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EL ESPÍRITU VIVO DE JACQUES TATI. por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 10 oct. 2011 9:53 por Semanario Voces
 

 

 

El ilusionista

(L’Illusioniste), Francia 2010. Dirección: Sylvain Chomet. Libreto: Jacques Tati, adaptado por Sylvain Chomet. Film de animación. Estreno: 6 de octubre. Calificación: Muy buena.

 

     Formado en el music hall y el varieté, Jacques Tati (1909-1982) dejó en cine una obra escasa pero importante: seis largos de rigor y pureza únicos sirvieron para darle un lugar preferencial en la historia del séptimo arte. Tati (como Chaplin, Keaton, Allen y los verdaderos grandes) fue un autor total: actor, director, libretista y productor, su figura quedó asociada para siempre con la creación del legendario Monsieur Hulot, incansable perseguidor de un mundo utópico, más civilizado, habitable y humano, y tenaz combatiente de la frivolidad y globalización de una cultura “moderna” que merece calificativos más impiadosos. Homero Alsina Thevenet decía que “Tati captó como nadie el paso del tiempo y la evolución del mundo”, y tenía razón.

     Todo esto para decir que es imposible referirse a El ilusionista sin mencionar a Tati. Es que este segundo largo animado de Sylvain Chomet (Las trillizas de Belleville) está basado en un libreto escrito por Tati en 1956, y que nunca pudo llevar a imágenes. Pero además el propio Tati es el protagonista de la historia, en versión animada por supuesto. El ilusionista del título es un viejo mago triste, solitario y final, que medio siglo atrás comienza a sufrir los cambios de gusto del público y la aparición de espectadores nuevos, que ya no serán los suyos. El music hall se derrumba y no queda audiencia para su mágica rutina. Intenta resolver sus problemas por medio de una gira a Inglaterra, pero llegado a Londres la realidad le abofetea el rostro: las adolescentes histéricas sólo tienen ojos y oídos para una nueva actuación de Los Britoons, cuatro jóvenes sospechosamente parecidos a Los Beatles. Viaja entonces a Escocia, y en un pueblito perdido encuentra nuevo público en los parroquianos de una taberna. Allí conocerá a una muchacha pobre e ingenua que descubre en él un mundo desconocido, tan ancho como ajeno. Así, dos solitarios unirán fuerzas (¿o debilidades?) contra las intemperies de la vida. 

     En El ilusionista Sylvain Chomet suplanta el vértigo a ritmo de jazz de Las trillizas de Belleville por una melancolía que vuelca enormes dosis de escepticismo sobre las bondades del mundo que nos ha tocado vivir. Quizás por eso cuando el protagonista entra a un cine y ve a su clon de carne y hueso, lo que se proyecta en pantalla es una escena de Mi tío, porque allí Tati se preocupaba del viejo París que se perdía en la automatización y uniformidad de la nueva ciudad. Ese tema está indirectamente aludido en El ilusionista, que se detiene a reflexionar sobre el paso del tiempo, la inadecuación de los personajes respecto al mundo que los rodea y los cambios de las costumbres y gustos culturales. Y al igual que en Tati, aquí la anécdota es lo de menos: importa el gusto por la descripción de ambientes, acciones significativas y detalles reveladores. Poblada por perdedores, El ilusionista tiene una meticulosa labor de animación artesanal, demandó cuatro años de labor y 12 millones de euros, pero el esfuerzo valió la pena, porque es una oda lírica hacia un mundo que fue y ya nunca será. Su innata tristeza le otorga una solidez artística y una nobleza que no suelen poblar la pantalla en nuestros días.        

 

 

 

 

 

 

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