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ELLAS Y ELLOS: EL HOMBRE DE LA GORRA por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 4 mar. 2012 8:01 por Semanario Voces
 

 

He aquí un hombre que ha obrado un raro milagro, que supongo reservado a locos sublimes, a monaguillos que espían en la sacristía desvaríos sacerdotales, a obstinados que no juegan ni de arquero en el barrio pero insisten, a enamorados de la modistería fantasiosa que grita el espejo cual madre obsesa, o a aquellos que pueden confundirse con las extensiones del concepto de la trazabilidad: ser reconocido, que es forma casi patricia de decir sencillamente ser conocido, por portación de gorra.

Es el sello distintivo, la cédula de identidad, el pasaporte, el carné de salud y hasta la tarjeta de crédito de Mauricio Rosencoff.

Ah, no es una gorra cualquiera, no. Tampoco hay cristiano que, sin una observación con manoseo incluido, pueda decir si el artefacto es siempre el mismo como parece.

En realidad no importa. No se trata de una obscena nalga al aire. Lo que resalta, lo que maravilla es el requinte cuidadosamente ladeado –que hubiera envidiado Gardel- y esa estabilidad de sello estampado a lo bestia por un funcionario de correos de Vigo, que hace que uno lo pierda de vista al tipo en sí, al portador, esperando que un vientito de 18 y Ejido termine con ese equilibrio inverosímil. Sin embargo, perdiste macho, la gorra sigue ahí cada día, así atraviese un temporal de Santa Rosa, mientras disimula la calvicie persistente y vivaracha, echa una ligera sombra sobre los ojos entrecerrados y enrosca una especie de grandeza histórica, actoral, en la aguileña nariz de olfateador avezado.

Chueco, encorvado, de movimientos perezosos, imaginativo en la charla hasta la indigestión ajena, de sospechosa simpatía cuando las apariencias convocan pero con el desplante a mano, como un látigo, en el cara a cara con sus malqueridos, Mauricio Rosencoff, de larga y agitada vida, ya no anda con fusiles ni pistolas, si es que alguna vez anduvo, ni recorre zanjones, sótanos ni tatuceras. Desfiló, con más penitas que glorias, por la cultura oficial y sigue escribiendo, eso sí, al gusto preciso de un público fiel que supo conquistar con sus textos, a los que dio brillo con un maquiavélico sentido de la oportunidad; y también sigue hablando, hasta por los codos ¡por la piel de los pies del predicador descalzo!, con la pretensión desembozada de afilar y sacudir tertulias, opinando de todo como Vázquez Melo, y darse, de paso, el papel de primer actor porque nunca le cayó cómodo el calzoncillo de partenaire.

Ahora bien, ¿por qué no mirarlo como un ejemplo?

Lo ha sido de muchas cosas, unas cuantas celebrables; lo es hoy por izquierda, al decir sin ideología del boliche, devenido adulto mayor que quiere vencer a los años jugando al chiquilín veterano  -categoría que inventó el primero que no entendió qué significa el paso del tiempo- y calándose, con pegamento o con infinita paciencia, una gorra que no cambia, como él, y que ya es lo único que se ve.

Estamos tan locos que vaya a saberse si un día no habrá, en algún recoveco santificado aunque sensatamente oculto, un cuadro, pintado al estilo de Blanes, de ese tapa cabezas descacharrante.

 

 

 

 

 

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