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ELLAS Y ELLOS ¡HAZ EL ESFUERZO, TINA! por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2012 1:41 por Semanario Voces
 

Alguna vez me recordó a la Tita Merello nacida en San Ramón, hija natural de María Laura Meirelles -¡vamos todavía, canarios, con la reivindicación!- por su persistencia vital, por la tenacidad de transformarse sin dejar la esencia y por el desenfado de recorrer conventillos o salones con el mismo desparpajo, ejerciendo la misma seducción, fascinante en su caminar con un contoneo como de cascabeles al aire, libre, indomable. ¿Provocador? No sé, pero ¡ah, qué placer visual!

Tina Ferreira era entonces la reina indiscutida del carnaval, un ébano de cáliz regular por donde se la mirase, la piel extraordinariamente tersa, unas caderas poderosas, desfachatada, de blanca sonrisa gigantesca, moviendo largas piernas quizás moldeadas por algún Miguel Ángel criollo, un ombligo sin inocencia y nalgas duras, redondas, casi cobrizas, capaces de provocar la ignición de cualquier hombre que perdiera su mirada en ellas. ¡Qué va! En ancas de su arte calentaba cabecitas del machismo entregado. Sin falsas vergüenzas, con naturalidad, con ganas.

Fascinaba, ¡vamos que suenan los tambores, Tina!, con las transpiraciones carnavalescas que le recorrían el cuerpo y hacían que una alquimia de patios hondos convirtiese la humedad en erotismo puro.

El otro día la vi.

Hace mucho que salió del anonimato y la pobreza, cuando cargaba la vida sin remedio y aprovechaba su belleza obsesivamente. Hoy parece empeñada en un impresionante trabajo sobre sí misma: semejaba una experta en negocios, ataviada con un trajecito levemente gris o levemente morado, ya no lo recuerdo, unos lentes grandes como para hacer un casting para Adrián Suar de mujer seria, ejecutiva, portando, eso sí, la misma cara, preciosa de frente y sin perfil.

Qué sé yo, le di un beso y, como dice el tango, me quedé mirándola. Me agarró la nostalgia, me apretó una cierta tristeza. Es que tanto su venir como su irse eran como una cédula de identidad falsa, un pasaporte adquirido ilegalmente para volar a otra parte en una huida loca.

Claro, menos mal, recordé que el pasado carnaval apareció como antes, tal vez demasiado fugazmente.

 Pero no me consoló. Mire amigo, diría Gardel acodado al mostrador en un tomo y obligo al son de guitarras melancólicas: así, al menos así, con el trajecito holgado derramado sobre su cuerpo impar, los tacos bajos, lentes de alumna tardía y despistada, cargando ya no el hambre sino fracasos de aventuras imposibles, como aquella delirante de los noticieros de Canal 10, es otra.

Hay sueños imposibles. Hay ilusiones que terminan dándote la cabeza y el alma contra el suelo.

Injusta, egoístamente digo: ¡Haz el esfuerzo, Tina!

El tiempo pasa. Sé que ya hay ingratas grietas en lo más querible de tu piel. Sé que tienes el derecho a otras cosas.

Sin embargo, ¿sabes?, todavía queda paño para que esa anatomía de cuadro impresionista se yerga sobre sí misma, se endurezca, aromatizada, y se lance de nuevo a volvernos locos -sin la voluptuosidad de Rosa Luna ni el embalaje grueso de Marta Gularte-, que falta que nos hace para mentirnos un ratito más.

 

 

 

 

 

 

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