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ELLAS Y ELLOS EL CHICO YA PASÓ EL EXAMEN Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 24 mar. 2013 13:36 por Semanario Voces
 

 

Más rápido de lo que él esperaba, creo, aunque es ansioso, logró lo que quería: ahora, para bien o para mal, juega en las ligas mayores.

Y, claro, ha despertado un río que se va desgranando en cascada de comentarios de feria vecinal, de cenáculos sectarios, de colas de supermercados o bancos, de cuartos cerrados y hasta de circo ambulante. Tal es la variedad de colores de una paleta que lo está recorriendo como una resonancia magnética.

Más allá de lo folclórico, el apellido es una mochila pesada que debe cargar; él lo sabe, como yo sé que le presta más atención a la madre que al padre, aunque no le agrade reconocerlo porque ya aprendió a decidir solito.

Luis Alberto Lacalle Pou no es alto pero tiene una suerte de porte eléctrico, con algo de compadrito a su pesar, coronado por un pelo que se lo deja largo y como descuidado, quizás para hacer la venia a esa juventud y renovación que dicen representa en medio de un partido que más parece un geriátrico y que, al menos para la vernácula política de la vejez pertinaz, reconoce su cédula de identidad. Esa cabellera, todavía impetuosa y rubia oscura, de cuyo desaliño se puede desconfiar, le sirve para, en cualquier sitio, en cualquier diálogo, mecerla de un modo nervioso pero no sé si sincero, armando un movimiento escenográfico que no desagrada y que busca convencer de su espíritu no solo inquieto sino espontáneo. De rara espontaneidad, diría yo, igual que cuando veo una prolija dentadura postiza.

Es hijo del Cuqui –hombre que supo dividir aguas, si los hay- y se exhibe casi, casi a la manera de una paradoja ambulante: según donde se pronuncie su nombre habrá preparativos de escrache o un respeto, de todos modos contenido por los celos, hacia su trayectoria tan rápida y certera. En voz baja, al estilo del secreteo de los hipócritas y cínicos que anidan en todas las tiendas, será muy probable que se pondere alto su inteligencia, su espíritu propositivo, su tolerancia, su sentido de la solidaridad y su energía hoy tan necesaria.

Claro, es joven realmente. Y de tanto en tanto anda con un ánimo  que no soporta nalgadas ni tonterías y muestra, cual audaz torero que no mide bien la agonía del animal herido, la hilacha de un carácter arisco. Entonces ocurre que, sintiéndose agraviado en un plenario, por ejemplo, no duda en andar a los mandobles, enancado a la ira, como guacho de la esquina que copa la parada hasta que logran sujetarlo; pero incluso de eso aprendió, y bastante, porque está bien preparado pese a todo: en los líos se da y se recibe.

Según la mirada, toda una máxima política.

Seguramente no ha llegado aún su tiempo de ambiciones mayores, ésas del sillón en el palacio de cristal, cerca de la escultura de los jugadores de truco de Nantes, esa con un lugar vacío. Pero va en ruta, sin camión de rezagados a la vista, con un repecho jodido que a otro podría inducirlo al abandono, pero que a él le suena a arenga, a objetivo, a pelea bien dada.

Téngase claro, por si acaso: no es el padre, pese a que jamás negará la herencia.

 

     

 

 

 

 

    

 

 

  

 

     

 

 

 

 

 

 

 

  

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