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ELLAS Y ELLOS: ANTEOJITO, EL PENSADOR Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 30 oct. 2012 2:02 por Semanario Voces
 

 

Pequeño, de pies grandes, narigón pero no compadre –adviértaselo a Daniel Melingo, el tanguero transgresor al que tienta tal característica física y de porte-, hoy luce un cabello entrecano, envidiable a su edad y tan abundoso que, por momentos, parece imponerle un leve encorvamiento.

Suele lucir unos lentes de gruesa montura, bien calzados sobre su nariz generosa con algo de aguileña como la del Artigas de los cuadros. Creo que han sido esos lentes, así como su aspecto de hurgador de mohosas bibliotecas, laboratorios y computadoras más que de académico conferencista, los culpables de que a muchos, al conocerlo, les venga a la memoria, y se me hace que con simpatía, el recuerdo de Anteojito, aquel querible personaje de historieta creado por García Ferré.

Mirada de frente, la suya es una cara que se afina hacia el mentón, algo ominosa; sonríe tan poco que cuando lo hace sugiere una mueca ensalivada y breve –a su pesar, claro- a la que uno podría adjetivar de instrumental, tal vez parte de un plan misterioso que le absorbe sin pausas, dolores ni renunciamientos. ¿Estaría esa cara especialmente dotada para el teatro, siempre y cuando algún director audaz le ofreciese el papel de un Sherlock Holmes criollo y ya en la tercera edad? Quién sabe. Pasa que, por otro lado, juega con una gestualidad tacaña y dispensa la impresión de que lo tientan los rincones y las medias luces y lo alarman las alharacas de las reuniones de salón y el exhibicionismo, para él un pecado mortal.

Ahí lo tenemos, constante, con presencia de laborioso, sin duda un tipo honesto, rebelde, quizás un poquitito terco que en ocasiones se crispa y toma distancia sólo para volver a embestir: sí señores, uno de los intelectuales de pura cepa de este país, uno de sus pensadores permanentes, uno de los tábanos culturales que más y mejor pica y deja la marca, un incentivador de la racionalidad y el análisis lógico. Y, vaya curiosidad, su perseverancia, aunque cargue una historia de marxista de cabeza abierta, rara especie en extinción, en realidad exhala cierta esencia franciscana o salesiana que jamás admitirá –no hay esperanzas- y que no se sabe, qué pena, de dónde le viene. ¿Habrá sido monaguillo y lo ha ocultado?

Algo ceñudo, de calenturas fáciles pero bien educadas, atemperadas al modo de un astuto jugador de ajedrez, es un contendor ardoroso, bien informado y rigurosísimo en los debates, que encara tajante, seco, filoso, irónico, sarcástico y hasta fugazmente soberbio y sobre todo incansable cual hámster dándole y dándole con sus patitas a una rueda de madera.

Bueno, en fin, esto aceptémoslo sólo como una licencia literaria porque se las ingenia para no quedarse siempre en el mismo lugar.

Dígase al fin de un tirón: el ingeniero Juan Grompone es un indispensable, de ésos que las sociedades necesitan para no anquilosarse, para que su calidad civilizatoria no  se diluya y para progresar en ancas de la duda, la investigación y los descubrimientos a los que hay que zambullir en la misma duda, otra vez, al día siguiente.     

 

 

  

 

     

 

 

 

 

 

 

 

  

 

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