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El hoy de un clásico popular por Leonardo Flamia

publicado a la‎(s)‎ 5 may. 2012 14:25 por Semanario Voces
 

 

Nuevamente resulta útil recordar, como afirmaba Roland Barthes, que la realidad literaria es un sistema funcional cuyo primer término –la obra- es fijo, y el otro –el mundo, el tiempo que consume esta obra- es variable. El teatro no es literatura, pero sirve la idea, recordando que en general en el caso de los espectáculos teatrales hay un director y un grupo de actores que realizan una primer lectura e interpretación de aquel primer término fijo. Pero la versión de El herrero y la muerte que se ve en el Teatro Victoria es un caso particular, pues estamos ante un espectáculo que ya desde cómo está concebido intenta ser fiel a la primera versión, aquella mítica que se estrenara en el Teatro Circular en 1981, uno de esos hitos de la cultura de la resistencia a la dictadura, cuando conciertos de música popular o espectáculos teatrales se convertían en hechos políticos. Esta reposición se hizo por iniciativa del Ministerio de Educación y Cultura, en el marco del Segundo Festival Internacional de Artes Escénicas que se realizó el año pasado y por eso mismo permite constatar cómo, siguiendo a Barthes, puede cambiar extremadamente lo que “significa” un espectáculo cuando cambia “el tiempo que consume la obra”, este término variable, mientras permanece fijo el otro término del sistema, la obra misma. Lejos de algo más bien nostálgico esta puesta nos dispara, al menos a quienes no vimos la original, a interpretaciones distintas a las que se daban en 1981.
Veamos, “la obra misma” el término fijo, es una refundición de anécdotas tradicionales, pactos con el diablo recorren culturas y tradiciones, pero en particular la historia del herrero que entra en arreglos con Dios y con el Diablo tiene varios antecedentes latinoamericanos, folklóricos algunos, literarios otros, según se puede leer en el programa de mano. El agregado de la muerte terciando por el humano es un aporte de la versión que hicieran Mercedes Rein y Jorge Curi, pero también la visita de Cristo como “incógnito” en una casa humilde parece tratada con originalidad. Más aún, el trabajo sobre los personajes resulta singular y bastante local más allá de las fuentes. La picardía del paisano Miseria, la ambición de la Peraltona, la torpe prepotencia del Gobernador y sus subalternos parecen características sacadas de cuentos de Paco Espínola. Si hasta una bastante explícita alusión a las tentaciones del Diablo a Rodríguez del cuento homónimo de Espínola se cuela en la obra. Todo esto aparece más amalgamado que fundido, y por eso quizá esa estética abigarrada, casi de colcha de retazos con que se construye la escenografía y se confecciona el vestuario.
Lo anterior se puede unir con un homenaje a los espectáculos primitivos que se presentaban en el circo criollo, la “artificial precariedad” de los vestuarios por ejemplo parecen un guiño al espectáculo popular, que con pocos recursos lograba de todas formas complicidad y regocijo del público, seducido por la “historia” que se contaba. Porque además también aquí se cuenta una historia, pues Miseria narra en breves pasajes sus peripecias, para luego representarlas.
¿Qué queda de la referencia a la dictadura tan claramente percibida en el tiempo en que se presentó este espectáculo por primera vez? Poco, o nada. Sí, la parodia al abuso de la autoridad está presente, pero lo está como lo está en cualquier espectáculo popular donde aparezcan un gobernador o un comisario, eso pasaba hace un siglo y pasa hoy día también. Eso es lo interesante de este espectáculo, el posibilitar la clara percepción de que las obras no significan siempre lo mismo, si lo hicieran morirían casi inmediatamente después de nacidas, la coyuntura las determinaría para un efímero brillo y un eterno ocaso. No es lo que sucede en El herrero y la muerte, con bastante más implicancias que las que determinaron su primer época de representación.
Ahora, y como casi siempre, hay un gran peso del trabajo de los actores para que el espectáculo termine de cuajar. El paisano Miseria, con sus mil y un artilugios con que logra sobreponerse al Diablo, a la Muerte y hasta desnortear al mismísimo Cristo está perfectamente construido por Walter Reyno. Por momentos se roban la obra, arrancando sonoras carcajadas de la platea, el dúo Cristo-San Pedro. Daniel Jorysz es quien pone cuerpo a Nuestro Señor, dotándolo de un aire diáfano casi exasperante para el pobre escudero San Pedro, excelentemente interpretado por Carlos Frasca, con sus arrebatos de gaucho violento que no pueden menos que dar risa. Y completan el cuadro de destacados, Liliana Dicranis como la Peraltona devenida en parodia de aristócrata y Pelusa Vidal dando expresividad a una muerte también tan “pobre” como divertida.

El herrero y la muerte. Leyenda criolla de Mercedes Rein y Jorge Curi. Dirección: Jorge Curi. Elenco: Walter Reyno, Liliana Dicranis, Daniel Jorysz, Carlos Frasca, Walter Etchandy, Manuel Caraballo, Pelusa Vidal, Ismael da Fonseca.

Funciones: viernes y sábados 21:00, domingos 19:00. Teatro Victoria (Río Negro 1479). Reservas: 29019971.

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