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ELLAS Y ELLOS: EL INTELECTUAL ABURRIDO Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 21 dic. 2012 14:20 por Semanario Voces
 

A Emiliano Cotelo lo condena una fisonomía ascética, alta, de espalda tiesa y hombros amplios pero sin garbo, desprovista de esas aristas tal vez áridas que terminan seduciendo por mínimas imperfecciones. Hay por allí una suerte de contradicción: a esa fisonomía, aunque muy prolija y limpia, como planchada en reiteración real, se la advierte, pese a un andar escasamente atlético, tensa como hilo plateado de uno de esos gauchos que alambran y que se precian.

Dígase claramente: no hay en ella ni un mínimo indicio de algo que respire o aletee y no sea profesional. Sin embargo, paradojas de la genética o de la actuación, también exhala un aire de niño abanderado, alcahuete de la maestra, monaguillo obediente después y hoy dueño orgulloso de sus oraciones nocturnas, en las que vaya a saberse qué pide, si es que pide.

A ver: con atrevimiento, por el que anticipo disculpas, yo podría imaginar que quizás rece por mediciones de audiencias y balances anuales. En fin, lo supongo, no lo sé con certeza.

Usa unas gafas de buen tamaño que dejan la impresión –es sólo eso, una impresión, no da para que se raje las venas- de ir delante de él, como los antiguos miriñaques de los tranvías que sólo recordamos los que cargamos determinada edad. Ah, eso sí, algo no se puede negar: le hacen juego con el pelo de corte militar, la boca fina e inflexible, de risa tacaña y dientes a resguardo, como si debiera ocultar caries o emplomados desagradables –hipótesis improbable, ya lo sé, en un tipo que se mira tanto al espejo y que cuando baja la mirada la deposita en el ombligo-, la nariz recta y serena, que introduce un matiz agradable, suave, y una mandíbula a la cual cierta cuadratura desafiante le hace sugerir un carácter encrespado. Esas gafas, además, disimulan unos ojos chicos, redonditos, fijos, la única concesión que este comunicador de nota le hace a la inquietud, ésa que atenaza al resto de los mortales la mayor parte del tiempo; en ellos hay atención indagatoria de fiscal filoso, una búsqueda eléctrica de la duda y la investigación.

Periodista respetado, hombre inteligente, habla suavemente, acariciante, contenido, rimado, cuando no ensimismado, con engañosa pereza y rígidamente disciplinado por algún gimnasio ignorado o una filosofía oriental hallada en antiquísimos libros. O por la religión católica, quién sabe.

Una curiosidad: no se le nota feliz en los debates. Y supongo que no es porque no pueda con ellos, sino porque son precisamente ellos, los debates, los que le alteran el pulso y le enrojecen las pálidas mejillas de marqués de Villalonga, señor feudal de un micrófono relevante; o sea un sacudimiento de su emoción al que poquísimas otras cosas pueden aspirar.

Lamentablemente, hay un enemigo al acecho con el que pelea desde hace años y que sigue en pie, pese a sus nobles esfuerzos: el aburrimiento ajeno, en ocasiones abrumador. ¿Será su voz? ¿Sus maneras orales? No sé.

Qué lástima. Siempre llega, si habla mucho, ese instante en que uno no puede desdeñar, así nomás, el suicidio genital.

  

 

     

 

 

  

 

     

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

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