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ELLAS Y ELLOS MÁS ANCHA PERO MÁS FILOSA Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 8 feb. 2013 9:18 por Semanario Voces

 

T
uvo un aire enternecedor, hoy difumado por los años, a aquellas lindas francesitas adolescentes que se alborotaban alrededor de Sartre, enamoradizas de un existencialismo bamboleante y de la aplicación de la razón dialéctica que pocas entendían. Es más: yo la recuerdo ahora –como diría el inolvidable Leonardo Favio- con la melenita y el cerquillo, fácil de imaginarla cruzando un puente sobre el Sena, la pollera saltarina y los senos pequeñitos apretados por unos pobres libros, para ir al encuentro de la supuesta verdad.

¿Ana Lía Piñeyrúa lo hizo? Con seguridad no, pero tuvo aquel aire, cómo no, hasta cuando, acalorada, estiraba su pelo, que siempre la hizo sufrir porque lo veía insuficiente, y armaba una colita breve que exhibía la nuca nívea, tersa, tierna, digna de adoraciones masculinas.

Echándole una mirada condescendiente, está igual. No buscó mutaciones, ¡si nunca fue camaleónica!

Los ojos -cuando sonríe y, aunque no lo haga, si se tensa al acecho ante alguna situación incómoda- suelen convertírsele como antaño en un par de líneas inescrutables, bajo el mantón de escasas pestañas; entonces cuesta sacar bien la cuenta de qué piensa: los sigue usando cual estrategia de disimulo, su finta más elegante, la cortina más densa para desconcertar. Y ha sobrevivido también esa sonrisa simpática y rara que deja la idea de una rebelión: la fila de dientes superiores se coloca, tozuda, unos milímetros detrás de la inferior, dejando a la vista cierta encantadora estética de la imperfección, una cosa extraña que no desagrada sino al contrario, con la que juega al modo de la Streep o la Mirren, sacando de foco al interlocutor y comiéndose la cámara.

Siempre le cayeron bien los trajecitos grises, de polleras que aprietan donde hace falta para resaltar caderas redondeadas, abundosas, y piernas que deben haber sido hechas por uno de los mejores torneros de la naturaleza.

Pero, está bien, hombre, seamos realistas, el tiempo pasa para todos y deja huellas: surcos, arrugas, ablandamientos que exigen rocambolescos esfuerzos para evitar el desplome y ruegan por otras armaduras.

Sí, se la ve más ancha.

Sin embargo, la imperfecta vida tiene sus compensaciones. Lo que se ha ido físicamente para no volver, lo que en todo caso se ha excedido ligeramente, incluso aquello que no puede ocultar el ataque de la flaccidez, ha dado paso a un soberano aplomo, a una astucia de dama noble que ha correteado el mundo y, en fin, a una personalidad más sólida, más preparada, más abarcadora para lidiar con éxito en una política todavía machista pese a las incontables, invalorables y, por lo que se ve, ya inmortales movidas feministas.

Ana Lía vive y lucha. Más ancha, sí, aunque sin dejar que de su atractivo, hoy maduro, distinto, sólo queden jirones: para probarlo bastaría acercarse lo suficiente y oler el perfume de su piel. Y se la ve  con otra robustez intelectual, en una de esas porque sabe que le queda poco por delante para llegar a los ámbitos que algún día soñó.

Ya mostrará las uñas. No la den por vencida.

 

     

 

 

  

 

     

 

 

 

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