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ELLAS Y ELLOS EL ETERNO REBELDE Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 7 dic. 2012 12:49 por Semanario Voces
 

Alto pero no esbelto, fibroso, quizás aún de reacciones rápidas, quiero decir físicas, envía mensajes con mirada fija, aindiada, y lleva un andar engañosamente cansino y una de esas malas caras gauchescas.

Este hombre tiene, sin embargo, yo creo que a su pesar, y sin fatiga, el aire de un D’Artagnan criollo, afincado no en cortes palaciegas sino en una humilde carnicería de barrio lejano, de esos que enloquecen a Bonomi; cualquier pintor audaz podría tomar su imagen para representar al ilustre manchego que, llevando a un gordo patizambo y fiel a su lado, luchó contra molinos de viento.

Es curioso: a veces se peina –o lo intenta- y en otras deja que el pelo, irascible como su carácter, crinado, le invada las orejas grandes, le tome la frente con un corte ladeado y le inunde la nuca donde se le revuelve cual enredadera viscosa, exigiéndole, de tanto en tanto, la triste, dolorosa concesión de una colita de caballo.

Podría decirse que está –y tomaré prestada una frase ajena- en “el crepúsculo de las fisonomías”. Siguiendo ese tono de atardecer, y tal vez no le guste este apunte, Jorge Zabalza tiene algún difuso parecido con aquellos compadritos que, al decir de Borges, “cuando el último sol es amarillo/ en la frontera de los arrabales,/ vuelven a su crepúsculo, fatales” y que “perduran en apócrifas páginas, en un modo de andar, en el rasgueo de una cuerda,/ en un rostro, en un silbido,/ en las pobres cosas y en las oscuras glorias”.

No se viste; se tira ropas encima al punto de semejar un mueble donde uno, día tras día, por despiste, va dejando cosas que ni idea tiene de para qué sirven. Se me hace que es parte de una estrategia del vivir que le toca, que ese desaliño, incluso una aparente desprolijidad, no son miopías ni descuidos gratuitos; detrás de todo hay una suerte de racionalidad, de propósito, siendo que este hombre ha sido siempre, ¡vamos, quién lo ignora!, un tipo de propósitos definidos, especialmente diseñados de tal forma que parecen una pura provocación, hechos para el disenso, para armar estilo mecano, pieza a pieza, aunque sea dialécticamente, cualquiera de aquellos duelos al sol que enfrentaba John Wayne con sus espaldas de ropero, sus estrechas caderas y su atrevido, mortífero revólver.

Tiene una virtud, de la que se precia aunque no lo confiese: no se calla nada. Chúcaro, libre, carece de ataduras –salvo las de peregrinas ideologías que lo siguen chupando cual sanguijuelas- y discurre libérrimo, tropero, de iras fáciles, flameando banderas de convicciones capaces de alejar a antiguos compañeros de armas llamándolos traidores sin que le tiemble la voz ni se le enlentezca el paso.

Hay más reconocimientos: nunca se enamoró del podercillo de sillones acolchados a que se llega por votos que ahora están y mañana quién sabe, pero que dejan construir unas cuantas picardías. Está sediento y al mismo tiempo satisfecho de llanos, véase qué paradoja; es desde ellos que continuará con su vigilancia insaciable, con  sus latigazos verbales.

Difícil soñarlo de espaldas, yéndose.   

 

     

 

 

  

 

     

 

 

 

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