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ELLAS Y ELLOS EL CONDE DE LAS ASTUCIAS por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 23 nov. 2012 4:17 por Semanario Voces

 

Más que al verlo –que se le ve poco, no le agradan las exhibiciones-, es al pensarlo, cargando la influencia de cuanto se dice de él, que uno se siente tentado de imaginarlo cual aristócrata traído de otro tiempo;, más precisamente un conde: ésos con orlas de ajustado terciopelo y blanca seda que oculta el cuello y tapa buena parte del dorso de las manos, mientras caminan con lento empaque, la mirada perdida en unas verdes, abundantes praderas, obviamente de su propiedad, si se precia.

Jamás podría haber sido guardiamarina de la Armada española, como el orgulloso hermano de Camino Cela, tal vez porque en una demasía de negocios, que es lo suyo, pudiese empeñarse en vender un mástil o una fragata entera, qué joder; y tampoco un político obstinado y absurdo que anestesia al pueblo, ni un fiscal vigilante y excesivo que aspira a la toga del juez, pues se acomoda mejor a la sombra y, si es posible, sin disputas.

Está clarísimo: nació para otros menesteres. Los que le han dado nombre y lo han enriquecido.

Observándolo ya en la cotidianeidad de hoy, más expuesto a la gente común a su pesar, su delgadez, empero erecta, elegante aún, o sea un flaco con garbo, casi compadrito, y su paso lento, medido, pueden captar incautos. El hombre tiene sustancia, que no se dude. Por supuesto, y léase esto como una metáfora un tanto rebuscada –uno tiene malos días-, nunca será el excipiente, esa sustancia inerte que se mezcla con los medicamentos para darles consistencia, forma o sabor; al contrario, Juan Carlos López Mena, el conde de las astucias, ha sido y es hasta ahora el elemento esencial de muchísimos productos, digámoslo así, que se venden o se compran en el mercado, su reino.

Ha sabido eliminar la estridencia, aunque la política, a veces su socia bastarda, le esté exigiendo últimamente hablar más de la cuenta. Pero en sus dichos públicos siempre nos rociará con ese ronroneo adormecedor que usa, felino, casi un susurro que deja una sensación de inutilidad no sólo de seguir preguntando sino de hacerse esperanzas alrededor de lo que proclama. A semejante montaje ayuda su fascinación por las ropas oscuras, que le dan cierto aire de sonambulismo, y sus ojos lacrimosos, apenas advertidos entre cómplices párpados, que, ¡alerta!, no lloran por inversiones perdidas,  banderas ni mendicantes que halle en el camino.

Es un hábil declarante que me hace imaginar, y esto puede sonar tonto o adivinatorio, a un niño envejecido aun en la escuela que jamás hizo zancadillas, puteó o empujó a compañeritos y que, más bien, fue abanderado y elegido para hacer la poesía de fin de año con una vocecita suave, anestésica, un poco aflautada, con escasa ayuda de una gestualidad contenida, apretada o quizás deshilachada por la pérdida de la energía nerviosa.

A su alrededor suceden cosas extrañas pero silenciosas, volátiles. Ha construido un sólido poder económico. Lo que más ama son los barcos.

También viaja en avión. Desde ellos, dice, se adivinan cosmos seductores, aunque ya se dio cuenta de los riesgos que implican.

 

     

 

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