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ELLAS Y ELLOS AQUEL CENTROJÁS PETISO Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 5 may. 2012 14:33 por Semanario Voces
 

 

Claro, para recordarlo como yo lo recuerdo, en esos juegos de la memoria brumosos pero que te agujerean el alma, hay que haber vivido los años que carga él –mochila pesada, Helios, que ya no es tiempo de coquetear-, o los que tiene un servidor, que son menos pero caen como una bolsa de cemento sobre los hombros.

Y habría que haber coincidido con este anarquista irredento de la primera hora en el Centro Cooperativista Uruguayo, en su tiempo histórico, el de Germán Lezama, Hugo Anyul, Cárdenas, Mariano Arana y el “Coco” Salgueiro, cuando un gordo todo terreno apodado “Peñarol”, de funciones allí jamás explicadas, Luis Sciutto –el mismo porte de su padre, que supo hacerse llamar Diego Lucero- y el “Calceta” Pessina, arquitecto indescifrable, loco de la guerra, armaban el cuadro para jugar los domingos contra lo que se pusiera enfrente.

Sí, Helios Sarthou. ¿Quién otro? Petiso, frisón, de pantorrillas de cargador portuario y no de abogado, los piecitos chicos siempre hacia afuera como para abarcar en el gesto lo que el tamaño no permitía. Comilón, lo siento, se le debe la confesión al público, pero también un tractorcito devorador de tobillos y rodillas adversarias, pidiendo disculpas tarde; empecinado, siempre sudoroso, incansable torito embravecido, se agrandaba en las difíciles y se negaba a la derrota aunque nos hubieran goleado sin pudor, galanura ni benevolencia.

Ahí lo conocí. Ahí comencé a respetarlo. Ahí entendí, si es que el verbo se corresponde a un descubrimiento imperfecto, futbolero, bolichero, transpirado que uno iba haciendo de aquel hombre bueno, talla de Almafuerte.

Lindo recuerdo ¿no? Alguien dirá, porque nunca falta un idiota con horas libres, a santo de qué viene ahora.

Es que el Helios Sarthou, el abogado de los trabajadores, el insobornable, sigue igual;  yendo al frente, agarrando al pasar cuanta causa perdida se le atraviesa, fiel a sus ideas que morirán con él. Igualito a aquel centrojás petiso.

Bueno, a ver: me cagó el entusiasmo. Digo igual de cabeza, de moral, de ética, de principios. Está claro que no físicamente. El tiempo ha hecho su obra de tsunami del océano Pacífico; los cabellos son sólo unas pocas hebras al viento con ganas de volar y las arrugas le han alargado el rostro como a Harry Dean Stanton, el formidable actor norteamericano al que la mandíbula cada día le desciende cual si el absurdo de la vida no acabara de sorprenderlo.

Es recién cuando habla, ¡ah, sí, cuando habla, intacto, sin pereza, fiero cual Juan Moreira redivivo!, que emerge de un vergel impiadoso de verrugas y lunares.

Una vida larga, difícil, dura pero coherente.

Toda una extravagancia unipersonal en este cosmos de hipocresías, cinismos, ademanes acomodaticios y alcahueterías a la búsqueda de pedazos de poder dejados al camino por las hienas más grandes.

¿Cómo no celebrarlo?

Lo veo, juro que lo veo, metiendo pata, levantando tierra en la mitad de la cancha, sin dejar de ojear para indicarle a sus piernas morrudas, si conquistaba la pelota, adónde mandar el pase.

O, quien sabe, el mensaje.

      

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