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ELLAS Y ELLOS: ¿SIEMPRE HA ESTADO AHÍ? por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 24 ago. 2012 12:37 por Semanario Voces
 

Uno enciende el televisor, sintoniza Canal 10 a la hora indicada y sabe, tiene la más absoluta de las certezas de que ella estará ahí, pulida, esmaltada, muy señora de perseverancias. Entonces, si por un momento la mente se despeja y abre paso al recuerdo, luego de cierta perplejidad inicial causada por el intento de contabilizar los años, se pregunta si siempre ha estado ahí, si es, de algún modo, una parte cuidada, bien mantenida del inventario de la empresa.

Claro, los memoriosos la recuerdan juvenil, menos aplomada, con más nervio y una soltura desenfadada que, alguna vez, la llevó a enrular su pelo casi lujuriosamente, quizás sin conciencia de su proyección erótica. ¡Cuán atrás quedaron aquellas audacias de principiante, hurgadoras, precipitadas, y hasta la graciosa prontitud corporal y la energía seductora del rostro que revelaban no sólo carácter sino astucia, coraje, pasión!

Hoy, para conservar el cartel que nadie alcanza siquiera a arañarle, ha mutado a una especie de monja laica, que lleva años -¿cuántos, veinte, treinta?- con sonrisas a las que cuesta estirarle la mano  cordial o creérselas con ingenuidad de bobalicón, una prolija melena oscura aligerada por asimetrías que le caen bien, como estudiadas, y esa compostura comprimida, empaquetada, sellada, políticamente correcta que es su marca en el orillo.

Entre aquella, lejana, fresca, imperfecta, a la que de tanto en tanto se extraña al modo de quien nació para cornudo, y ésta, imagen un poco soñolienta de la perdurabilidad planificada, sólo queda el adorno del clásico lunar distintivo.

Mire, vecino, si uno la conoce ¿a qué mentir? Es culta, inteligente, con redobles de intelectual que busca espacio, y suena a pura prudencia llevarse bien con ella. Por algo se lo digo.   

Resignadamente viste para el papel, que sabe de memoria, y en la magnificencia del estudio, sentadita, impresiona con la profundidad negra de su mirada cuando conjuga el verbo escrutar, o con el misterio de mínimos gestos medidos entre los cuales le sale mejor el de desdeñoso disgusto que el de la simpatía acercadora. Ahora bien, también le digo, amigo, que de cuerpo entero decepciona; camina a la manera de una  bibliotecaria en una feria vecinal angosta, suele ocultarse detrás de negros lentes, deja claro que sus gestos han sido encarcelados por la corrección y desprecia cualquier desprejuicio educado que cae tan a medida de mujeres de su estilo.

Eso sí: no creo que jamás se deje ver ensimismada ni en el confesionario.

En fin, Blanca Rodríguez, aún la primera en el podio, es muy profesional, no se descuida frente a la cámara, genera una imagen de convicción en la que ha invertido muchísimo tiempo. También es terca, enamorada de la minuciosidad y capaz de grandes celos.

Ahora bien, téngase por seguro que jamás de los jamases será secuestrada por la espontaneidad ni esos ademanes desprolijos, casi siempre escasos, que nadie recomienda pero que revelan que tenemos enfrente a una persona de carne y hueso y no a una muñeca de porcelana, fría como el hielo.

 

    

     

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