, haciendo gala de su habitual precisión, que “los ingleses tienen una frase hipócrita para definir a un mayordomo: el caballero de un caballero. Aluden con ello a la compostura, la conducta impecable y el airoso acento con que habla la gente de ese oficio, aunque con ello no dicen que en verdad se trata de un sirviente”. Esa incómoda situación quedó claramente reflejada en Lo que queda del día, film que cumple dos décadas luego de dividir a la crítica, que no dudó en calificarla de “obra maestra”, pero también de “anticuado producto formal”.   

     La película cuenta la historia de Stevens (Anthony Hopkins), mayordomo perfecto que comanda el ejército de sirvientes, cocineros y limpiadores que trabajan en el castillo de Lord Darlington (James Fox) en 1935. Pero más allá que Stevens sea un empleado modelo, lo que lo distingue del resto de sus colegas es su capacidad para ignorar voluntariamente lo que dicen o hacen sus patrones. En esa actitud no debe registrarse un premeditado doblez de su parte, sino que es la lógica consecuencia de la educación que ha recibido desde la cuna: lo que hagan o dejen de hacer los señores no le corresponde conocerlo, y mucho menos juzgarlo. La consecuencia de tal conducta es atroz, porque implica que Stevens renuncia a las emociones, y sólo vive en función de sus tareas cotidianas. Por eso le tienen sin cuidado las simpatías pro-nazis de Lord Darlington, y no lo afecta demasiado pasar a depender más tarde de un amo estadounidense nuevo y más joven (Christopher Reeve). Lamentablemente tampoco sabrá advertir a la sugestiva Miss Kenton (Emma Thompson), el ama de llaves que poco a poco se enamora de Stevens sin que éste lo advierta. Cuando se percata de ello ya es muy tarde, porque ese despojo viviente ha sido educado para reprimir todo impulso humano, robotizado por una clase dominante a la que sólo le interesa disponer indefinidamente de sus servicios.

     Stevens es uno de los personajes más complejos y fascinantes de la historia del cine británico. Como ser humano es una nulidad, pero sin embargo cumple con su deber a la perfección. Aunque a primera vista no lo parezca, tiene reminiscencias del coronel Nicholson que Alec Guinness compuso en El puente sobre el río Kwai de David Lean, ya que ambos ejercen un admirable control en todos los tejes y manejes de su profesión, aunque la consecuencia de esa destreza termine por derivar en una abyecta forma de la subsistencia y la obediencia debida. Por si fuera poco, en esa vorágine Stevens ha perdido todo rastro de libertad individual, y aunque no le han borrado sus sentimientos, sí le bloquearon la facultad para manifestarlos. Así Stevens perderá a Miss Kenton, quien pudo ser el amor de su vida, dejándola ir en silencio, sin traicionar jamás su impecable formalidad.

     Lo que queda del día está basada en una gran novela del japonés Kazuo Ishiguro, que en ella parece querer ridiculizar un determinado concepto de Gran Bretaña. La reserva con la que se asocia habitualmente a un cierto sector social de los ingleses se revela en su novela como un ocultamiento fallido de las emociones, y es esa intención de Ishiguro la que el film captura a la perfección, más allá de su premeditado detallismo formal. El resultado es una cumbre del director James Ivory, su productor Ismail Merchant y la libretista Ruth Prawer Jhabvala, que ya antes habían clavado el puñal, con mayor o menor suerte, en varias taras de la sociedad anglosajona: Los europeos y Amarás a un extraño, sobre Henry James, Un amor en Florencia, Maurice y La mansión Howard, sobre E. M. Forster. Pero en ninguno de esos casos habían logrado una comprensión tan íntima y penetrante de un original literario eminente.

     La inteligencia de los autores se revela fundamentalmente en el enfoque que hacen de Stevens, omnipresente en cada escena del film. A pesar de su evidente ambigüedad (o quizás debido a ella), en lo que Stevens nos revela se entremezclan elementos de contradicción, disimulo y mala memoria. Debido a la dependencia de Stevens al ocultamiento, el espectador se ve obligado a concentrarse en otros factores, que hacen que a la larga el mayordomo no parezca del todo confiable, en especial en lo que respecta a las reacciones de los demás personajes ante muchas de las situaciones narradas. En ese aspecto Miss Kenton resulta muy valiosa a la hora de detectar las grietas subyacentes en esa actitud tan “profesional” del protagonista.

     Parece haber un divorcio entre los hechos que la cámara nos muestra y cómo Stevens los siente. Por ese camino película y novela reflejan los límites de la memoria pública y privada, y es por allí que se cuelan algunas reflexiones que con frecuencia tienden a olvidarse: por ejemplo, que alguna vez la relación entre Gran Bretaña y la Alemania nazi fue muy distinta de la que registran hoy los libros de texto. Pero al mismo tiempo que el film duda de la historia oficial, también deconstruye la fiabilidad de la historia personal, y por ese camino Ivory, Merchant y Jhabvala arriban al núcleo de la propuesta de Ishiguro: la memoria personal es una descripción de la Historia tan insatisfactoria como la memoria pública, y la verdad yace en un lugar intermedio entre la subjetividad sesgada del relato personal y la objetividad -más allá de límites- del recuerdo público.

     En medio de ello se debaten Stevens y Miss Kenton, que buscan, sin saber muy bien cómo, la compensación o el consuelo por pérdidas o errores del pasado. La mujer exhibe una profunda sed de consuelo y verdad, y descubre las tensiones que hay entre ambos. Es por ella que llegamos a compadecernos de Stevens, que en ningún momento lleva a buen término la búsqueda de alguna clase de verdad emotiva o personal. La relación entre ambos protagonistas es la mayor genialidad del film, porque va quedando en el aire a través de un ramillete de escenas bellísimas, que marcan los encuentros casi mudos de una pareja destinada a fracasar por inacción, mientras los sutilísimos avances de la mujer son vencidos uno a uno por la estólida rigidez del hombre. Esa delicada tela de araña envuelve a su vez al retrato colectivo que rodea a Stevens y Miss Kenton, y es un segundo logro imperecedero del film. El tercero es su magnífico elenco, presidido por la extrema agudeza de Emma Thompson y la proeza de Anthony Hopkins en el mayor rol de su ilustre carrera. Del habitual gesto impermeable hasta la incomodidad reflejada al verse descubierto leyendo un libro inesperado, o la mirada patética lanzada desde el ómnibus al comprender sin palabras que perdió para siempre a Miss Kenton, lo de Hopkins es para el mejor de los recuerdos, y comunica al espectador la definitiva tristeza de una vida tirada por el suelo, entre la rutina, el infortunio y la mansedumbre. Lo que queda del día es un film que no debería olvidarse.

 

Cuadro: CORTO URUGUAYO GANA TRES PREMIOS EN FLORIANÓPOLIS.

 

     Uruguay y Argentina se llevaron los máximos premios del Florianópolis Audiovisual Mercosul 2013. El corto uruguayo Monstruo de Carlos Morelli recibió tres trofeos, dos de ellos para sus actores Roberto Jones y Roberto Suárez, y un tercero para el fotógrafo Diego Varela. Por su parte, el corto argentino Lobo está de Hugo Curletto y Marcos Altamirano también se hizo acreedor a tres galardones (mejor corto de la muestra, mejor ficción y mejor montaje). El largometraje documental vencedor fue Dossier Jango de Paulo Henrique Fontenelle, sobre la sospechosa muerte por paro cardíaco del derrocado presidente brasileño Joao Goulart. El film se exhibirá en octubre en el Festival de Cine de Montevideo, donde será presentado por el hijo del fallecido político.         

 

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